Ile Olofin

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¿DÓNDE QUEDA LA FUERZA DE ORISA E IFÁ?Hay algo que llevo tiempo preguntándome y quiero compartirlo con ustedes de una ma...
08/26/2026

¿DÓNDE QUEDA LA FUERZA DE ORISA E IFÁ?

Hay algo que llevo tiempo preguntándome y quiero compartirlo con ustedes de una manera sencilla, porque creo que es una pregunta que todos los que practicamos Osha e Ifá deberíamos hacernos. Nosotros hablamos con orgullo del asé de Orisa, hablamos de personas que se levantaron de una cama cuando ya parecía que no podían hacerlo, hablamos de apartar Ikú, de abrir caminos, de cambiar situaciones que parecían imposibles. Pero cuando llega una crisis matrimonial, cuando dos personas que se quieren empiezan a tener problemas, cuando aparecen discusiones, incomprensión o dificultades, muchas veces la respuesta cambia completamente: “Ese ciclo se terminó”, “esa persona no te sirve”, “cada cual por su lado”. Y yo pregunto con todo respeto: ¿cómo puede ser que tengamos tanta fe en el poder de Orisa para enfrentar lo imposible y, cuando el problema está dentro de un hogar, nos rindamos tan fácilmente?

Y hay una pregunta todavía más profunda que me hago yo mismo: si Orisa o Ifá, a través del oráculo, orientó a dos personas a unirse, a casarse, a formar una familia y a tener hijos, ¿cómo podemos después decir tan fácilmente que ese matrimonio no sirve o que todo se terminó? ¿Dónde queda entonces la palabra de ese Orisa? ¿Dónde queda la palabra de Ifá? Porque si lo que se dijo al principio no tenía ningún valor y años después simplemente decimos “eso ya terminó”, entonces tenemos que preguntarnos qué fue lo que pasó. ¿Falló Ifá? ¿Falló nuestra interpretación? ¿O somos nosotros los que estamos interpretando de una manera demasiado sencilla algo que tiene mucha más profundidad? Yo no estoy diciendo que un matrimonio tenga que mantenerse a cualquier precio. Hay relaciones donde existe maltrato, violencia, peligro o situaciones donde separarse es lo más sano y lo más responsable. Eso también tenemos que decirlo. Pero una cosa es reconocer que una relación llegó a un punto donde ya no puede continuar y otra muy diferente es convertir cualquier problema matrimonial en una sentencia de separación.

Yo llevo muchos años dentro de esta religión y he visto cosas que no me contaron. Las viví. He visto personas cambiar de verdad después de acercarse a Orisa e Ifá. He visto personas que llegaron de una manera y con el tiempo se convirtieron en otras. He visto cambios de carácter, cambios de conducta, cambios en la manera de enfrentar la vida. Por eso me cuesta cuando escucho que todo lo queremos explicar únicamente diciendo que la persona tiene que trabajar su Iwá Pẹ̀lẹ̀, que tiene que cambiar su conducta, que tiene que sanar sus emociones o que tiene que aprender a comunicarse. Claro que sí. Por supuesto que cada ser humano tiene responsabilidad sobre lo que hace. Pero entonces yo pregunto: ¿eso es todo lo que tiene que ofrecer nuestra religión?

Porque si todo se reduce a cambiar la conducta, trabajar las emociones, hablar mejor con la pareja, entender nuestros traumas y aprender a manejar nuestros problemas, existen muchas maneras de hacer eso sin practicar Osha ni Ifá. Está la psicología, está el psicoanálisis, están las terapias, existen diferentes métodos para trabajar con nosotros mismos y cambiar nuestra vida. Y yo no estoy diciendo que eso sea malo. Todo lo contrario: si una persona necesita un psicólogo, debe ir al psicólogo; si necesita un profesional de la salud mental, debe buscarlo. Una cosa no tiene por qué estar peleada con la otra. Pero si nosotros somos sacerdotes de Orisa e Ifá, no podemos olvidar que la persona que viene a nosotros también está buscando una respuesta espiritual. Si al final nuestra única respuesta es exactamente la misma que podría recibir de cualquier proceso de crecimiento personal, entonces tenemos que preguntarnos con mucha honestidad: ¿qué estamos haciendo con la fuerza espiritual en la que decimos creer?

Porque para mí no se trata de escoger entre psicología e Ifá. Se trata de entender que cada cosa tiene su lugar. Una persona puede necesitar trabajar su mente, sus emociones y su conducta, y al mismo tiempo necesitar una orientación espiritual. El Iwá Pẹ̀lẹ̀ es fundamental, pero no puede convertirse en la explicación para todo. No podemos decir que cada problema que aparece en la vida de una persona es simplemente porque no tiene buen carácter o porque no sabe comportarse. Si fuera así, entonces nuevamente estaríamos reduciendo la profundidad de Ifá a una simple enseñanza moral.

Y esto es todavía más importante cuando hablamos de una pareja. Si dos personas consultaron, Ifá habló, se orientó una unión, se hizo lo que correspondía y después aparecen dificultades, yo creo que antes de decir “déjalo”, tenemos que preguntar qué está pasando. ¿Qué cambió? ¿Qué está mostrando ahora el Odù? ¿Qué tiene que corregir cada uno? ¿Qué necesita esa familia? ¿Qué podemos hacer nosotros desde nuestra tradición? Porque un Odù puede mostrar un problema, pero eso no significa automáticamente que esté ordenando un divorcio. El problema no siempre es la persona; muchas veces es lo que está ocurriendo entre las personas. Y ahí es donde comienza el verdadero trabajo del sacerdote.

Porque decir “déjalo” es muy fácil. Lo difícil es sentarse con esas personas, escucharlas, entenderlas y enseñarles. Lo difícil es ayudar a un hombre a reconocer sus errores y ayudar a una mujer a reconocer los suyos. Lo difícil es conseguir que dos personas que llevan años haciéndose daño vuelvan a escucharse. Lo difícil es trabajar espiritualmente cuando todavía existe una posibilidad de recuperar aquello que se está perdiendo. Ahí es donde yo quiero ver el asé. No solamente cuando hablamos de grandes milagros, sino también cuando tenemos delante una familia que necesita ayuda.

Y tampoco podemos olvidar a los hijos. Cuando una pareja se separa, los adultos toman sus decisiones, pero los hijos también viven las consecuencias. A veces una separación es lo mejor para ellos, y eso hay que reconocerlo. Pero otras veces lo que necesitan esos niños es que sus padres aprendan a resolver sus problemas, a respetarse y a dejar de hacerse daño. Por eso no podemos hablar de una pareja como si solamente fueran dos personas aisladas. Detrás de ellos existe una familia, existen hijos, existen generaciones y existe una historia que también puede verse afectada por nuestras decisiones.

Por eso yo no estoy diciendo que todos los matrimonios tengan que salvarse. Estoy diciendo que no todos los matrimonios deben darse por perdidos tan rápidamente. Hay una diferencia enorme. Cuando existe peligro, violencia o una situación que pone en riesgo a una persona, hay que actuar con responsabilidad y protegerla. Pero cuando simplemente existe una crisis, una discusión, una incompatibilidad o una etapa difícil, no podemos convertir automáticamente esa dificultad en una sentencia. Porque si para cada problema la solución es separarse, entonces ¿para qué necesitamos toda la sabiduría que hemos recibido?

Yo quiero que entendamos algo: Ifá no solamente debería decirnos qué está mal; también debería enseñarnos qué hacer con aquello que está mal. Y ahí es donde veo que tenemos que recuperar algo de nuestra manera antigua de hacer las cosas. No podemos quedarnos únicamente con el diagnóstico. Tenemos que acompañar, orientar, enseñar y trabajar. Y cuando sea necesario acudir a un psicólogo, a un médico o a otro profesional, se hace. Eso no disminuye a Orisa. Al contrario, demuestra que tenemos la madurez suficiente para saber cuándo necesitamos una herramienta y cuándo necesitamos otra.

Pero tampoco podemos hacer lo contrario y olvidar nuestra propia herramienta. Porque yo sí creo en Orisa. Yo sí creo en Ifá. Y lo digo no solamente porque me lo enseñaron, sino porque durante muchos años he visto transformaciones reales en personas reales. Por eso no puedo aceptar que ahora, cada vez que la vida se pone difícil, simplemente digamos: “Eso se terminó”. No. Primero tenemos que mirar, preguntar, entender, trabajar y agotar las posibilidades que realmente existen.

Y por eso vuelvo a mi pregunta inicial, porque para mí es muy sencilla: ¿creemos o no creemos? ¿Orisa e Ifá existen como una fuerza capaz de transformar nuestras vidas o no existen? Porque si creemos que pueden levantar a una persona, apartar Ikú, abrir caminos y cambiar destinos, entonces también tenemos que creer que pueden ayudarnos cuando una familia está atravesando una crisis. Y si no creemos en eso, entonces tenemos que ser honestos y preguntarnos qué estamos haciendo practicando esta religión.

Yo no quiero un Ifá que solamente me diga cuál es mi problema. Quiero un Ifá que me enseñe qué hacer con mi problema. No quiero un sacerdote que solamente sepa anunciar una desgracia. Quiero un sacerdote que sepa orientar a la persona cuando esa desgracia aparece. No quiero que Orisa sea solamente una palabra que utilizamos cuando todo está bien. Quiero que recordemos por qué nuestros mayores confiaron en estas fuerzas y por qué durante generaciones acudieron a ellas buscando transformación.

Porque salvar a una persona de Ikú es una cosa grande. Pero ayudar a una persona a cambiar antes de que destruya su vida, ayudar a una pareja a recuperar el respeto, ayudar a unos padres a no transmitir sus heridas a sus hijos y conseguir que una familia encuentre nuevamente un camino de paz también es salvar vidas.

Quizás el problema no es que Orisa e Ifá hayan perdido su fuerza. Quizás somos nosotros los que hemos dejado de confiar en ella y hemos olvidado cómo utilizarla.

Ilé Olofin
La verdad no se negocia en Ifá

ÒDÍ ÒSÁ: VAMOS A DESENMASCARAR EL ODÙA petición de mis seguidores, hoy vamos a detenernos un poco más en Òdí Òsá y a tra...
08/24/2026

ÒDÍ ÒSÁ: VAMOS A DESENMASCARAR EL ODÙ

A petición de mis seguidores, hoy vamos a detenernos un poco más en Òdí Òsá y a tratar de mirar este Odù con mayor profundidad. Y antes de entrar en materia quiero dejar algo claro, porque el respeto a la regla no es negociable: lo que hago aquí es compartir una interpretación y una enseñanza a partir del Odù. No estoy haciendo consultas por las redes, no estoy sustituyendo al padrino de nadie y mucho menos estoy indicando obras religiosas. Cada persona que necesite una orientación particular debe recibirla de quien tenga esa responsabilidad, en consulta privada y de la manera correspondiente. Aquí venimos a hacer otra cosa: venimos a pensar Ifá, a estudiar su filosofía, a entender lo que el Odù nos está mostrando y, sobre todo, a reconocer cómo esa sabiduría se manifiesta en la vida cotidiana. Así que ahora sí, vamos al lío.

Hay varios refranes asociados a este signo, pero si me preguntan cuál escogería para abrir una conversación seria sobre la esencia de Òdí Òsá, me quedo con uno: “ESTIRE LA MANO HASTA DONDE ALCANCE.” Parece sencillo, pero precisamente los refranes que parecen más sencillos muchas veces contienen las enseñanzas más profundas. ¿Qué nos está diciendo realmente Ifá? Nos está hablando de medida, límite, capacidad y consecuencia. Aprenda a conocer hasta dónde puede llegar. Aprenda qué puede sostener, qué puede manejar y qué consecuencias está verdaderamente preparado para asumir. Porque una cosa es desear algo y otra muy diferente es tener la cabeza, el carácter, la madurez y la estabilidad necesarias para sostener aquello que se está buscando.

Y fíjense en un detalle muy importante: el refrán no dice “no estires la mano”. Dice “estírala hasta donde alcance.” Ahí está precisamente la enseñanza. Ifá no está diciendo que usted sea una persona conformista, que no tenga aspiraciones ni que deje de luchar por progresar. Lo que está diciendo es: conozca su medida antes de comprometerse con aquello que está fuera de ella. Porque muchas veces el ser humano no calcula el peso de lo que desea. Quiere más dinero, más poder, más reconocimiento, una determinada posición, una determinada relación, más control sobre los demás, pero pocas veces se pregunta: ¿estoy preparado para cargar con todo lo que viene detrás de eso? Porque obtener algo también significa tener que responder por ello.

Y ahí es donde Òdí Òsá comienza a desenmascarar al ser humano. Muchas veces el problema no está en aquello que nos falta, sino en aquello que nos empeñamos en agarrar a la fuerza. Hay quien estira la mano detrás de un dinero que después no sabe administrar; quien la estira detrás de una relación que no está preparado para sostener; quien busca una posición que todavía le queda grande; quien se mete en problemas ajenos creyendo que puede resolverle la vida a todo el mundo y termina perdiendo el control de la suya. Hay personas que quieren cargar con diez cosas cuando apenas pueden sostener tres, y después culpan al destino, a los demás o a los enemigos por el peso que ellas mismas decidieron ponerse encima.

Eso es precisamente lo que este refrán nos obliga a revisar: no solamente qué queremos alcanzar, sino qué somos capaces de sostener una vez que lo alcanzamos. Porque hay cosas que parecen bendiciones cuando llegan, pero se convierten en problemas cuando la persona no tiene la capacidad para administrarlas. Un dinero mal manejado puede convertirse en deuda. Una posición mal asumida puede convertirse en conflicto. Una relación mal comprendida puede convertirse en sufrimiento. Una responsabilidad aceptada por orgullo puede terminar aplastando a quien quiso demostrar que podía con todo. Y entonces entendemos algo muy importante: el límite no siempre es una prohibición; muchas veces es una forma de protección.

Cuando usted no conoce sus límites comienza a convertirse en esclavo de aquello mismo que quiso conseguir. Y esa es una de las grandes trampas que podemos reconocer en Òdí Òsá. A veces las cadenas son una deuda; otras veces, el orgullo. A veces es la necesidad de tener siempre la razón, la obsesión por controlar una situación, el miedo a soltar una persona, un negocio o una etapa que ya terminó. Y mientras más estira la mano para agarrar aquello que se le está escapando, menos atención presta a lo que todavía tiene dentro del puño. Por querer alcanzar lo que está lejos, puede terminar soltando lo que ya tenía cerca.

Por eso este refrán no debería enseñarse solamente como una frase bonita. Debería enseñarse como una pregunta que cada persona tiene que hacerse: ¿hasta dónde alcanza mi mano? ¿Hasta dónde llega mi carácter? ¿Hasta dónde llega mi conocimiento? ¿Hasta dónde llega mi paciencia? ¿Hasta dónde llega mi capacidad económica? ¿Hasta dónde llega mi responsabilidad? ¿Hasta dónde puedo llegar sin terminar destruyendo aquello que estoy tratando de construir?

Porque estudiar Ifá no debería reducirse a memorizar lo que dice cada signo en un cuaderno. Estudiar Ifá es aprender a reconocer al Odù caminando por la calle, dentro de una familia, en un negocio, en una relación y, sobre todo, frente al espejo. Cuando usted escucha un refrán y deja de pensar inmediatamente en otra persona para preguntarse “¿y dónde estoy yo haciendo esto?”, entonces el estudio comienza a tomar otra dimensión. Ahí dejamos de repetir palabras y empezamos a adquirir sabiduría.

Así que hoy Òdí Òsá nos deja una enseñanza que parece sencilla, pero que puede ahorrarnos muchos problemas en la vida: no todo lo que usted desea necesita ser perseguido, no todo lo que puede conseguir le conviene y no todo lo que se aleja de usted necesita que salga corriendo detrás de ello. Aprenda a medir la distancia entre lo que quiere y lo que realmente puede sostener.

Porque al final, el problema no siempre es que la mano sea corta. A veces el problema es querer estirarla más allá de lo que el brazo puede soportar.

Òdí Òsá no solamente nos pregunta qué queremos alcanzar. También nos obliga a preguntarnos si estamos preparados para sostenerlo cuando lo tengamos.

Y ahí es donde comienza verdaderamente el desenmascaramiento del Odù.

Ilé Olofin
La verdad se negocia en Ifá

¡Gracias por ser una de las personas que más interactuó esta semana y por estar en mi lista de participación semanal! 🎉Y...
08/21/2026

¡Gracias por ser una de las personas que más interactuó esta semana y por estar en mi lista de participación semanal! 🎉

Yunier Castro Tellez, Ile Iwa Pele, Yarima Bernal, Maye Ruiz, Yunior Milkan

ÒDÍ ÒSÁ: ¿CUÁNTO VALE UNA ADVERTENCIA CUANDO LLEGA DESPUÉS DE LA TRAGEDIA?Hoy tuve delante de mí a una madre de 73 años,...
08/19/2026

ÒDÍ ÒSÁ: ¿CUÁNTO VALE UNA ADVERTENCIA CUANDO LLEGA DESPUÉS DE LA TRAGEDIA?

Hoy tuve delante de mí a una madre de 73 años, una mujer que ha sobrevivido a siete cánceres, que ha tenido que luchar por sus nietos después de perder a una hija y que, a pesar de todo lo que la vida le ha puesto delante, sigue adorando a sus Orisas y sigue creyendo profundamente en Ifá. Pero hoy no vino solamente a consultarse; vino cargando una pregunta que me dejó pensando: “¿Por qué nadie me lo dijo?” Su hijo es Òdí Òsá, llevaba 15 años de matrimonio con su mujer y, según lo que esta madre relata, durante todo ese tiempo nadie le habló de las advertencias que podían existir alrededor de ese Odù, nadie le explicó qué debía atender, nadie le habló de la necesidad de investigar y trabajar espiritualmente aquello que Ifá pudiera estar señalando. Hoy su hijo tiene una sentencia de 23 años por haber matado a su esposa, y esta madre, después de haber sobrevivido a siete cánceres, después de haber perdido una hija y haber luchado por sus nietos, tiene que cargar ahora con otra tragedia y con una pregunta que no podemos despachar diciendo que todo es destino: ¿por qué nadie le advirtió?

Y aquí quiero hablar claro, porque esto no es una teoría para mí. No estoy hablando de algo que leí ayer ni de una interpretación que encontré en una red social. Estoy hablando de patrones que he visto repetirse durante años en personas bajo Òdí Òsá. He visto relaciones que comienzan, se rompen, vuelven a comenzar con otra persona y terminan reproduciendo los mismos conflictos; he visto dificultades para mantener la estabilidad matrimonial, una necesidad muy fuerte de imponer la propia voluntad, inconformidad permanente y situaciones en las que la persona cambia de pareja pero no cambia la historia. Y cuando uno ve el mismo patrón una y otra vez, no puede simplemente cerrar los ojos y decir que todo es casualidad. Ifá está transmitiendo conocimiento precisamente porque los seres humanos repetimos errores y porque existen situaciones que deben ser corregidas antes de que sus consecuencias sean mayores.

Por eso me molesta cuando un religioso toma un Odù, cobra su derecho, entrega la información y se acabó. ¿Para qué sirve saber que algo puede ocurrir si nadie tiene el valor de explicárselo a la persona? ¿Para qué sirve conocer una advertencia si solamente vamos a utilizarla después de la tragedia para decir “eso estaba en el signo”? Eso no es ayudar a nadie. Eso es llegar tarde. Orunmila no habla por hablar; Orunmila habla para que podamos corregir. Cuando Ifá señala una condición y prescribe un ebo, una obra o una atención espiritual, hay que explicar qué se está intentando evitar. El ebo no es un trámite, no es una decoración de la consulta y mucho menos una manera de terminar rápidamente con el consultado. Si hay algo que debe ser atendido, se atiende; si hay que trabajar espiritualmente, se trabaja; si hay una conducta que debe cambiarse, se habla de frente; y si existe un problema psicológico o emocional, también debe buscarse la ayuda correspondiente. No se trata de escoger entre una cosa y otra; se trata de hacer todo lo necesario para que la persona tenga una oportunidad real de corregir.

Y quiero aclarar algo porque sé que algunos van a querer llevar esta conversación hacia donde no corresponde. No estoy diciendo que toda mujer que tenga Òdí Òsá sea mala, que esté condenada a fracasar en el matrimonio o que deba separarse de su marido. Tampoco estoy diciendo que Òdí Òsá convierta a un hombre en un asesino. Eso sería una interpretación irresponsable y no es lo que estoy diciendo. Estoy hablando de patrones y de condiciones que deben ser investigadas cuando aparecen en el registro. Estoy hablando de una tradición que nos enseña que hay situaciones espirituales que pueden interferir en la vida de una persona y que existen obras destinadas a corregirlas. Estoy hablando también de lo que he observado en la práctica: mujeres que repiten una historia sentimental tras otra, hombres que terminan atrapados en relaciones destructivas, personas que después de separarse continúan enfrentando conflictos y, en algunos casos, situaciones donde incluso aparecen acciones espirituales dirigidas a impedir que alguien vuelva a encontrar felicidad. No todo divorcio es hechicería, pero tampoco debemos cerrar los ojos cuando el registro de Ifá señala una situación espiritual concreta.

Lo que más me duele de la historia de esta madre es que su hijo llevaba quince años de matrimonio. Quince años. Y precisamente porque durante quince años aparentemente todo marchaba bien, nadie se preocupó por profundizar. Ese es otro error que debemos corregir: que una persona esté bien hoy no significa que no debamos atender lo que Ifá está mostrando para mañana. La función de la prevención es precisamente trabajar cuando todavía no existe la crisis. Nadie espera a que una casa se incendie para comprobar si tenía una instalación eléctrica defectuosa. Nadie espera a que una enfermedad avance para comenzar a preguntarse qué podía haberse hecho antes. Entonces, ¿por qué con Ifá hacemos lo contrario? ¿Por qué esperamos a que aparezca la desgracia para abrir nuevamente el Odù y descubrir todo aquello que no quisimos explicar cuando la persona estaba sentada delante de nosotros?

Hoy una madre de 73 años está preguntándose por qué nadie le dijo nada. Una mujer que ha sobrevivido a siete cánceres, que perdió una hija, que luchó por sus nietos y que todavía conserva su fe en los Orisas, está tratando de encontrar una explicación dentro de aquello en lo que cree. Y a mí me tocó decirle algo que ningún religioso debería tener que decirle a una madre después de una tragedia: que muchas de las advertencias que hoy estamos viendo en Òdí Òsá debieron haber sido explicadas cuando todavía había tiempo para trabajar sobre ellas. No puedo devolverle a esa familia los años perdidos, no puedo cambiar lo ocurrido y tampoco puedo asegurar que una advertencia diferente habría cambiado el desenlace. Pero sí puedo decirle que entiendo perfectamente su pregunta y que precisamente por eso considero que debemos hablar de esto.

Por eso esta conversación no termina en “Òdí Òsá es un Odù fuerte”. Eso es demasiado fácil. La verdadera pregunta es mucho más incómoda: ¿qué estamos haciendo nosotros con aquello que Orunmila nos advierte? Porque si Ifá solamente sirve para decirnos después lo que ocurrió, entonces no hemos entendido su propósito. Orunmila no habla para que presumamos de haber sabido. Habla para que el ser humano tenga la oportunidad de corregir sus errores antes de que sea demasiado tarde.

Y esa es la razón por la que hoy hablo de esta madre, de su hijo y de Òdí Òsá. No para juzgarlos, sino para que una tragedia así no vuelva a convertirse simplemente en otra historia que alguien cuenta después diciendo: “Eso estaba en el Odù.” Si estaba en el Odù, entonces había que hablar. Si había una advertencia, había que advertir. Si había una obra, había que hacerla. Porque Orunmila no habla por estúpido. Orunmila habla para evitar.

Ilé Olofin
La verdad no se negocia en Ifá

La sombra de la ostentación y la luz de la humildadHay un refrán que todos hemos escuchado alguna vez: “Dime de qué pres...
08/17/2026

La sombra de la ostentación y la luz de la humildad

Hay un refrán que todos hemos escuchado alguna vez: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Muchas veces lo utilizamos simplemente para describir a una persona que presume demasiado, pero cuando lo miramos desde la filosofía de Ifá, este refrán adquiere una profundidad mucho mayor, porque nos lleva a preguntarnos qué existe detrás de esa necesidad constante de demostrarle algo a los demás. Y quiero aclarar algo desde el principio: tener dinero, vestir bien, disfrutar de una buena casa, conducir un buen automóvil, viajar, utilizar cosas de calidad o disfrutar de los frutos de nuestro trabajo no tiene absolutamente nada de malo. La prosperidad no es un pecado ni algo que debamos rechazar. El problema comienza cuando aquello que tenemos deja de ser una bendición que disfrutamos y se convierte en la única manera que encontramos para demostrar cuánto valemos. Una cosa es tener y otra muy diferente es necesitar que los demás sepan que tenemos.

Cuando observamos este comportamiento con un poco más de profundidad, podemos entender que muchas veces la ostentación no nace realmente de la abundancia, sino de una necesidad de reconocimiento. No significa que toda persona que muestra lo que tiene esté escondiendo una herida, porque sería injusto hacer ese juicio, pero sí debemos reconocer que existen personas que han pasado gran parte de su vida intentando demostrar que son suficientes, que tienen valor o que merecen ser reconocidas. Algunas crecieron con carencias materiales, otras con carencias afectivas, otras fueron constantemente comparadas o menospreciadas y algunas simplemente aprendieron a medir su valor por lo que podían conseguir. Entonces comienzan a buscar afuera aquello que todavía no han podido construir dentro de sí mismas. Y ahí es donde la enseñanza de Ifá sobre el Ori adquiere una importancia enorme, porque podemos cambiar nuestra ropa, nuestra casa, nuestro automóvil, nuestro círculo de amistades y todo aquello que mostramos hacia afuera, pero si nuestro Ori continúa cargando las mismas inseguridades, los mismos resentimientos y la misma necesidad de aprobación, vamos a seguir buscando en el mundo exterior aquello que realmente necesita atención en nuestro interior.

Podemos tener una casa llena de cosas costosas y no tener paz dentro de ella. Podemos vestirnos con las mejores marcas y continuar sintiéndonos inferiores. Podemos mostrar una vida aparentemente perfecta y, cuando nadie nos está mirando, descubrir que todavía necesitamos desesperadamente que alguien nos diga que valemos. Y esto no ocurre solamente con el dinero. También existe quien presume de conocimiento, quien presume de espiritualidad, quien presume de sus relaciones, quien presume de cuánto ayuda a los demás o quien presume de su posición. La vanidad puede presentarse de muchas maneras y no siempre utiliza ropa de lujo. Por eso debemos aprender a mirar más allá de lo que una persona muestra, pero también debemos tener cuidado de no juzgarla sin conocer su historia.

Una persona puede tener muchísimo dinero y continuar siendo humilde, sencilla y respetuosa. Puede alcanzar grandes cosas y no utilizar sus logros para hacer sentir pequeño a quien todavía está luchando. Puede disfrutar de sus bendiciones y entender que tener más posibilidades también significa tener más responsabilidades. Porque Ire Owo, la prosperidad económica, puede ser una bendición, pero también puede convertirse en una prueba para nuestro camino. No solamente debemos preguntarnos si estamos preparados para recibir, sino también si estamos preparados para recibir sin perder nuestra esencia. ¿De qué sirve conseguir todo aquello que un día soñamos si, en el proceso, nos convertimos en una persona que ya no reconoce a quienes estuvieron a su lado cuando no tenía nada? ¿De qué sirve tener abundancia si esa abundancia nos hace incapaces de agradecer, de compartir o de mirar con respeto a quien tiene menos?

Y aquí también podemos comprender el sentido del Ebo, porque hay cosas que cada ser humano tiene que sacrificar dentro de sí mismo. Hay orgullos que debemos aprender a soltar, resentimientos que necesitamos dejar atrás, necesidades de aprobación que debemos superar y heridas antiguas que no podemos seguir utilizando como justificación para nuestra manera de tratar a los demás. Podemos cambiar de casa, de automóvil, de ropa, de amistades e incluso comenzar una vida completamente diferente, pero si no trabajamos sobre aquello que llevamos dentro, vamos a llevar la misma herida a todas partes. El verdadero cambio muchas veces no comienza cuando conseguimos algo nuevo, sino cuando dejamos de necesitar demostrar algo. Ahí comienza otra forma de riqueza, porque empezamos a entender que nuestro valor no depende de la mirada de los demás.

La humildad tampoco significa vivir en carencia ni sentir vergüenza por progresar. Si has trabajado y has conseguido una buena vida, disfrútala. Si tienes la posibilidad de darle bienestar a tu familia, hazlo. Si has alcanzado algo que durante muchos años soñaste, celebra tu esfuerzo. No hay contradicción entre prosperidad y humildad. La verdadera cuestión está en no permitir que aquello que recibimos termine convirtiéndose en aquello que somos. Porque las circunstancias cambian, las posesiones cambian, el dinero puede ir y venir y las personas que hoy nos admiran mañana pueden dejar de hacerlo. Y cuando todo eso cambia, queda una pregunta que todos deberíamos hacernos alguna vez: ¿quién soy yo cuando ya no tengo nada que demostrar? La respuesta a esa pregunta dice mucho más de nosotros que cualquier cosa que podamos mostrar.

Por eso debemos permitir que nuestras acciones hablen por nosotros. Que nuestra prosperidad se conozca por la manera en que tratamos a nuestra familia, que nuestro conocimiento se reconozca por la manera en que enseñamos, que nuestra fuerza se vea en nuestra capacidad de mantenernos firmes sin destruir a nadie y que nuestras bendiciones se reflejen en nuestra capacidad de agradecer y compartir. El árbol que tiene raíces profundas no necesita convencer al viento de que es fuerte; simplemente permanece de pie. De la misma manera, cuando una persona está verdaderamente segura de quién es, no necesita estar constantemente explicándolo.

Que Olodumare y los Orishas nos ayuden a mantener nuestro Ori en equilibrio, a reconocer nuestras bendiciones sin convertirnos en esclavos de ellas y a comprender que no todo lo que brilla representa verdadera prosperidad. Que podamos tener abundancia sin perder la humildad, conocimiento sin perder la sencillez, poder sin perder la humanidad y riqueza sin perder nuestra esencia. Porque existen riquezas que se pueden vestir, riquezas que se pueden conducir y riquezas que se pueden mostrar, pero la riqueza más importante es aquella que se construye dentro de nosotros y que termina siendo reconocida por los demás sin que tengamos que anunciarla.

A veces, la verdadera abundancia no es tener más para mostrar, sino necesitar menos que los demás reconozcan lo que tenemos.

Ilé Olofin
La verdad no se negocia en Ifá

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