09/25/2026
Voy a hablar claro porque ya cansa tanta soberbia disfrazada de conocimiento. Una cosa es estudiar, investigar, comparar y señalar lo que uno entiende que está mal, y otra muy distinta es coger el idioma, cuatro libros y un poco de arrogancia para venir a desacreditar generaciones enteras. Que tú hables yorùbá de hoy no significa que automáticamente entiendas todo lo que se decía antiguamente en Ifá. Los idiomas cambian, mi gente. Nosotros hablamos español y eso no quiere decir que por eso entendamos de primera mano el castellano antiguo. Hay palabras, formas de hablar, expresiones y contextos que necesitan estudio. Con Ifá pasa igual. El yorùbá moderno es una herramienta importantísima, pero no es una llave mágica que te abre automáticamente todos los secretos de un ẹsẹ̀ antiguo. Una cosa es hablar yorùbá y otra muy distinta es entender el lenguaje, el contexto y la transmisión de Ifá. El diccionario no te entrega el Àṣẹ.
Y tampoco me vengan con que si no está en un libro, en un capítulo o en una página entonces no existe ( busca investiga hasta que lo encuentres). Ifá no nació en una biblioteca. Hay una transmisión oral, hay mayores, familias, linajes y comunidades que conservaron conocimiento durante generaciones. ¿Que hay cosas que debemos investigar y corregir? Claro que sí. ¿Que todo lo transmitido tiene que aceptarse sin cuestionarlo? Tampoco. Pero de ahí a tratar la tradición afrocubana como si nuestros viejos se hubieran inventado cuatro cuentos para pasar el tiempo hay un trecho grande. Aquí hubo gente que recibió, practicó, transmitió y sostuvo esta tradición en circunstancias muchísimo más duras de las que muchos de nosotros hemos tenido que enfrentar. Eso merece respeto, aunque tú estudies la tradición desde otro lugar y llegues a conclusiones diferentes.
Porque al final, mi gente, Ifá no es un concurso de pronunciación ni una competencia para ver quién cita más libros. Ifá se consulta, se aconseja, se hace ẹbọ, se trabaja, se vive y se comprueba en la experiencia de quienes lo practican. Los resultados y las experiencias de generaciones enteras forman parte de esa historia. Eso no quiere decir que cualquier resultado demuestre que todo lo que alguien diga sea verdad, pero tampoco vamos a borrar la experiencia de nuestros mayores porque hoy tengamos Google, diccionarios y libros que ellos no tuvieron.
Y hay otra pregunta que para mí es legítima: ¿qué hay detrás de tanta necesidad de desacreditar lo que recibimos de nuestros mayores? Porque estudiar para buscar la verdad es una cosa. Pero cuando alrededor de esa pelea empiezan a aparecer seguidores, consultas, cursos, libros, reconocimiento, protagonismo y dinero, también es válido preguntarse dónde termina el estudio y dónde comienza el negocio. No estoy diciendo que todo el que estudia tenga malas intenciones. Estoy diciendo algo mucho más sencillo: no todo el que habla en nombre de la verdad está necesariamente libre de intereses.
Yo no tengo ningún problema con que se estudie África, que se estudie el yorùbá, que se busquen documentos ni que se profundice en nuestras raíces. Todo eso hace falta. Lo que no voy a comprar es que para darle valor a una tradición tengas que destruir otra. No uses África para pisotear a Cuba. No uses un diccionario para borrar a nuestros viejos. No conviertas una diferencia de transmisión en una excusa para llamar ignorante a todo el que recibió las cosas de otra manera.
Estudiemos, sí. Investiguemos, sí. Pero dejen la soberbia. Porque saber más de una cosa no te convierte en dueño de toda la verdad, y venir de una tierra determinada tampoco te da derecho a borrar la historia de otra. Nuestros viejos hicieron lo que pudieron con lo que tenían y gracias a ellos hoy nosotros tenemos algo que discutir, estudiar y defender. Se puede corregir sin humillar. Se puede investigar sin destruir. Se puede conocer África sin negar Cuba. Y sobre todo, se puede tener conocimiento sin perder el respeto por los que caminaron antes que nosotros.
Ilé Olofin
La verdad no se negocia en Ifá