18/02/2025
"Noches estrelladas a las orillas del mar". –Escritor sin vergüenza
Al marcar la media noche en mi reloj, caí en cuenta que andaba vagando en las orillas de la playa, observando la arena mojada bajo mis pies y lejos de la ciudad. No contaba con las fuerzas necesarias para mirar las estrellas que iluminaban el camino sobre mi cabeza, aunque el reflejo sobre el mar me bastaba para experimentar una extraña satisfacción como al terminar de pintar sobre un lienzo y posar frente a éste orgulloso por ver algo tan majestuoso. Sin embargo, mi visión no tardó en nublarse entre aquella espesa amalgama de tristeza y pesares de nuevo.
Tras caminar, quizá, por varios minutos, tropecé con algo que reposaba sobre el suelo. Repentinamente, gané consciencia de lo que pasaba a mi alrededor, nuevamente volví a escuchar el agua meciéndose a mi costado y sentí los granitos de arena en mis manos y rodillas. Procedí a reír por lo patético de la situación, no obstante, se me heló la sangre al oír un quejido detrás de mí. "¡¿Con qué choqué?!" pensé asustado mientras lentamente volteaba, temiendo a lo que se pudiera avecinar y, allí la encontré, herida, luchando por un poco de vida. Atónito, lo único que se me ocurrió fue intentar levantarme despavorido, aunque en vano, pues volví a caer bajo el temor de sucumbir ante su belleza y ser llevado a lo más profundo de las mareas. Me incorporé con mi mirada incrustada en ella, ignorante de lo que me podría hacer, dando mi tiempo en la tierra por terminada, pero para mi sorpresa, no sucedió nada.
Una vez calmé mi respiración, empecé a detallar la figura de aquello que se imponía ante mí. Era una sirena. Bien sabía que debía huir de ahí, pero había algo que me parecía sumamente extraño, no era su inconmensurable encanto ni su cola de pez, sino ese arpón oxidado que atravesaba completamente su piel, entre sus escamas. Sin importar la oscuridad de la noche, pude apreciar claramente el dolor en sus ojos, los cuales fijos permanecían en mí, pareciendo implorar por ayuda. Tras vacilar unos instantes, lentamente me levanté y, una vez estando de pie, su expresión cambió a un profundo terror, pues desde su posición, yo no lucía tan diferente a las personas que le habían hecho tremendo daño.
Desde la distancia, pude contemplar la arena a su alrededor teñida con su sangre. Era tanta que no pude sino sentir pena, la suficiente para acercarme despacio pese a sus intentos por ahuyentarme haciendo gala de sus filosos colmillos, a pesar de ello, mientras más acortaba nuestra distancia, ella parecía estar aceptando cada vez más su destino, el fin de su vida, hasta que llegué a su lado. Solo cerró sus ojos esperando lo peor, pero para su sorpresa, solo me senté, sollozando por lo injusto de la situación. Me miró extrañada mientras sus parpados denotaban cuan cansada estaba.
Como un último gesto de bondad, decidí llevarla a la orilla, donde le ofrecí mi brazo para que pudiera comer antes del fin. Aunque no entendía mis palabras, pareció comprender lo que yo pretendía, así que gentilmente clavó sus colmillos para poder alimentarse con mi sangre hasta que, poco después, pereció entre mis brazos, en el suave oleaje de aquella playa donde cayeron mis lágrimas y bajo la estrellada noche que cubrió nuestra tristeza.
(Pintura: Moonlit seascape, Alfred Émile Léopold Stevens)