28/03/2026
Me parecía extraño, casi un rito de sombras,
que en tantas mañanas dejaras el café servido;
una ofrenda oscura sobre el mantel de siempre,
un v***r que subía como un muro entre los dos.
Miraba la taza y en su negro espejo
no veía el cuidado, sino el rastro de un silencio
que ya no sabía cómo nombrarme.
Comencé a sentir miedo de que lo dijeras,
de que las palabras, por fin, rompieran el dique,
miedo a que el aire se llenara de verdades
tan afiladas como el borde de un cristal roto.
Prefería el eco de tus pasos distantes
al estallido de un "ya no te quiero"
que ya flotaba, invisible, sobre la mesa.
Y luego estaban tus tormentas sin nubes,
esas alteraciones que brotaban del vacío,
sin razón, sin pretexto, como un rayo en seco.
Fue ahí, entre tus gritos sordos y mis dudas,
donde sentí que el suelo se volvía de ceniza,
que ya no podía, que ya no debía continuar allí,
habitando un cuarto donde tú ya te habías cansado.
Lo único que se movió en mi alma,
en medio de ese estancamiento de reproches,
fue un deseo ineludible, un pulso de río,
por irme, por buscar el aire que aquí se negaba.
No busqué razones, no encontré puentes,
ni alternativas que me convencieran de quedarme
a intentar acomodar los escombros de lo que fuimos.
Simplemente, frente a la taza fría y el portazo,
comprendí que el mapa se había borrado.
No había nada que salvar, nada que reponer;
el café se había amargado de tanto esperar
y yo, por fin, entendí que todo estaba perdido.
Luizinho Hernández/ ANATOMÍA DE UN FINAL