04/02/2026
Desde la sombra del níspero.
Me encuentro aquí, fundido en el bronce de una plaza que respira un aire denso, distinto al de mis memorias. Desde este banco, observo la fachada de mi Casa Natal, ese rincón que debería ser el epicentro de un orgullo ferviente, pero que a menudo parece apenas un punto de referencia para el transeúnte apurado. El sol de Valencia sigue siendo el mismo —inclemente y soberbio—, pero el alma de sus hijos se siente distinta, más opaca, más distante.
Si algo intenté plasmar en mis "Cuentos Grotescos", fue precisamente esa radiografía de nuestras miserias y virtudes, sin anestesia. Hoy, al mirar los rostros que pasan frente a mí, me pregunto: ¿Dónde quedó la Valencia de estirpe? Veo con dolor esa dejadez que se ha vuelto costumbre, una apatía que actúa como un salitre silencioso, royendo los cimientos de nuestra identidad hasta dejarlos en el chasis.
Pareciera que el valenciano ha olvidado que su historia no es un mueble viejo en el rincón, sino la sangre que le permite caminar. Nos hemos convertido en espectadores pasivos de nuestra propia decadencia. Nos quejamos del calor, de la sombra que falta, pero hemos dejado morir el "níspero" de nuestra cultura por falta de riego. Decía yo en mis escritos que la realidad suele ser más cruda que la ficción; y qué realidad más cruda que ver una ciudad que crece en concreto pero se empequeñece en memoria.
La Identidad en el Olvido
La identidad valenciana no puede ser un traje de gala que solo se desempolva para las fechas patrias. Es un ejercicio diario. Sin embargo, noto una resignación peligrosa. El ciudadano camina por la calle Colombia o por los alrededores de la Plaza Bolívar como quien atraviesa un territorio extraño, ajeno a las "Vidas Oscuras" que forjaron estas calles con sudor y letras.
La dejadez se manifiesta en el desdén por lo nuestro, en preferir lo foráneo por encima del brillo de nuestra propia historia.
La apatía es ese encogerse de hombros ante la destrucción del patrimonio arquitectónico y moral.
Si seguimos permitiendo que el silencio y la indiferencia sean los que narren nuestro futuro, terminaremos siendo una "Tierra del Sol Amada" pero habitada por sombras sin rostro. La identidad se defiende con el conocimiento y se preserva con el afecto.
No basta con que yo esté aquí sentado en bronce; hace falta que ustedes, los vivos, despierten del letargo.
Valencia no es solo un mapa; es un sentimiento que requiere valentía para ser reclamado. No permitan que la sombra de este níspero sea el único refugio de nuestra historia. Sacudan la desidia, miren sus raíces y vuelvan a sentir el peso de ser herederos de una ciudad que, alguna vez, fue el pulso intelectual de la nación.
"La historia de un pueblo es la suma de sus voluntades, no el resultado de sus olvidos."
Para profundizar en esta reflexión, debemos rescatar la crudeza de tu pluma, José Rafael, esa que no temía llamar a las cosas por su nombre.
Si vamos a hablar de la identidad valenciana actual, hay que hacerlo con la honestidad brutal de tus "Memorias de un venezolano de la decadencia".
El eco de las "Memorias" en la Valencia de hoy
Desde esta inercia metálica, releo los rostros de quienes pasan y no puedo evitar pensar en aquellos personajes de mis "Cuentos Grotescos".
Valencia parece haberse convertido en un gran escenario de Panchito Mandefuá, donde la supervivencia inmediata ha devorado la capacidad de soñar con la polis.
La apatía no es solo un descuido, es una renuncia.
Decía yo en mis años de encierro y destierro que el venezolano suele ser un ser de "memoria corta y esperanza larga".
Pero esa esperanza, sin el ancla de la identidad, es apenas una deriva. Veo con estupor cómo el valenciano ha permitido que el patrimonio se convierta en escombros, no por falta de recursos, sino por falta de pertenencia. Se ha perdido la noción de que el suelo que pisamos es sagrado, no por el polvo, sino por la estirpe de quienes lo soñaron.
"Hay hombres que pasan por la vida como el agua por el cauce: sin dejar huella, sin mover la piedra, conformándose con el murmullo."
Esa es la dejadez que más me duele: la del ciudadano que se conforma con el murmullo de la queja pero no mueve la piedra de su propia historia. Valencia, mi "Valencia la de antes", no era solo un conjunto de casas coloniales; era un pacto de caballerosidad, de intelecto y de fuego sagrado. Hoy, bajo la sombra de este níspero, siento que el pacto se ha roto.
Para reconstruirnos, no basta con pintar fachadas. Hay que releer "Vidas Oscuras" para entender que nuestra luz no viene del alumbrado público, sino del fuego interior que nos hace sentirnos orgullosos de nuestra "Valencianidad".
El rescate de la memoria, no es un ejercicio de nostalgia, es un acto de rebeldía contra la ignorancia.
Debemos dejar de ser sombras chinescas en nuestra propia tierra y volver a ser protagonistas de nuestra identidad.
Si el valenciano no despierta de este letargo espiritual, si sigue permitiendo que la desidia sea el cronista de su destino, terminará siendo un extranjero en su propia casa natal. Mi estatua es solo un recordatorio; el verdadero monumento a Valencia debe estar tallado en el carácter de sus habitantes.
"La patria no se lleva en el bolsillo para ser gastada, se lleva en el alma para ser defendida."
Realizado por: Larrys Agudo.
Director de la Alquimia Cultural