09/19/2018
A un año de ese día, todavía me cuesta trabajo comprender quien era antes y en que (o quién?) me convertí después. Pero me queda claro que algo cambió.
Muchos hábitos se transformaron. Ahora siempre dejo mis llaves y mochila en el mismo lugar al llegar a casa. Ubico la salida en cuanto entro a un lugar que no conozco. De mala gana pongo el cel en modo "no molestar" cuando estoy en el cine por temor a que no podría alertarme de un sismo.
Pero todo esto se siente como una consecuencia secundaria de lo que sea que cambió. Me queda claro que si bien ahora hay más cosas que me preocupan, hay algo extraño que lo está causando.
Ese "algo", el verdadero cambio, se asoma en los momentos más mundanos. Cuando veo a un tránsito dirigiendo el tráfico, cuando el señor de la lavandería me da mi cambio, cuando veo gente haciendo ejercicio en Parque España... Creo que el verdadero cambio que hubo en mi no fue el miedo ni la conmoción.
Creo que el verdadero cambio es darme cuenta tan fácilmente del amor que le tengo no solo a mi propia vida y a mis amigos y familia. Sino también del que siento hacia el wey que se sienta junto a mi en el metrobus, o por la señora que vende gorditas cerca de mi depa, o por la dupla que me atiende en el oxxo. Por que sé que si hubiera otro sismo como el de aquel día, ellos estarían conmigo ayudando, o no descansarán hasta rescatarme, ni yo descansaría hasta sacarlos de donde estuvieran. El verdadero cambio fue ese. La verdadera fuerza de México la llevamos todos y solo sirve para ayudar a los demás.
Con que facilidad nuestros monumentos temblaron. Un puñado de segundos derrumbaron nuestra arrogancia. Pero también en cuestión de segundos construimos algo mucho más grande.
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