07/08/2025
No todo lo que hago nace en mi cabeza. A veces, nace en los ojos. En lo que veo. En lo que me emociona. En eso que alguien, en otro rincón del país, creó con sus manos. Porque ser artesana no es solo tejer. Es también observar, aprender, sentir.
Hilaland soy yo. Tejo sola, con mis hilos y mis tiempos. Pero no estoy aislada. Formo parte de algo más grande: una red de personas que trabajan con las manos, con el cuerpo, con la paciencia. Personas que, como yo, dejan su esencia y parte de su alma en cada pieza.
Uruguay está lleno de artesanos que hacen maravillas. En ferias, en talleres, en casas que huelen a madera, a barro, a hilo, a fuego. Desde los telares hasta el cuero, desde la cerámica hasta la cestería. Hay oficios que sobreviven, otros que se reinventan. Y cada uno cuenta una historia.
Yo no me creo parte de una gran tradición nacional. Lo que hago —los amigurumis— vienen de Japón. Pero lo que pongo en ellos sí es local: mi tiempo, mi mirada, mi necesidad de crear. En eso me siento cerca de otros artesanos. Aunque nuestros lenguajes sean distintos, compartimos algo esencial: elegimos lo hecho a mano como forma de expresión, como forma de vida.
No hay competencia. Hay respeto. Hay inspiración. Hay orgullo de ver que en este país pequeño todavía hay quienes siguen apostando por lo auténtico, lo único, lo que lleva marca de mano. Me emocionan sus historias porque me recuerdan por qué sigo haciendo lo que hago, aunque no siempre sea fácil.
Gracias a quienes abren sus espacios, sus redes y sus procesos. A quienes muestran sin miedo. A quienes enseñan sin guardarse nada.
Y a quienes, simplemente, siguen creando en silencio, desde el amor por su oficio.
Yo sigo por acá.
Con mis hilos y agujas. Creando mi sueño y con ganas de seguir aprendiendo.
Silvana – Hilaland