22/06/2024
Oda a Salvador Dalí
Federico García Lorca
Una rosa en el alto jardín que deseas.
Una rueda en la pura sintaxis del acero.
La montaña despojada de brumas impresionistas.
Grises asomándose desde las últimas balaustradas.
Pintores modernos en sus estudios en blanco,
Cortan la flor esterilizada de la raíz cuadrada.
En la crecida del Sena un iceberg de mármol
congela las ventanas y esparce la hiedra.
El hombre pisa con firmeza las calles pavimentadas.
Los cristales se esconden de la magia de los reflejos.
El gobierno ha cerrado las perfumerías.
La máquina late a su ritmo binario.
Una ausencia de bosques, pantallas y cejas
vaga por las tejas de las casas antiguas.
El aire p**e su prisma sobre el mar
y el horizonte asoma como un vasto acueducto.
Marines ignorantes del vino y de la penumbra,
decapitan sirenas en mares de plomo.
La noche, negra estatua de la prudencia, tiene
en la mano el espejo redondo de la luna.
Nos conquista el deseo de forma y límite.
Aquí viene el hombre que ve con una regla amarilla.
Venus es una naturaleza mu**ta blanca
y los coleccionistas de mariposas huyen.
Cadaqués, fulcro de agua y cerro,
levanta escalinatas y esconde conchas marinas.
Las flautas de madera apaciguan el aire.
Un antiguo dios de los bosques da frutos a los niños.
Sus pescadores duermen, sin sueños, sobre la arena.
En lo profundo, una rosa les sirve de brújula.
El horizonte virgen de los pañuelos heridos,
une los vastos cristales de pez y luna.
Una dura diadema de bergantines blancos
envuelve frentes amargas y cabellos de arena.
Las sirenas convencen, pero no logran seducir,
y aparecen si mostramos un vaso de agua fresca.
¡Oh Salvador Dalí, de la voz de oliva!
No alabo tu imperfecto pincel adolescente
ni tus pigmentos que circundan los de tu edad,
saludo tu anhelo de eternidad acotada.
Alma sana, sobre mármol fresco vives.
Huyes del oscuro bosque de formas improbables.
Tu fantasía llega hasta tus manos,
y saboreas el soneto del mar en tu ventana.
El mundo depara la penumbra apagada y el desorden,
en primer plano frecuentado por la humanidad.
Pero ahora las estrellas, ocultando paisajes,
marcan el esquema perfecto de sus cursos.
El fluir del tiempo forma estanques, gana orden,
en las formas mesuradas de edad tras edad.
Y vencida la Muerte, temblando, se refugia
en el círculo enderezado del momento presente.
Tomando tu paleta, su ala tiene un agujero de bala,
invocas la luz que revive al olivo.
Luz ancha de Minerva, constructora de andamios,
sin lugar para el sueño y su flor inexacta.
Invocas la luz que se posa en la frente,
sin llegar a la boca ni al corazón del hombre.
Luz temida por las enredaderas de Baco,
y la fuerza ciega que conduce el agua que cae.
Haces bien en colocar banderas de advertencia
en la frontera oscura que brilla con la noche.
Como pintor, no desea que sus formas sean suavizadas
por el algodón cambiante de las nubes imprevistas.
El pez en su pecera y el pájaro en su jaula.
Te niegas a inventarlos en el mar o en el aire.
Estilizas o copias una vez que has visto,
con tus ojos honestos, sus pequeños y ágiles cuerpos.
Amas una materia definida y exacta,
donde el liquen no puede establecer su campamento.
Amas la arquitectura construida sobre lo ausente,
admitiendo el estandarte meramente en broma.
El compás de acero pronuncia su breve verso flexible.
Ahora islas desconocidas niegan la esfera.
La línea recta habla de su lucha ascendente
y los cristales aprendidos cantan su geometría.
Sin embargo, la rosa también en el jardín donde vives.
¡Siempre la rosa, siempre, nuestro norte y sur!
Tranquila, intensa como una estatua sin ojos,
ciega a la lucha subterránea que provoca.
Rosa pura que libera de artificios, bocetos
y nos abre las leves alas de una sonrisa.
(Mariposa clavada que reflexiona en vuelo.)
Rosa de puro equilibrio que no busca el dolor.
¡Siempre la rosa!
¡Oh Salvador Dalí de la voz de oliva!
Hablo de lo que tú y tus cuadros me cuentan.
No alabo tu imperfecto pincel adolescente,
pero canto la firme puntería de tus flechas.
Yo canto tu dulce batalla de luces catalanas,
tu amor por lo que podría ser explicado.
Yo canto tu corazón astronómico, tierno,
una baraja de cartas francesas, y nunca herido.
Canto añoranza de estatuas, buscadas sin descanso,
tu miedo a las emociones que esperan en la calle.
Te canto la diminuta sirena marina que te canta
montada en una bicicleta de corales y caracolas.
Pero sobre todo canto un pensamiento compartido
que nos une en la oscuridad y en las horas doradas.
No es Arte, esa luz que ciega nuestros ojos.
Más bien es amor, amistad, choque de espadas.
Más que la imagen que trazas con paciencia,
es el pecho de Theresa, la de piel insomne,
los rizos apretados de Mathilde la ingrata,
nuestra amistad un juego de mesa brillantemente pintado.
Que las huellas de los dedos en sangre sobre oro
rayen el corazón de la Cataluña eterna.
Que las estrellas como puños sin halcones brillen sobre ti,
mientras tu arte y tu vida estallan en flor.
No miréis el reloj de agua de alas membranosas,
ni la dura guadaña de las alegorías.
Viste y desnuda para siempre tu pincel en el aire
ante el mar poblado de barcos y marineros.