09/23/2026
Victor Jara
“. . . Héctor encontró el cadáver del músico en una habitación semioscura, “lleno de tierra y heridas apelmazadas de la sangre pegada”.
Tomó las huellas digitales a sus “manos grandes, muy bien empuñadas”. Se las abrió, les puso la tinta y estampó los diez dedos en la ficha correspondiente al protocolo número 2547. Cuando la ficha se secó, se la guardó entre la camisa y el pantalón, sin entregarla por el conducto regular. Después pidió a su colega que guardara el secreto.
Héctor pretendía buscar sus datos, encontrar su dirección y avisar a la familia para que pudiera sacar el cadáver de la morgue y evitar que acabara en una fosa común, como tanto otros cuerpos que nunca serían identificados.
Al día siguiente, a la hora del café, le pidió “un gran favor” a una amiga “de confianza”, trabajadora del servicio que “no era militante”: investigar las diez huellas del músico que había estampado el día anterior.
Ella accedió, subió a una oficina y regresó con otra ficha. “Es él, no hay ninguna duda”, le dijo a Héctor, sin nombrar al cantautor.
—Ahí yo supe que se llamaba Víctor Lidio Jara Martínez. Entonces me planteé que yo, a través de él, con 23 años, iba a enterrar a toda esa gente. Que a mí nadie me iba a decir después: ‘¿Y tú qué? ¿No hiciste nada?’ . . . .”
En este reportaje, se reconstruye la historia de Héctor Herrera, el joven funcionario del Registro Civil que, en medio del horror de los primeros días de la dictadura, reconoció el cuerpo de Víctor Jara y decidió hacer algo que podía costarle la vida.