03/04/2026
La rutina no es el enemigo; el problema es cuando la rutina se vuelve indiferencia. Cuando ya no se pregunta cómo estuvo el día, cuando los abrazos se vuelven rápidos, cuando los besos se dan por costumbre y no por ganas. Cuando ya no se celebra nada, ni lo pequeño ni lo grande. Y lo más duro es que uno se acostumbra a recibir menos, a esperar menos, a conformarse con migajas emocionales porque “así son las relaciones largas”.
Pero no debería ser así. El amor necesita movimiento, detalles, intención. No regalos caros, sino presencia real. Porque cuando la rutina se vuelve descuido, el corazón empieza a extrañar cosas que todavía podrían existir… si ambos quisieran.