27/11/2025
Letras en camiseta (21)
Columna de
Alfredo Gómez
COSAS DE MI ABUELO
Mi abuelo materno era un hombre muy viejo. Veinte años mayor que su esposa, mi abuela. No sabía leer ni escribir. Pero sabía contar. Sus historias las escuché de su voz, pero también de la de mi abuela, de mis tíos y de mi madre. Hoy yo las atesoro en mi memoria, aún no se han perdido. He tratado de que sigan vivas contándoselas a mis hijos. No sé si lo he logrado. Hay cosas que ya son muy distintas, y cosas que no se entienden.
Nacido en 1880, de padres llegados a Uruguay desde Las Canarias, nunca lo escuché hablar de ellos, ni una sola palabra que lo asociara con su origen. En mi percepción de nieto, mi abuelo era un gaucho retirado. Un señor tranquilo, de dulces modales pero fuerte y orgulloso, rutinario y de una salud extraordinaria. Un Artigas doméstico, sabedor de trenzar tientos, castrar animales y domar caballos, levantarse antes del amanecer, desayunar carne con pirón y mate, y salir a recorrer monte y potreros. Regresar a casa a las once de la mañana, almorzar solo, sentarse al sol con un escarbadientes entre los labios, y, luego de que toda la familia terminaba de comer, sestear un rato a eso de la una de la tarde.
Quién sabe por qué razón, cuando tenía alrededor de veinte años, decidió irse a la Argentina. “La” Argentina: así decía él.
Recién llegado, allí nomás en el mismo puerto de Buenos Aires tuvo su primer trabajo descargando barcos a puro brazo y lomo. Contaba que le tocó trabajar con uno “que le tiraba las bolsas desde arriba, con intención de lastimarlo”, y le decía: “Aguanta, uruguayo mu**to de hambre.” ¿Y qué más podía hacer? Aguantó.
Pasado un tiempo, unos meses, quizás un año tal vez, su suerte había mejorado. Estaba en La Pampa, y como encargado de una estancia.
Contaba que un día, vino un peón a avisarle que había llegado un caminante, un linyera, como se les llamaba a esos personajes errabundos, que vivían sin domicilio ni rumbo fijo, de un paraje a otro, trabajando en cosechas, o viviendo de la caridad ajena. Los linyeras no eran bien vistos por lo general. En la escala social ocupaban el lugar de los parias, algunos huyendo de algún delito más o menos grave, otros con algún problema de salud mental propio o adquirido por la misma circunstancia de soledad, desamparo y exclusión. Pero de todos modos, eran tiempos de país joven, de emigrantes, donde se ejercía la solidaridad, la compasión cristiana bien entendida, y se les permitía establecerse temporalmente para descansar, en alguna casilla, en un galpón o en un establo.
Así lo estableció mi abuelo, indicándole al peón que le diera al caminante, al linyera, un sitio donde refugiarse en un galpón y que después él mismo iría a conocerlo.
Así lo hizo al terminar el día. (Me lo imagino yendo, mi abuelo como un muchacho flaco, alto y fibroso de veinte y pico de años, rubión y sonriente, boina y pañuelo blanco).
Dice que al llegar, no tardó mucho en darse cuenta de que el linyera era alguien que ya conocía. Detrás de la suciedad del camino y de las premuras que la miseria de esa vida habían alterado un poco sus rasgos, vio que se trataba del mismo hombre que le había hecho tan difíciles sus días de trabajo en el puerto.
Pero el otro no lo reconoció.
Y conversaron un rato, porque también era una forma de enterarse de lo que ocurría en el mundo, noticias que portaban estos caminantes y que iban recogiendo en su camino, hasta que mi abuelo le tiró la pregunta:
-¿Usted no piensa que nosotros nos conocemos de alguna parte? ¿No nos habremos cruzado en algún sitio antes? Fíjese.
Y el otro, después de mirarlo unos instantes:
-No, no creo, la verdad no. No me parece.
Mi abuelo:
-Yo soy el uruguayo mu**to de hambre con el descargaba bolsas en el puerto. ¿Ahora se acuerda de mí?
Entonces al hombre se le iluminó la cara y recordó. Avergonzado, se deshizo en disculpas. No sabía cómo pedirle perdón.
Y mi abuelo, don Teodoro Faustino Martínez Fagúndez, terminaba la historia:
“Le dije que no se preocupara, que se quedara el tiempo que necesitara. Fui y le mandé con un peón, galleta, carne y yerba”.
La familia toda, incluidos los niños que éramos mis primos y yo lo escuchábamos.
Aprendíamos.