08/26/2026
¿DÓNDE QUEDA LA FUERZA DE ORISA E IFÁ?
Hay algo que llevo tiempo preguntándome y quiero compartirlo con ustedes de una manera sencilla, porque creo que es una pregunta que todos los que practicamos Osha e Ifá deberíamos hacernos. Nosotros hablamos con orgullo del asé de Orisa, hablamos de personas que se levantaron de una cama cuando ya parecía que no podían hacerlo, hablamos de apartar Ikú, de abrir caminos, de cambiar situaciones que parecían imposibles. Pero cuando llega una crisis matrimonial, cuando dos personas que se quieren empiezan a tener problemas, cuando aparecen discusiones, incomprensión o dificultades, muchas veces la respuesta cambia completamente: “Ese ciclo se terminó”, “esa persona no te sirve”, “cada cual por su lado”. Y yo pregunto con todo respeto: ¿cómo puede ser que tengamos tanta fe en el poder de Orisa para enfrentar lo imposible y, cuando el problema está dentro de un hogar, nos rindamos tan fácilmente?
Y hay una pregunta todavía más profunda que me hago yo mismo: si Orisa o Ifá, a través del oráculo, orientó a dos personas a unirse, a casarse, a formar una familia y a tener hijos, ¿cómo podemos después decir tan fácilmente que ese matrimonio no sirve o que todo se terminó? ¿Dónde queda entonces la palabra de ese Orisa? ¿Dónde queda la palabra de Ifá? Porque si lo que se dijo al principio no tenía ningún valor y años después simplemente decimos “eso ya terminó”, entonces tenemos que preguntarnos qué fue lo que pasó. ¿Falló Ifá? ¿Falló nuestra interpretación? ¿O somos nosotros los que estamos interpretando de una manera demasiado sencilla algo que tiene mucha más profundidad? Yo no estoy diciendo que un matrimonio tenga que mantenerse a cualquier precio. Hay relaciones donde existe maltrato, violencia, peligro o situaciones donde separarse es lo más sano y lo más responsable. Eso también tenemos que decirlo. Pero una cosa es reconocer que una relación llegó a un punto donde ya no puede continuar y otra muy diferente es convertir cualquier problema matrimonial en una sentencia de separación.
Yo llevo muchos años dentro de esta religión y he visto cosas que no me contaron. Las viví. He visto personas cambiar de verdad después de acercarse a Orisa e Ifá. He visto personas que llegaron de una manera y con el tiempo se convirtieron en otras. He visto cambios de carácter, cambios de conducta, cambios en la manera de enfrentar la vida. Por eso me cuesta cuando escucho que todo lo queremos explicar únicamente diciendo que la persona tiene que trabajar su Iwá Pẹ̀lẹ̀, que tiene que cambiar su conducta, que tiene que sanar sus emociones o que tiene que aprender a comunicarse. Claro que sí. Por supuesto que cada ser humano tiene responsabilidad sobre lo que hace. Pero entonces yo pregunto: ¿eso es todo lo que tiene que ofrecer nuestra religión?
Porque si todo se reduce a cambiar la conducta, trabajar las emociones, hablar mejor con la pareja, entender nuestros traumas y aprender a manejar nuestros problemas, existen muchas maneras de hacer eso sin practicar Osha ni Ifá. Está la psicología, está el psicoanálisis, están las terapias, existen diferentes métodos para trabajar con nosotros mismos y cambiar nuestra vida. Y yo no estoy diciendo que eso sea malo. Todo lo contrario: si una persona necesita un psicólogo, debe ir al psicólogo; si necesita un profesional de la salud mental, debe buscarlo. Una cosa no tiene por qué estar peleada con la otra. Pero si nosotros somos sacerdotes de Orisa e Ifá, no podemos olvidar que la persona que viene a nosotros también está buscando una respuesta espiritual. Si al final nuestra única respuesta es exactamente la misma que podría recibir de cualquier proceso de crecimiento personal, entonces tenemos que preguntarnos con mucha honestidad: ¿qué estamos haciendo con la fuerza espiritual en la que decimos creer?
Porque para mí no se trata de escoger entre psicología e Ifá. Se trata de entender que cada cosa tiene su lugar. Una persona puede necesitar trabajar su mente, sus emociones y su conducta, y al mismo tiempo necesitar una orientación espiritual. El Iwá Pẹ̀lẹ̀ es fundamental, pero no puede convertirse en la explicación para todo. No podemos decir que cada problema que aparece en la vida de una persona es simplemente porque no tiene buen carácter o porque no sabe comportarse. Si fuera así, entonces nuevamente estaríamos reduciendo la profundidad de Ifá a una simple enseñanza moral.
Y esto es todavía más importante cuando hablamos de una pareja. Si dos personas consultaron, Ifá habló, se orientó una unión, se hizo lo que correspondía y después aparecen dificultades, yo creo que antes de decir “déjalo”, tenemos que preguntar qué está pasando. ¿Qué cambió? ¿Qué está mostrando ahora el Odù? ¿Qué tiene que corregir cada uno? ¿Qué necesita esa familia? ¿Qué podemos hacer nosotros desde nuestra tradición? Porque un Odù puede mostrar un problema, pero eso no significa automáticamente que esté ordenando un divorcio. El problema no siempre es la persona; muchas veces es lo que está ocurriendo entre las personas. Y ahí es donde comienza el verdadero trabajo del sacerdote.
Porque decir “déjalo” es muy fácil. Lo difícil es sentarse con esas personas, escucharlas, entenderlas y enseñarles. Lo difícil es ayudar a un hombre a reconocer sus errores y ayudar a una mujer a reconocer los suyos. Lo difícil es conseguir que dos personas que llevan años haciéndose daño vuelvan a escucharse. Lo difícil es trabajar espiritualmente cuando todavía existe una posibilidad de recuperar aquello que se está perdiendo. Ahí es donde yo quiero ver el asé. No solamente cuando hablamos de grandes milagros, sino también cuando tenemos delante una familia que necesita ayuda.
Y tampoco podemos olvidar a los hijos. Cuando una pareja se separa, los adultos toman sus decisiones, pero los hijos también viven las consecuencias. A veces una separación es lo mejor para ellos, y eso hay que reconocerlo. Pero otras veces lo que necesitan esos niños es que sus padres aprendan a resolver sus problemas, a respetarse y a dejar de hacerse daño. Por eso no podemos hablar de una pareja como si solamente fueran dos personas aisladas. Detrás de ellos existe una familia, existen hijos, existen generaciones y existe una historia que también puede verse afectada por nuestras decisiones.
Por eso yo no estoy diciendo que todos los matrimonios tengan que salvarse. Estoy diciendo que no todos los matrimonios deben darse por perdidos tan rápidamente. Hay una diferencia enorme. Cuando existe peligro, violencia o una situación que pone en riesgo a una persona, hay que actuar con responsabilidad y protegerla. Pero cuando simplemente existe una crisis, una discusión, una incompatibilidad o una etapa difícil, no podemos convertir automáticamente esa dificultad en una sentencia. Porque si para cada problema la solución es separarse, entonces ¿para qué necesitamos toda la sabiduría que hemos recibido?
Yo quiero que entendamos algo: Ifá no solamente debería decirnos qué está mal; también debería enseñarnos qué hacer con aquello que está mal. Y ahí es donde veo que tenemos que recuperar algo de nuestra manera antigua de hacer las cosas. No podemos quedarnos únicamente con el diagnóstico. Tenemos que acompañar, orientar, enseñar y trabajar. Y cuando sea necesario acudir a un psicólogo, a un médico o a otro profesional, se hace. Eso no disminuye a Orisa. Al contrario, demuestra que tenemos la madurez suficiente para saber cuándo necesitamos una herramienta y cuándo necesitamos otra.
Pero tampoco podemos hacer lo contrario y olvidar nuestra propia herramienta. Porque yo sí creo en Orisa. Yo sí creo en Ifá. Y lo digo no solamente porque me lo enseñaron, sino porque durante muchos años he visto transformaciones reales en personas reales. Por eso no puedo aceptar que ahora, cada vez que la vida se pone difícil, simplemente digamos: “Eso se terminó”. No. Primero tenemos que mirar, preguntar, entender, trabajar y agotar las posibilidades que realmente existen.
Y por eso vuelvo a mi pregunta inicial, porque para mí es muy sencilla: ¿creemos o no creemos? ¿Orisa e Ifá existen como una fuerza capaz de transformar nuestras vidas o no existen? Porque si creemos que pueden levantar a una persona, apartar Ikú, abrir caminos y cambiar destinos, entonces también tenemos que creer que pueden ayudarnos cuando una familia está atravesando una crisis. Y si no creemos en eso, entonces tenemos que ser honestos y preguntarnos qué estamos haciendo practicando esta religión.
Yo no quiero un Ifá que solamente me diga cuál es mi problema. Quiero un Ifá que me enseñe qué hacer con mi problema. No quiero un sacerdote que solamente sepa anunciar una desgracia. Quiero un sacerdote que sepa orientar a la persona cuando esa desgracia aparece. No quiero que Orisa sea solamente una palabra que utilizamos cuando todo está bien. Quiero que recordemos por qué nuestros mayores confiaron en estas fuerzas y por qué durante generaciones acudieron a ellas buscando transformación.
Porque salvar a una persona de Ikú es una cosa grande. Pero ayudar a una persona a cambiar antes de que destruya su vida, ayudar a una pareja a recuperar el respeto, ayudar a unos padres a no transmitir sus heridas a sus hijos y conseguir que una familia encuentre nuevamente un camino de paz también es salvar vidas.
Quizás el problema no es que Orisa e Ifá hayan perdido su fuerza. Quizás somos nosotros los que hemos dejado de confiar en ella y hemos olvidado cómo utilizarla.
Ilé Olofin
La verdad no se negocia en Ifá