24/07/2026
El mundo literario y cultural lleva ya unos años escribiendo su propio relato de ciencia ficción alrededor de la inteligencia artificial. O quizá de terror. En los últimos meses, los titulares se han sucedido con una velocidad impropia de un mundo acostumbrado a medir el tiempo en novelas y no en versiones de software: la Nobel Olga Tokarczuk confesando que conversa con ChatGPT durante su proceso creativo, la revista británica Granta desmintiendo que uno de sus relatos hubiera sido escrito por una IA y, hace unas semanas, varias librerías de viejo de Barcelona alertando de que la empresa canadiense Zoom Books estaba comprando grandes fondos bibliográficos para digitalizarlos, alimentar modelos de inteligencia artificial y destruir después los ejemplares. La imagen tenía algo de distopía de Bradbury: ya no hacía falta quemar los libros ni, por supuesto, leerlos, bastaba con triturarlos tras absorber todo lo que contenían.
Con semejante panorama resulta casi inevitable pensar que los escritores viven atrincherados frente a las máquinas. Sin embargo, basta formular una pregunta muy sencilla para que el relato empiece a resquebrajarse. ¿Qué escritores españoles han reconocido utilizar inteligencia artificial o se han mostrado favorables a ella? La misma pregunta, lanzada a ChatGPT, Claude, Gemini y Grok, produce respuestas absolutamente distintas. Todos, eso sí, coinciden en citar a Juan José Millás, que el pasado junio confesó en el podcast El mono desnudo, presentado por el periodista Juan Carlos Ortega, que sentía «una fascinación absoluta» con ChatGPT al que tildó de «una maravilla que escribe y habla con sintaxis, algo que el 98% de la población no sabe hacer».
A partir de ahí empieza la dispersión: un modelo incorpora enseguida a Jorge Carrión, quizá la opción más obvia, otro añade a Sara Barquinero, un tercero rescata unas declaraciones de Mikel Santiago, otro mezcla a autores extranjeros, casi todos, claro, se inventan algún nombre y uno llega incluso a señalar a Manuel Jabois como ejemplo de novelista que escribe con inteligencia artificial.
Lo curioso es que esa última afirmación nace de un malentendido. Hace unos meses, Jabois comentó en la radio que durante la escritura de su última novela, La víspera (Alfaguara), había terminado utilizando cuatro palabras que le había sugerido una conversación con una IA. Cuatro palabras. La anécdota bastó para que algunos titulares simplificaran el asunto hasta convertirlo en algo muy distinto. «A los dos días había un artículo diciendo que Manuel Jabois se ayudaba de la IA para escribir», recuerda ahora entre risas. «La verdad es que aunque no le di importancia flipé bastante, y agradezco poder aclararlo».
En realidad, Jabois lleva tiempo incorporando la inteligencia artificial a tareas muy concretas del oficio, aunque siempre lejos, matiza, de la escritura propiamente dicha. Más bien la utiliza como quien consulta a un interlocutor especialmente paciente. «Le pregunto cosas que antes buscaba en Google. Si quiero saber cómo funcionaba una oficina de Correos en 1998 o cuánto tardaba un tren en hacer un recorrido determinado, me resulta más cómodo preguntárselo directamente». También la pone a prueba cuando una expresión le genera dudas o necesita explorar posibilidades léxicas. «Pero luego todo hay que comprobarlo. Si alguien piensa que esto consiste en copiar lo que te devuelve y pegarlo en una novela, no ha entendido nada».
Aquellas cuatro palabras que terminaron convertidas en titular le sirven hoy para ilustrar precisamente lo contrario. «Las cogí porque me parecieron buenas. Igual que un escritor puede quedarse con una frase escuchada en un bar, de una ocurrencia de un amigo o de una palabra encontrada al azar en un libro. Es más, lo dije un poco al tuntún, ni siquiera sé si finalmente salieron en la novela», reconoce.
El ejemplo resume bastante bien el momento que atraviesa la literatura. La pregunta ya no es quién utiliza inteligencia artificial, pues escritores o no, como curiosidad o de modo más profesional, la utiliza prácticamente todo el mundo. La cuestión es para qué. Mikel Santiago, que además de autor es informático con formación en desarrollo de software, sonríe cuando se le plantea el asunto. «No le pediría nunca que escribiera una escena ni un diálogo», afirma tajante, pero lo que sí hace es aprovechar una herramienta que considera «extraordinariamente eficiente para las tareas periféricas de la novela».
Por ejemplo, abunda, puede pedirle que ordene información, que reúna documentación dispersa o incluso que señale posibles incoherencias de continuidad entre capítulos. «Hay aplicaciones específicas para escritores que analizan el manuscrito y te dicen dónde baja el ritmo o dónde un personaje deja de comportarse como venía haciéndolo. Algo parecido, digamos, a una revisión editorial. Y eso me parece interesante, porque luego la decisión sigue siendo mía». Su conclusión está lejos tanto del entusiasmo ingenuo como del rechazo instintivo. «Yo soy un usuario amateur, pero no niego la mayor. Esto ha venido para quedarse. Lo inteligente será aprender a convivir con ello».
Javier Cercas coincide casi palabra por palabra, aunque, como acostumbra, prefiere empezar 2.500 años antes. «Cada vez que se produce una gran revolución de este tipo, desde la propia escritura, aparecen los apocalípticos. Siempre», recalca con sorna. Y viaja hasta Platón y su Fedro para recordar que ya entonces hubo quien sostuvo que la invención de la escritura acabaría con la cultura porque destruiría la memoria. Más tarde ocurrió lo mismo, ilustra, «con la imprenta, con la televisión, con internet o con el libro electrónico».
Tampoco se considera un usuario intensivo, aunque reconoce haber jugado con ella por pura curiosidad intelectual. Le ha pedido poemas, páginas narrativas, imitaciones de estilo. «Lo hace bastante bien con poemas o relatos cortos... si el listón es el de un niño de ocho años», ironiza entre risas. La broma desemboca enseguida en una reflexión más amplia sobre la naturaleza misma de la creación: «Un escritor no escribe para producir texto, escribe para pensar, para descubrir cosas que no sabía antes de sentarse delante del ordenador. Si la máquina hace ese trabajo por ti, entonces ya no eres tú quien está escribiendo».
Por eso insiste en desplazar el foco desde la tecnología hacia la responsabilidad humana. «Un ma****lo puede servir para construir una casa o para matar a alguien. Con esto ocurre exactamente igual, lo que hay que discutir no es la inteligencia artificial, sino el uso que hagamos de ella. Somos nosotros los responsables de su aplicación, para bien o para mal», defiende antes de rematar la idea: «El escritor que ceda a la inteligencia artificial... Es que el problema es ese, es una herramienta, exactamente igual que Google. Justamente igual, no servirá para hacer literatura», opina.
Y, sin embargo, basta seguir tirando del hilo para comprobar que detrás de esa aparente unanimidad empiezan a abrirse caminos muy distintos. Porque si para algunos la IA sigue siendo poco más que una calculadora extraordinariamente sofisticada, otros han decidido convertirla en un auténtico laboratorio creativo. Sara Barquinero pertenece a ese segundo grupo. Quizá porque, por edad, por formación y por intereses, nunca ha sentido la necesidad de levantar una frontera moral entre la literatura y las nuevas tecnologías. Más bien al contrario, las incorpora a su trabajo con la naturalidad con la que un escritor de otra generación abrió por primera vez un navegador de internet.
«La utilizo muchísimo, no me da vergüenza decirlo». Tanto que ha terminado por construirse su propio modelo de lenguaje personalizado. «Tengo una LLM programada con mis cosas», explica. «Me hace desde facturas hasta contestar correos o resolver dudas literarias. Si le pregunto cuánto dinero voy a ganar con una traducción no tengo que explicarle que soy autora, que tengo una agencia o cómo funciona mi trabajo, todo eso ya lo sabe». Casi siempre, dice, tiene Gemini y ChatGPT abiertos en el ordenador, aunque no porque espere que escriban por ella. «Obviamente no te va a escribir una novela. O, al menos, no una que merezca la pena. Además, me parecería aburridísimo».
Donde realmente ha encontrado un aliado es en la cocina de los proyectos. Cada vez que empieza un libro crea un modelo específico al que va incorporando borradores, notas y versiones sucesivas del manuscrito. «Así me ayuda con la continuidad, me avisa si un personaje llevaba una camisa verde y 80 páginas después aparece con una azul o si me he olvidado de un detalle importante». Habla con admiración de Alighieria, la herramienta desarrollada por Antonio J. Rodríguez precisamente para detectar ese tipo de incoherencias narrativas. «Yo no lo hago tan bien como él, claro, pero sí me monto algo parecido para cada novela», confiesa.
Lo inesperado, apunta, llega cuando la conversación se atasca y la IA deja de ser un archivo para convertirse en un interlocutor. «A veces le pregunto cómo resolver una escena o un problema de trama y, oye, alguna vez me ha dado una idea buenísima. No me da ningún reparo decirlo». Como aclara enseguida, no se trata de copiar una solución, sino de provocar un movimiento mental. «A ver, normalmente lo que te devuelve no te sirve, pero sabiendo lo que no te gusta de esa respuesta, acabas encontrando lo que sí quieres».
Le ocurre también con sus columnas, cuando no sabe sobre qué escribir, lanza la pregunta a la máquina. «Casi siempre me propone temas como de anuncio de Campofrío», bromea. «Una vez me sugirió escribir sobre Ozempic y pensé: no. Pero, al decirme Ozempic, caí en que era temporada de piscinas y terminé escribiendo sobre el cuerpo en las piscinas». Más que un sustituto de la imaginación, dice, funciona como una máquina de fricción intelectual. «Es como tener a alguien disponible todo el tiempo para debatir ideas y llevarte la contraria».
Quien mejor entiende esa mezcla de fascinación y distancia es probablemente Jorge Carrión. A diferencia de la mayoría de escritores, él no empezó a experimentar con la inteligencia artificial cuando ChatGPT se convirtió en un fenómeno de masas, lo hizo antes, cuando aquellos modelos apenas eran un juguete para investigadores y artistas digitales. En 2022 escribió junto a GPT-2 y GPT-3 Los campos electromagnéticos (Caja Negra, 2023), una experiencia que define como «tan fascinante como problemática». Trabajó codo con codo con el colectivo Taller Estampa y descubrió una forma inédita de escritura compartida, tan estimulante por sus posibilidades como divertida por las constantes «alucinaciones» de aquellos primeros modelos. «Me abrieron todo un mundo», resume.
Sin embargo, cuando apareció GPT-4 hizo algo que, en apariencia, resulta contradictorio: cerró la ventana de la inteligencia artificial y volvió a la caligrafía. «Mi reacción fue volver a escribir a mano, cultivar la conexión entre la escritura, los apuntes, los esquemas y el cerebro». Durante más de dos años apenas la utilizó: «Necesitaba comprobar qué ocurría cuando el cuerpo recuperaba el protagonismo frente a una tecnología que parecía capaz de crear lenguaje sin esfuerzo».
Pero ese alejamiento tampoco fue definitivo. Hoy ha vuelto a incorporarla a su trabajo, aunque de una forma muy distinta. No le interesa que escriba, sino que investigue. «Es la mejor aliada posible para un escritor con formación en humanidades que escribe sobre ciencia y tecnología». En lugar de pedirle párrafos, utiliza herramientas especializadas como Consensus para localizar artículos científicos, rastrear los papers imprescindibles sobre un asunto o abrir caminos bibliográficos que después recorre por su cuenta. «Sólo con esos asistentes de investigación podía escribir mi nuevo ensayo creativo. No puedo contar con 20 expertos de disciplinas distintas cada vez que necesito entender un tema», defiende.
Entre tantas opiniones, resulta evidente que la conversación ya no gira únicamente alrededor de la utilidad de estas herramientas, lo que empieza a discutirse es algo bastante más profundo. Si escribir consiste únicamente en producir un texto, quizá la inteligencia artificial terminará haciéndolo cada vez mejor. Pero si escribir es otra cosa, una forma de conocimiento, una experiencia física, una manera de ordenar el mundo; entonces el problema deja de ser tecnológico para convertirse en una vieja pregunta literaria disfrazada de novedad. Y es precisamente ahí donde Agustín Fernández Mallo, que ha ahondado en el tema en libros como La forma de la multitud (Galaxia Gutenberg, 2023) y en septiembre publica El ángel de la Inteligencia Artificial (Galaxia Gutenberg), pide la palabra.
«Jamás», responde sin dejar siquiera terminar la pregunta, «jamás he usado la inteligencia artificial para escribir». Hace una pausa y matiza: «Bueno, como cualquier usuario, alguna vez le he pedido que organice información o resuelva una duda concreta». Incluso recuerda una consulta sobre números binarios que acabó revelando el principal límite de estas herramientas. «Me respondió mal, de forma súper elaborada y muy creíble, pero mal, porque luego se lo pregunté a un colega matemático y me dijo que no había por donde cogerlo», afirma divertido. La anécdota no le lleva a demonizar la IA, al contrario. «Es una herramienta más y como tal hay que usarla», dice, pero la línea roja aparece en otro lugar: «Lo que no veo lícito es pedirle un texto, firmarlo tú y hacerlo pasar por una obra tuya. Eso es un fraude».
Fernández Mallo tampoco rechaza la experimentación, al contrario. Aunque no lo haga, le parece legítimo pedir la misma historia a varios modelos de lenguaje, compararlos o utilizarlos como punto de partida para un proyecto artístico donde exista una intervención humana consciente. Lo que cuestiona es la sustitución del autor por la máquina. «Yo estoy en la literatura para investigar el mundo y emocionarme por mí mismo», argumenta, «no para hacer libros como churros. Si una IA me resuelve todos los problemas, ¿qué estoy haciendo yo? Me aburriría. Yo me divierto escribiendo».
Su reflexión, sin embargo, va bastante más allá de la práctica literaria. Para él, la verdadera cuestión ni siquiera consiste en averiguar si una inteligencia artificial llegará algún día a escribir una buena novela. La pregunta es otra: «El único problema real llegará si las inteligencias artificiales se convierten en sujetos de derecho. Mientras sigan siendo herramientas un ser humano puede desconectarlas, pero si algún día adquieren derechos, apagar una inteligencia artificial sería jurídicamente parecido a matar a una persona. Ahí sí cambiaría por completo el paradigma».
Pionero en casi todo, Enrique Vila-Matas vive todo ese debate con la ironía de quien lleva demasiadas décadas asistiendo a anuncios del fin de la literatura como para dejarse impresionar fácilmente. «Al principio todo fue tan catastrofista que el propio catastrofismo se ha convertido ya en un tópico», dice bromista. Él tampoco utiliza apenas estas herramientas, aunque reconoce un pequeño vicio que le resulta cada vez más útil. «Yo escribo mucho con fragmentos, así que las empleo para buscar frases que sé que he escrito yo y que no encuentro en mi archivo». Después de tantos libros publicados, explica, hay citas propias y ajenas que recuerda haber utilizado pero cuya formulación exacta se le escapa. «Más que buscarlas en Wikipedia o en Google, las busco ahí y normalmente me las recupera perfectamente», reconoce.
La anécdota le recuerda otra del británico Chesterton, que consultó una vez una palabra extrañísima en la Encyclopaedia Britannica y descubrió, con cierta sorpresa, que la había inventado él mismo años atrás. «A mí me pasa algo parecido», sonríe Vila-Matas, «voy a buscar una frase para recuperarla exactamente como era y aparece enseguida. Para eso sí me resulta útil». La conversación cambia de tono cuando aparece el problema de los textos con los que se alimentan estos modelos. Vila-Matas recuerda que hace unas semanas, cuando charló en Barcelona con Valeria Luiselli, la escritora mexicana le explicó que forma parte de un grupo de investigadores que intenta vigilar precisamente cómo las grandes compañías están apropiándose de obras ajenas para entrenar sus modelos. «Entonces comprendí que detrás quizá había un problema serio», reconoce.
Tampoco renuncia al humor. Hace poco preguntó a la inteligencia artificial quién era Enrique Vila-Matas. Entre los datos biográficos apareció una frase que todavía le hace reír: «Sin su mujer no se aguantaría ni de pie». «Eso no estaba escrito en ningún sitio», dice, «era una frase ofensiva, como de barra de bar». Lo inquietante no era el error, sino la naturalidad con la que la máquina parecía haber incorporado el comentario al retrato público del escritor. Quizá por eso aún lamenta una oportunidad perdida: en 2023 se había preparado una conversación entre el escritor y ChatGPT, pero finalmente se canceló porque la herramienta todavía estaba «muy tonta y no daba la talla», le dijeron los organizadores. «Me hacía una ilusión brutal», recuerda entre risas. «Pensé: lo voy a destrozar y me preparé a conciencia. Aunque, la verdad, ahora no sé si pediría un segundo asalto».
Al final, quizá la conclusión más sensata sea también la menos estridente. Ninguno de estos siete escritores cree que la inteligencia artificial vaya a acabar con la literatura, la utilizan para cosas diversas, pero cuando llega el momento de escribir, casi todos trazan una frontera muy parecida. No obstante, tampoco ninguno se muestra dispuesto a ignorar una herramienta que ya forma parte de la vida cotidiana. Quizá dentro de unos años estas conversaciones suenen tan antiguas como las viejas discusiones sobre si un novelista debía escribir a máquina o a mano. De momento, el consenso parece bastante más amplio de lo que sugieren los titulares. Inteligencia artificial, sí. Como herramienta, interlocutora ocasional, incluso laboratorio... Como escritora, todavía no. Ah, y por si se lo estaban preguntando, este reportaje no está hecho con IA. Al menos, no de momento.
Por Andrés Seoane
El mundo literario y cultural lleva ya unos años escribiendo su propio relato de ciencia ficción alrededor de la inteligencia artificial. O quizá de terror. En los últimos...