22/12/2025
Durante la década de 1960, cuando la NASA entrenaba a sus astronautas para las misiones lunares, parte de esas prácticas se realizaban en los desiertos de Arizona, dentro de la reserva navajo. Allí, hombres con trajes blancos y equipos extraños caminaban por un paisaje que para los habitantes locales no tenía nada de “extraterrestre”: era su hogar ancestral.
Un día, un anciano navajo y su hijo, que pastoreaban ovejas, se toparon con uno de esos entrenamientos. El anciano, que solo hablaba navajo, preguntó por medio de su hijo qué hacían aquellas personas vestidas de blanco. Le explicaron que se preparaban para viajar a la Luna.
Entonces el anciano hizo otra pregunta: ¿Puedo enviar un mensaje con ellos?
Los responsables del equipo, viendo una oportunidad simpática de relaciones públicas, aceptaron sin dudarlo. Le dieron una grabadora y el anciano habló en navajo. Cuando le pidieron al hijo que tradujera el mensaje, este se negó.
Intrigados, los empleados de la NASA reprodujeron la grabación a otros hablantes navajos. Todos se rieron, pero ninguno quiso traducirlo al inglés, alegando que era “difícil de expresar”. Finalmente, recurrieron a un lingüista especializado en lenguas indígenas.
El profesor escuchó el mensaje, sonrió… y tradujo:
“Hermanos de la Luna: tengan cuidado con esta gente. Han venido a quitarles sus tierras”.
No era un chiste. Era memoria histórica.