05/08/2026
Caldo con memoria
En Pepino, las mañanas no empiezan con el sol. Empiezan con el olor del café colao.
Ese olor espeso que se mete por las rendijas de la casa de mis padres, que despierta las paredes, los santos callados, los retratos viejos que todavía saben nuestros nombres.
Me desperté temprano un lunes. La casa estaba fría y en silencio. No un silencio vacío,
sino de esos que no incomodan, pero pesan.
Me serví el café. Siempre café. Después puse una olla con agua en la estufa.
Afuera, el pitirre cantó. Con ese canto atrevido que anuncia el día sin pedir permiso.
Otras aves le respondieron, como si el monte entero respirara conmigo.
El agua empezó a calentar.
Abrí el refrigerador y empecé a sacar todo, recipiente por recipiente, colocándolo sobre la mesa como recuerdos esperando su turno.
El agua ya estaba hirviendo, impaciente, viva.
A medida que encontraba cosas, las iba echando. Sin orden. Sin receta.
Así cocinaban mis abuelas.
Primero entró el pollo congelado, cargando fuerza y sustento, la promesa de seguir adelante incluso cuando la vida pesa.
Luego la cebolla, para la protección y la verdad. Esa que primero hace llorar y después sana.
El ajo vino después, poderoso y sin disculpas, para espantar todo lo que no debía quedarse
ni en mi espíritu ni en mi casa.
Apio para la claridad.
Pimientos para el coraje.
Tomates para el calor, para la sangre, para el corazón.
Y manzanas. Sí, manzanas; porque la dulzura también tiene lugar, aun cuando estás limpiando.
Mientras revolvía, movía el cucharón hacia la izquierda, en contra del reloj, como se hace cuando quieres soltar, cuando estás lista para despegar energía vieja, historias viejas,
versiones de ti que ya cumplieron su ciclo.
El agua lo recibió todo sin cuestionarme.
Con la sal agregué límites.
Con la pimienta, fuego.
Después llegaron las hojitas de laurel, sagradas y silenciosas.
El laurel es para los deseos, para la protección, para llamar a lo que te atreves a pedir.
No dije nada en voz alta. Dejé que el v***r llevara mis intenciones a donde tenían que llegar.
Seguí limpiando el refrigerador y, sin darme cuenta, la gente empezó a llegar.
Cada ingrediente nuevo me recordaba a alguien. A personas que pasaron. A personas que se quedaron.
Lo que encontraba lo echaba a la olla y sin decir mucho por dentro pensaba: Que te vaya bien. Como diría Juan Gabriel.
La sopa cocinó todo el día. (Esta parte es importante.)
Hay cosas que no se pueden apurar: el duelo, la despedida, el perdón.
La olla hizo su trabajo mientras yo limpiaba, mientras vivía, mientras respiraba por lo que atravesaba sin necesidad de nombrarlo.
Más tarde la colé. Lo que ya había dado lo que tenía que dar se fue.
Me quedé con lo que nutre. Con lo que sostiene. Un caldo limpio y dorado
que no pide nada más.
El perejil se quedó para la renovación.
El cilantro para la limpieza y la buena fortuna.
El orégano para la fuerza y la memoria ancestral.
Al final, la cocina estaba limpia.
Me senté con una taza de sopa caliente y un plato de tostones. Esto no era solo sopa. Era un desahogo.
A veces no hacen falta palabras. Hace falta una olla. Y el valor de echarlo todo dentro
y confiar en que lo que importa se queda.
Si algo en ti se movió, déjalo acomodarse solo. No expliques. No traduzcas.
Agradece a la olla. A la casa. A los que se fueron. A los que todavía cantan afuera.
El espacio se cierra como se cierra una cocina después de cocinar: con calma, con respeto,
Sabiendo que mañana el café volverá a oler igual.
Sandra Y. Pérez
8 de mayo de 2026