Letras con Sentidos

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Letras con Sentidos En este espacio , las palabras encuentran su forma más clara, hermosa y poderosa . Proceso de trabajo
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En Letras con Sentido creemos en el poder transformador de las palabras. Nos dedicamos a ofrecer servicios de redacción y edición que no solo cumplen con las expectativas, sino que tocan el corazón de quienes las leen. Ya sea para un mensaje formal o personal, trabajamos con pasión, precisión y compromiso, adaptándonos a las necesidades únicas de cada cliente. Visión
Convertirnos en una referencia en servicios de redacción y corrección de textos en español y francés, brindando calidad y confianza a personas y empresas que buscan transmitir sus ideas de manera clara, auténtica y profesional. Nos esforzamos por expandir nuestra presencia en todo Canadá y República Dominicana, celebrando la diversidad lingüística y cultural. Valores
• Compromiso: Entregamos siempre lo mejor, con cada palabra que escribimos.
• Confianza: Trabajamos para que nuestros clientes sientan la seguridad de que su mensaje será escuchado y entendido.
• Diversidad e Inclusión: Valoramos las diferencias culturales, lingüísticas y sociales, adaptando nuestros textos a cada contexto.
• Creatividad: Buscamos siempre una forma única de expresar cada idea, sin perder el toque humano. Consulta inicial: Nos reunimos contigo para entender tus necesidades y objetivos.
2. Redacción o corrección: Creamos o mejoramos el texto, manteniendo tu voz y mensaje.
3. Revisión y entrega: Te presentamos el texto, realizando ajustes hasta que quedes completamente satisfecho.
4. Entrega final: Enviamos el producto terminado en el formato que prefieras (digital o impreso). Tiempos de entrega
Dependiendo de la complejidad del trabajo, los tiempos de entrega pueden variar. Para cartas simples y correcciones rápidas, ofrecemos entregas de 24 a 48 horas. Para proyectos más largos o complejos (como discursos o textos biográficos), el plazo puede ser de entre 3 y 7 días hábiles. Métodos de pago
Aceptamos pagos a través de transferencia bancaria, PayPal o mediante e-transfer, según la preferencia del cliente. Ofrecemos tarifas competitivas y adaptadas a cada tipo de proyecto.

QUISE CAMINAR CONTIGOCarta-poemaAmor:Quise caminar contigo.No porque crea que todo será fácil,ni porque piense que el mu...
10/08/2026

QUISE CAMINAR CONTIGO

Carta-poema

Amor:

Quise caminar contigo.

No porque crea que todo será fácil,
ni porque piense que el mundo
habrá de abrirnos sus puertas.

Quise caminar contigo
porque, aun cuando nuestros caminos
parezcan avanzar en direcciones diferentes,
hay algo dentro de mí
que todavía reconoce tu mirada
como un lugar donde el corazón puede descansar.

No todo está perdido, amor.

Aunque el mundo se empeñe
en dividirnos por las ideas,
por las creencias,
por las palabras que pronunciamos
y por aquellas verdades
que cada uno guarda en lo más profundo de su conciencia,
yo quiero permanecer aquí:

contigo,
y para ti.

Porque nuestro amor
no necesita parecerse al mundo
para ser verdadero.

No quiero que mis convicciones
se conviertan en cadenas para tus pensamientos,
ni que tus diferencias
sean una frontera entre tu corazón y el mío.

Yo no vine a atarte.

Vine, si tú me lo permites,
a caminar a tu lado
con las manos abiertas
y el corazón desnudo.

No vine a imponerte reglas,
ni a levantar muros,
ni a decirte cómo debes vivir.

Vine con buenas intenciones,
con la nobleza imperfecta
de quien también ha aprendido
a través de sus propias heridas
que el mundo puede ser cruel
con quienes se atreven a pensar diferente.

Y por eso quiero estar contigo.

No para salvarte del mundo,
sino para que, cuando el mundo duela,
no tengas que enfrentarlo completamente sola.

Quiero caminar contigo
por este tiempo extraño y vertiginoso
en el que tantas personas
confunden la libertad con el abandono,
la verdad con la conveniencia
y la razón con aquello
que simplemente desean creer.

Pero no quiero luchar contra el mundo
para destruirlo.

Quiero luchar contigo
para demostrarle que todavía existe
una manera distinta de vivir.

Que todavía hay razones para amar.

Razones para permanecer.

Razones para perdonar.

Razones para comenzar de nuevo.

Porque quizá el amor verdadero
no consiste en encontrar a alguien perfecto,
sino en encontrar a alguien
con quien podamos mirarnos sin máscaras
y decir:

«Aquí estoy.
No tengo todas las respuestas,
pero quiero caminar contigo
mientras las buscamos.»

No te prometo un amor de fantasía.

No, amor.

No quiero ofrecerte un amor platónico
que exista solamente en las palabras
y desaparezca cuando llegue la dificultad.

Te prometo algo más sencillo
y, quizás por eso,
mucho más difícil:

un amor verdadero.

Un amor que se cuide.

Un amor que escuche.

Un amor que sepa pedir perdón.

Un amor que comprenda
que dos personas libres
pueden elegirse cada día
sin convertirse jamás
en propiedad una de la otra.

Te prometo sinceridad.

Te prometo responsabilidad.

Te prometo cuidar tu corazón
sin olvidar que también debo cuidar el mío.

Y si algún día la memoria
nos lleva de regreso
a este instante,
quiero que podamos recordar
que alguna vez nos dijimos:

«No estamos aquí por obligación.
Estamos aquí porque quisimos.»

Porque quiero que entiendas algo, amor:

yo no quiero que camines conmigo
porque tengas que hacerlo.

Quiero que lo hagas
solamente si tu corazón
también encuentra una razón.

No es una obligación.

No es una condición.

No es una deuda.

Es una elección.

La elección de ser diferentes
sin tener que despreciarnos por serlo.

La elección de pensar
sin dejar de sentir.

La elección de amar
sin dejar de ser libres.

Porque somos apenas aves de paso
en la inmensidad del tiempo.

Llegamos.

Vivimos.

Amamos.

Nos equivocamos.

Aprendemos.

Y algún día partimos.

Por eso, mientras la vida nos conceda
un poco más de tiempo,
quisiera demostrarte
que todavía vale la pena amar
en un mundo que tantas veces
parece haber olvidado cómo hacerlo.

Pero solo si tú quieres.

Siempre si tú quieres.

Porque tu libertad
también forma parte del amor que te ofrezco.

Y si decides tomar mi mano,
no te prometo un camino sin tormentas.

Te prometo caminar contigo
cuando lleguen.

Te enseñaré, si me lo permites,
a mirar nuevamente las flores
cuando parezca que el jardín de tu corazón
ha perdido sus colores.

Y quizá tú me enseñes a mí
otras formas de mirar el mundo
que todavía no conozco.

Porque amar también es eso:

descubrir que el otro
no vino a completar nuestras carencias,
sino a mostrarnos
lugares de nosotros mismos
que jamás habíamos visitado.

Quiero mostrarte
que el mundo puede ser hermoso
incluso con sus contradicciones,
sus pérdidas,
sus heridas
y sus interminables vicisitudes.

Quiero caminar contigo
sin prometerte que nunca lloraremos,
sino prometiéndote
que, cuando las lágrimas lleguen,
no tendremos que avergonzarnos de ellas.

Y cuando la vida nos pregunte
por qué seguimos creyendo en el amor
cuando tantas cosas parecen perder sentido,
quiero que podamos responderle
con nuestra propia existencia.

No con discursos.

No con promesas vacías.

Sino viviendo.

Amando.

Cuidándonos.

Eligiéndonos.

Porque quizá al final
la verdadera redención
no esté en llegar a un lugar determinado,
sino en haber aprendido a amar
mientras recorríamos el camino.

Y si existe un lugar
más allá del tiempo y del espacio
donde solamente puedan llegar
quienes alguna vez conocieron
la profundidad de un amor verdadero,
entonces quisiera llegar contigo.

Pero escucha bien, amor:

solo si tú quieres.

Porque si algún día decides caminar conmigo,
quiero que sea porque tu corazón
eligió libremente mi compañía.

Y si decides no hacerlo,
también respetaré tu camino.

Porque amar de verdad
no significa retener.

A veces significa
abrir las manos
y dejar que el otro decida.

Yo solamente quería decirte:

quise caminar contigo.

Y todavía quiero.

No para poseerte.

No para cambiarte.

No para convertirte en alguien diferente.

Sino para caminar junto a ti
mientras ambos aprendemos
a ser aquello que todavía
no sabemos que podemos llegar a ser.

Y si la vida nos concede ese privilegio,
si nuestros pasos vuelven a encontrarse
una vez más,

entonces toma mi mano, amor.

No porque tengas que hacerlo.

Sino porque quieras.

Y caminemos.

Sin saber exactamente hacia dónde.

Pero sabiendo algo:

que mientras exista verdad en nuestros corazones,
mientras exista ternura en nuestras manos
y mientras todavía tengamos razones para amar,

no todo estará perdido.

Letras con sentido
Juan Gervacio
08-10-2026

"Este jueves Estocolmo anuncia el Premio Nobel de Literatura. Entre los nombres que suenan hay voces que escriben en nue...
10/07/2026

"Este jueves Estocolmo anuncia el Premio Nobel de Literatura. Entre los nombres que suenan hay voces que escriben en nuestra lengua —César Aira, Cristina Rivera Garza, Enrique Vila-Matas— y eso ya es motivo de fiesta. Que la literatura siga haciendo lo que siempre ha hecho: enseñarnos a mirar a los demás por dentro. ¿A quién se lo darías tú? 📚"

« Ce jeudi, Stockholm annonce le prix Nobel de littérature. Parmi les noms qui circulent, des voix écrivent dans notre langue — César Aira, Cristina Rivera Garza, Enrique Vila-Matas — et c'est déjà une fête. Que la littérature continue de faire ce qu'elle a toujours fait : nous apprendre à regarder les autres de l'intérieur. À qui le donneriez-vous ? 📚 »

10/07/2026
¿POR QUÉ EL HOMBRE MODERNO QUIERE SACAR A CRISTO DE LA VIDA PÚBLICA?Una reflexión de Letras con sentido sobre Dios, la a...
10/06/2026

¿POR QUÉ EL HOMBRE MODERNO QUIERE SACAR A CRISTO DE LA VIDA PÚBLICA?

Una reflexión de Letras con sentido sobre Dios, la autoridad, las leyes y la conciencia humana

Existe una pregunta que merece ser formulada con serenidad, sin consignas políticas y sin prejuicios ideológicos:

¿Por qué una parte del hombre moderno parece querer relegar a Cristo exclusivamente al ámbito privado, como si la fe pudiera ocupar un espacio dentro del templo, pero no dentro de la conciencia, de la cultura, de la educación, de la familia y de la vida pública?

La pregunta no pretende imponer una religión al Estado ni convertir el gobierno en una extensión de la Iglesia. Tampoco pretende que un cristiano confunda su fe con un partido político, con un candidato o con una ideología.

La cuestión es mucho más profunda.

Se trata de preguntarnos si es razonable pedirle al cristiano que, cuando atraviesa las puertas de su casa, de su iglesia o de su lugar de oración, deje también fuera sus convicciones morales.

Porque si Cristo transforma la conciencia del hombre, resulta difícil sostener que esa transformación debe desaparecer cada vez que el creyente entra en la vida social.

CRISTO NO ENSEÑÓ A HUIR DE LA SOCIEDAD

Jesús no llamó a sus discípulos a abandonar el mundo.

Los llamó a vivir en él sin pertenecer moralmente a sus mismas lógicas.

En el Evangelio de Juan encontramos una afirmación profunda:

“No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.”
— Juan 17:16

Pero unas líneas antes Cristo había dicho:

“Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo.”
— Juan 17:18

Aquí encontramos una aparente paradoja que en realidad contiene una de las claves del cristianismo.

El cristiano no debe confundirse con el mundo, pero tampoco debe escapar de él.

Está llamado a vivir dentro de la sociedad, trabajar, formar una familia, educar a sus hijos, cumplir sus responsabilidades, participar en su comunidad y relacionarse con las instituciones humanas.

Por eso, sacar a Cristo completamente de la vida pública no significa simplemente separar Iglesia y Estado.

Significaría algo mucho más profundo: pedirle al ciudadano cristiano que separe su conciencia de sus acciones.

Y eso no es sencillo.

DAR AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR

Cuando intentaron poner a Jesús frente a una trampa política, le preguntaron si era lícito pagar tributo al César.

Cristo respondió:

“Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.”
— Mateo 22:21

Esta respuesta continúa siendo extraordinariamente actual.

Jesús reconoce la existencia de una responsabilidad civil. El cristiano vive dentro de una sociedad organizada, tiene obligaciones ante las autoridades y debe respetar el orden establecido.

Pero Cristo introduce inmediatamente un límite:

César no recibe lo que pertenece a Dios.

El Estado puede tener autoridad civil.

El gobernante puede ejercer una función legítima.

Las leyes pueden ordenar la convivencia.

Pero ninguna autoridad humana puede convertirse en el dueño absoluto de la conciencia.

Hay algo que permanece por encima del poder político:

Dios.

Por eso el cristiano no necesita escoger entre ser ciudadano y ser creyente.

Puede ser ambas cosas.

Puede cumplir las leyes civiles y, al mismo tiempo, vivir bajo la ley moral de Dios.

LA AUTORIDAD NO ES DIOS

Pablo escribe en Romanos 13 que las autoridades deben ser respetadas y que la autoridad tiene un lugar dentro del orden social.

Esto no significa que cada gobernante sea moralmente perfecto ni que todo acto realizado por una autoridad sea automáticamente justo.

La Biblia nunca presenta al poder humano como infalible.

Por el contrario, encontramos gobernantes injustos, reyes soberbios, autoridades corruptas y hombres que utilizaron el poder contra la verdad.

El principio cristiano es más profundo:

se respeta la autoridad sin convertirla en objeto de adoración.

El cristiano puede respetar al presidente que gobierna.

Puede respetar al rey.

Puede respetar al juez.

Puede respetar las instituciones.

Puede cumplir las leyes.

Pero su conciencia no pertenece al presidente, al rey, al juez ni al Estado.

Su conciencia pertenece a Dios.

Por eso, cuando las autoridades humanas intentaron impedir que los apóstoles anunciaran aquello que consideraban verdadero, Pedro y los demás respondieron:

“Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.”
— Hechos 5:29

Aquí aparece el límite.

El cristianismo no predica anarquía.

Pero tampoco predica obediencia ciega.

LA LEY DE DIOS RESUMIDA EN EL AMOR

¿Y cuál es esa ley que ocupa el primer lugar?

Cristo la resumió con una claridad extraordinaria.

Ante la pregunta sobre cuál era el gran mandamiento, respondió:

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.”

Y añadió:

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”
— Mateo 22:37-39

Aquí encontramos el centro de nuestra reflexión.

El cristianismo no comienza con una bandera política.

No comienza con un partido.

No comienza con una ideología.

No comienza con una elección.

Comienza con Dios y continúa con el amor al prójimo.

Por eso, un cristiano que entra en la vida pública debería llevar consigo esos principios.

La política no debería convertirse en una excusa para odiar.

La diferencia ideológica no debería convertirse en desprecio.

La crítica política no debería convertirse en difamación.

Y el desacuerdo con un gobernante no debería convertir al cristiano en un hombre incapaz de reconocer la dignidad humana de quien piensa diferente.

ORAR POR QUIENES GOBIERNAN

Existe otro mandato bíblico que resulta especialmente importante.

Pablo escribe:

“Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia.”
— 1 Timoteo 2:1-2

Observemos la profundidad de estas palabras.

Pablo no dice que debemos orar solamente por el gobernante que nos gusta.

No dice que debemos orar únicamente por el gobernante de nuestra preferencia política.

Dice:

“por los reyes y por todos los que están en eminencia.”

Esto cambia completamente la actitud cristiana frente al poder.

Cuando un gobierno toma decisiones que el cristiano considera equivocadas, la respuesta cristiana no tiene que ser necesariamente el odio, la injuria o la maldición.

Puede ser la oración.

“Señor, concede sabiduría a quienes gobiernan.”

“Señor, dales discernimiento.”

“Señor, haz que gobiernen con justicia.”

“Señor, protege a nuestro pueblo y permite que quienes tienen autoridad actúen buscando el bien común.”

Esa oración no significa aprobar todas las decisiones del gobernante.

Significa reconocer que incluso quien gobierna necesita sabiduría, prudencia y misericordia.

JUAN EL BAUTISTA NOS ENSEÑA QUE RESPETAR NO SIGNIFICA CALLAR ANTE EL PECADO

Pero aquí debemos evitar otro extremo.

El cristianismo tampoco enseña que respetar a una autoridad significa guardar silencio ante toda injusticia.

Juan el Bautista confrontó a Herodes por su conducta y le dijo:

“No te es lícito tenerla.”
— Mateo 14:4

Juan no convirtió su mensaje en una campaña partidista.

No buscó conquistar el poder.

No pretendió sustituir a Herodes.

Simplemente defendió un principio moral.

Esta distinción es fundamental:

el cristiano puede respetar la autoridad y, al mismo tiempo, defender la verdad.

Puede obedecer las leyes sin renunciar a sus convicciones.

Puede respetar al gobernante sin justificar aquello que considera moralmente incorrecto.

Puede disentir sin odiar.

Puede corregir sin injuriar.

Puede denunciar una injusticia sin deshumanizar al adversario.

Ese equilibrio es difícil, pero precisamente por eso tiene valor.

¿POR QUÉ ENTONCES SACAR A CRISTO DE LA VIDA PÚBLICA?

Aquí llegamos al corazón de nuestra pregunta.

El hombre moderno ha construido sociedades profundamente secularizadas. En muchas de ellas existe una preocupación legítima: que ninguna religión utilice el poder político para imponer coercitivamente sus creencias a quienes no las comparten.

Esa preocupación merece ser tomada en serio.

El cristianismo tampoco debería convertirse en una herramienta de dominación política.

Pero una cosa es impedir que el Estado imponga una religión y otra muy diferente es pedirle al ciudadano creyente que abandone sus principios religiosos cuando participa en la sociedad.

La neutralidad del Estado no debería convertirse en la prohibición de la conciencia religiosa del ciudadano.

Un cristiano no deja de ser cristiano cuando vota.

No deja de ser cristiano cuando educa a sus hijos.

No deja de ser cristiano cuando participa en una comunidad.

No deja de ser cristiano cuando trabaja dentro de una institución.

No deja de ser cristiano cuando expresa una opinión sobre aquello que considera justo o injusto.

Su fe forma parte de quién es.

Y si la libertad permite que un ciudadano actúe conforme a sus convicciones mientras respeta los derechos de los demás, entonces también debe existir espacio para el ciudadano cristiano.

CRISTO NO NECESITA UN PARTIDO POLÍTICO

Aquí debemos ser todavía más cuidadosos.

Cristo no pertenece a ningún partido.

El Evangelio no puede reducirse a una plataforma electoral.

Ningún presidente es Cristo.

Ningún partido representa perfectamente el Evangelio.

Ninguna ideología posee el monopolio de la verdad.

Y ningún cristiano debería entregar su conciencia completamente a una organización política.

Porque cuando un hombre coloca una ideología por encima de Dios, puede terminar defendiendo aquello que jamás defendería si lo examinara desde su conciencia.

La política cambia.

Los gobiernos cambian.

Los presidentes cambian.

Los partidos nacen y desaparecen.

Pero la conciencia humana continúa teniendo que responder ante Dios.

Por eso el cristiano debe participar en la sociedad con discernimiento, no con idolatría.

LA POLÍTICA NO PUEDE OCUPAR EL ALTAR

Tal vez aquí encontremos una de las grandes enfermedades de nuestro tiempo.

Hemos visto personas convertir la política en una especie de religión secular.

Hay líderes que son tratados como salvadores.

Hay partidos que se convierten en identidades absolutas.

Hay adversarios políticos transformados en enemigos personales.

Hay ciudadanos capaces de romper amistades, familias y comunidades por una disputa electoral.

Y entonces debemos preguntarnos:

¿Qué ha ocurrido con el mandamiento de amar al prójimo?

El cristiano tiene derecho a tener preferencias políticas.

Tiene derecho a votar.

Tiene derecho a participar.

Tiene derecho a defender principios.

Pero debe recordar siempre que ningún resultado electoral puede convertirse en su salvación.

La salvación cristiana no viene de las urnas.

No viene de un presidente.

No viene de un parlamento.

No viene de una ideología.

Viene de Dios.

UN CRISTIANO EN LA VIDA PÚBLICA

Quizás el verdadero problema no sea que Cristo esté demasiado presente en la política.

Quizás el problema sea que muchos hombres han permitido que la política ocupe el lugar que debería pertenecer a Dios.

El cristiano está llamado a participar en la sociedad, pero llevando consigo una conciencia formada por principios.

Debe respetar las instituciones.

Debe cumplir las leyes.

Debe pagar aquello que corresponde.

Debe tratar con dignidad a sus semejantes.

Debe orar por quienes gobiernan.

Debe defender la verdad.

Debe rechazar la corrupción.

Debe practicar la justicia.

Debe amar incluso cuando discrepa.

Y cuando una autoridad humana le exija algo contrario a Dios, debe recordar las palabras de los apóstoles:

“Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.”

Ese es el equilibrio.

Ni anarquía.

Ni idolatría política.

Ni odio al gobernante.

Ni adoración del gobernante.

Dios primero.

Después, el deber.

Después, el servicio.

Y siempre, el amor al prójimo.

VOLVER A PONER CADA COSA EN SU LUGAR

Quizás el hombre moderno no necesite sacar a Cristo de la vida pública.

Quizás necesite comprender nuevamente qué significa llevar a Cristo a la vida pública.

No significa imponer.

No significa perseguir.

No significa convertir el Estado en una iglesia.

No significa obligar a todos a creer.

Significa permitir que el ciudadano cristiano pueda vivir de acuerdo con su conciencia, participar responsablemente en la sociedad y aportar a ella los valores que considera verdaderos.

Significa recordar que una sociedad también necesita preguntas morales.

¿Qué es el bien?

¿Qué es la justicia?

¿Qué es la dignidad humana?

¿Qué responsabilidad tenemos frente al pobre?

¿Qué responsabilidad tenemos frente al débil?

¿Qué significa perdonar?

¿Qué significa amar al enemigo?

¿Qué significa gobernar con justicia?

¿Qué significa utilizar el poder sin corromperse?

Estas preguntas no desaparecen porque una sociedad se vuelva secular.

Al contrario.

Continúan siendo preguntas humanas.

Y mientras exista el hombre, seguirá siendo necesario preguntarnos qué debemos hacer con nuestra libertad, con nuestro poder y con nuestra conciencia.

Por eso, desde Letras con sentido, podemos decirlo con serenidad:

El cristiano no está llamado a abandonar la sociedad. Está llamado a transformarla comenzando por sí mismo.

No está llamado a odiar al gobernante.

Está llamado a orar por él.

No está llamado a adorar al poder.

Está llamado a recordar que todo poder humano es limitado.

No está llamado a desobedecer las leyes por capricho.

Está llamado a cumplirlas mientras no contradigan la ley de Dios.

No está llamado a convertir la política en su religión.

Está llamado a mantener a Dios por encima de toda ideología.

Y, sobre todas las cosas, está llamado a cumplir aquello que Cristo colocó por encima de todo:

amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a sí mismo.

Porque quizá el mundo no necesite menos cristianos en la vida pública.

Quizá necesite cristianos que recuerden verdaderamente qué significa ser cristiano cuando llegan a la vida pública.

Dios primero.
La conciencia despierta.
La ley respetada.
La autoridad reconocida.
La verdad defendida.
El prójimo amado.

Y por encima de cualquier gobierno, cualquier partido, cualquier presidente, cualquier rey y cualquier época:

DIOS.

Letras con sentido · Juan Gervacio

PENDANT QUE NOUS CROYIONS VIVRELa vie est un tumulte de choses qui s’empilent les unes sur les autres et qui, peu à peu,...
09/27/2026

PENDANT QUE NOUS CROYIONS VIVRE

La vie est un tumulte de choses qui s’empilent les unes sur les autres et qui, peu à peu, s’accumulent dans notre esprit, dans notre corps et dans notre âme. Nous entassons les pensées, les obligations, les inquiétudes, les désirs et les rêves, et, au milieu de tout ce tumulte, nous cessons souvent de regarder la réalité qui se trouve pourtant devant nous.

Nous naissons pour un jour cesser d’exister. C’est peut-être la seule certitude qui nous accompagne dès l’instant où nous commençons à respirer. Mais nous naissons aussi avec une raison d’être. Et même si cette raison d’être existe peut-être avant que nous en comprenions le sens, c’est à nous, pas à pas, de lui donner une signification, tandis que nous élevons de nos propres mains les fondations de ce que nous voulons devenir.

Nous avançons dans la vie en construisant.

Nous construisons une maison, une profession, une famille, un nom, une histoire. Nous travaillons pour atteindre des objectifs qui semblent parfois toujours un peu plus loin. Et, au terme de chaque journée, nous ne désirons souvent que des choses simples : un lit où déposer notre corps et notre tête, un peu de nourriture pour retrouver nos forces, puis suffisamment de courage pour nous relever au matin et continuer.

Continuer à travailler.

Continuer à lutter.

Continuer à construire.

Et, tout au long de ce chemin, peut-être espérons-nous rencontrer ce que nous appelons l’amour : un autre être humain qui choisira de marcher à nos côtés, une femme qui ne partagera pas seulement nos journées, mais qui voudra également contribuer à bâtir avec nous les projets de la vie ; quelqu’un avec qui nous pourrons porter les fardeaux, multiplier les joies et regarder dans la même direction.

Mais le chemin est aussi rempli de pièges.

À un certain moment apparaissent des désirs que nous n’avions jamais imaginés. La vanité commence à nous murmurer que nous avons besoin de davantage. La cupidité nous persuade que rien n’est jamais suffisant. La luxure confond le désir avec le bonheur. L’orgueil nous fait croire que nous sommes supérieurs.

Et peu à peu, ce qui n’était au départ qu’une simple aspiration devient un besoin qui finit par nous gouverner.

Alors nous oublions.

Nous oublions d’où nous venons.

Nous oublions qui nous sommes.

Et parfois, nous oublions Dieu.

Car il existe en nous une étrange tendance à vouloir occuper le centre de toute chose. Nous savons pourtant qu’il existe quelque chose d’infiniment plus grand que notre petite existence ; quelque chose qui demeure au cœur du mystère de l’univers, de la terre, de la vie et de tout ce que nous ne sommes pas encore capables de comprendre.

Nous l’appelons Dieu.

Il nous offre des vertus que l’argent ne peut acheter : la foi pour continuer lorsque nous ne voyons plus le chemin, l’espérance pour nous relever lorsque tout semble perdu, et la sagesse pour comprendre que nous ne sommes pas les propriétaires de ce que nous possédons, mais seulement les dépositaires temporaires de ce qu’un jour nous devrons abandonner.

Pourtant, lorsque l’ambition s’installe dans notre cœur, nous commençons à agir comme si nous étions éternels.

Nous voulons tout avoir.

Nous voulons tout savoir.

Nous voulons tout contrôler.

Nous voulons devenir le centre et le maître d’un univers qui ne nous a jamais appartenu.

Et alors la vie arrive, silencieuse mais implacable, pour nous enseigner ce que notre orgueil refusait de comprendre.

Elle nous apprend que nous ne sommes que des pèlerins.

Que nous traversons cette terre pour un bref instant.

Que tout ce que nous élevons avec tant d’efforts finira un jour derrière nous.

La maison restera.

L’argent restera.

Le travail restera.

Les titres resteront.

Les biens resteront.

Même notre nom, avec le temps, pourra commencer à disparaître de la mémoire de ceux qui nous ont connus.

Et nous partirons.

Alors nous comprendrons une vérité que nous aurions peut-être dû saisir beaucoup plus tôt :

nous ne possédons pas la vie ; nous ne faisons que la traverser.

Nous sommes le temps.

Nous sommes l’espace.

Nous sommes la matière qui se transforme.

Nous sommes une énergie qui traverse un instant unique et irréversible de l’existence.

Et pourtant, pendant ce bref passage, nous en venons à croire que nous sommes quelque chose de permanent.

Peut-être que notre plus grande illusion consiste précisément à croire que nous avons le temps.

C’est pourquoi nous accumulons les choses tandis que nous laissons les instants nous échapper. Nous travaillons pour vivre, mais nous finissons souvent par vivre uniquement pour travailler. Nous construisons un avenir qui n’arrive jamais, tandis que le présent s’échappe silencieusement entre nos doigts.

Et peut-être qu’au moment de partir, lorsque nous ne pourrons plus rien emporter avec nous, nous découvrirons une vérité douloureuse :

nous avons fait beaucoup de choses, mais nous n’avons pas toujours vécu.

Nous avons passé des années à poursuivre ce dont nous pensions avoir besoin et nous avons cessé de regarder ce que nous avions déjà.

Nous avons eu des personnes qui nous aimaient et nous n’avons pas toujours su les aimer.

Nous avons eu du temps et nous l’avons gaspillé.

Nous avons eu la santé et nous ne l’avons pas toujours appréciée.

Nous avons eu des occasions et nous les avons laissées passer.

Nous avons connu des matins que nous n’avons jamais contemplés parce que nous étions trop occupés à construire demain.

Et un jour, lorsqu’il n’y aura plus de lendemain, nous comprendrons que la vie n’attendait jamais au bout du chemin.

La vie était le chemin.

C’est pourquoi nous ne sommes pas venus au monde uniquement pour posséder, accumuler ou conquérir. Nous sommes aussi venus pour laisser une empreinte.

Nous traversons ce monde comme quelqu’un qui écrit sur le sable : chaque geste, chaque parole, chaque acte d’amour ou de cruauté laisse une trace, même si le temps finit par l’effacer.

Notre véritable héritage ne réside pas seulement dans ce que nous avons construit de nos mains, mais dans ce que nous avons construit à l’intérieur des autres êtres humains.

Le bien que nous avons accompli.

L’amour que nous avons donné.

La personne que nous avons aidée à se relever.

La parole que nous avons prononcée lorsque quelqu’un avait besoin d’espérance.

Le pardon que nous avons accordé.

La main que nous avons tendue.

La vie que nous avons transformée, ne serait-ce que pour un instant.

Peut-être est-ce là notre véritable manière d’être immortels.

Car nous ne sommes pas éternels parce que nous demeurons physiquement dans ce monde, mais parce qu’une part de nous continue de vivre dans ceux que nous avons touchés.

Au bout du compte, nous ne sommes peut-être rien de tout ce que nous avons cru être.

Et, en même temps, nous pouvons devenir beaucoup plus que nous ne l’avions imaginé.

Car notre existence ne se mesure pas seulement à ce que nous avons possédé, mais à ce que nous avons fait du peu de temps qui nous a été accordé.

La mort ne met pas seulement fin à notre histoire.

Elle révèle aussi le sens de la vie.

Et peut-être qu’au dernier instant, lorsque nous ne pourrons plus rien emporter avec nous, nous comprendrons que la véritable question n’a jamais été de savoir combien nous avons obtenu, combien nous avons accumulé ou combien nous avons conquis.

La véritable question sera tout autre :

Combien avons-nous vécu pendant que nous croyions être en train de construire notre vie ?

Et peut-être comprendrons-nous alors que vivre, ce n’était pas arriver quelque part.

C’était apprendre à marcher.

C’était aimer.

C’était tomber et se relever.

C’était croire.

C’était pardonner.

C’était contempler.

C’était remercier.

C’était partager le pain et le silence.

C’était regarder dans les yeux celui ou celle qui avait choisi de marcher à nos côtés.

C’était comprendre que Dieu ne nous avait pas accordé une éternité sur cette terre, mais un instant sacré au cœur de celle-ci.

Car, au fond, nous sommes tous des pèlerins.

Nous laissons tous quelque chose derrière nous.

Nous partirons tous un jour.

Mais tant que nous marchons encore, tant que nous respirons encore, tant qu’un nouveau matin se lève devant nous, nous avons encore la possibilité de faire de notre brève existence quelque chose qui ait un sens.

Car nous ne pouvons peut-être pas décider de la durée de notre vie, mais nous pouvons décider du sens que nous lui donnerons tant qu’elle durera.

Letras con sentido
Juan Gervacio
26 sept 2026

MIENTRAS CREÍAMOS QUE VIVÍAMOSLa vida es un tumulto de cosas sobre cosas que se van acumulando lentamente en nuestra men...
09/27/2026

MIENTRAS CREÍAMOS QUE VIVÍAMOS

La vida es un tumulto de cosas sobre cosas que se van acumulando lentamente en nuestra mente, en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu. Construimos pensamientos, obligaciones, deseos, preocupaciones y sueños, y entre tanto ruido muchas veces dejamos de mirar la realidad que tenemos delante.

Nacemos para dejar de existir algún día. Esa es, quizá, la única certeza que nos acompaña desde el instante mismo en que comenzamos a respirar. Pero también nacemos con un propósito. Y aunque ese propósito pueda existir antes de que comprendamos su significado, somos nosotros quienes, paso a paso, vamos dándole sentido mientras levantamos, con nuestras propias manos, los cimientos de aquello que queremos llegar a ser.

Caminamos por la vida construyendo.

Construimos una casa, una profesión, una familia, un nombre, una historia. Trabajamos para alcanzar objetivos que muchas veces parecen estar siempre un poco más lejos. Y, al final de cada jornada, solo deseamos algo aparentemente sencillo: una cama donde descansar el cuerpo y la cabeza, un poco de alimento para recuperar las fuerzas y el amanecer suficiente para levantarnos nuevamente y continuar.

Continuar trabajando.

Continuar luchando.

Continuar construyendo.

Y mientras avanzamos por ese camino, quizá esperamos encontrar aquello que llamamos amor: otro ser humano que decida caminar a nuestro lado, una mujer que no solamente comparta nuestros días, sino que también quiera ayudarnos a levantar los proyectos de la vida; alguien con quien podamos dividir las cargas, multiplicar las alegrías y mirar hacia el mismo horizonte.

Pero el camino también tiene sus trampas.

En algún momento aparecen deseos que jamás habíamos imaginado. La vanidad comienza a susurrarnos que necesitamos más. La codicia nos convence de que nunca es suficiente. La lujuria confunde el deseo con la felicidad. El orgullo nos hace creer superiores. Y poco a poco, aquello que parecía ser una simple aspiración comienza a convertirse en una necesidad que termina gobernándonos.

Entonces olvidamos.

Olvidamos de dónde venimos.

Olvidamos quiénes somos.

Y, algunas veces, olvidamos a Dios.

Porque existe en nosotros una extraña tendencia a querer ocupar el centro de todo. Sabemos que existe algo infinitamente más grande que nuestra pequeña existencia; algo que sostiene el misterio del universo, de la tierra, de la vida y de aquello que todavía no comprendemos. Lo llamamos Dios.

Él nos entrega virtudes que no compramos con dinero: la fe para continuar cuando no vemos el camino, la esperanza para levantarnos cuando todo parece perdido y la sabiduría para comprender que no somos dueños de cuanto poseemos, sino apenas administradores temporales de aquello que un día tendremos que dejar.

Sin embargo, cuando la ambición entra en el corazón, comenzamos a comportarnos como si fuéramos eternos.

Queremos tenerlo todo.

Queremos saberlo todo.

Queremos controlarlo todo.

Queremos ser el centro y el amo de un universo que nunca nos perteneció.

Y entonces llega la vida, silenciosa pero implacable, para enseñarnos aquello que nuestro orgullo se negó a comprender.

Nos enseña que solamente somos peregrinos.

Que pasamos por esta tierra durante un instante.

Que todo aquello que levantamos con tanto esfuerzo algún día quedará detrás de nosotros.

La casa quedará.

El dinero quedará.

El trabajo quedará.

Los títulos quedarán.

Las propiedades quedarán.

Incluso nuestro nombre, con el tiempo, puede comenzar a desaparecer de la memoria de quienes nos conocieron.

Y nosotros partiremos.

Entonces comprendemos una verdad que quizá debimos entender mucho antes: no poseemos la vida; solamente la atravesamos.

Somos tiempo.

Somos espacio.

Somos materia transformándose.

Somos energía pasando por un instante irrepetible de la existencia.

Y, sin embargo, durante ese breve instante llegamos a creer que somos algo permanente.

Tal vez nuestra mayor ilusión consiste precisamente en pensar que tenemos tiempo.

Por eso acumulamos cosas mientras dejamos escapar momentos. Trabajamos para vivir, pero muchas veces terminamos viviendo únicamente para trabajar. Construimos un futuro que nunca llega, mientras el presente se nos escapa silenciosamente entre las manos.

Y quizá, cuando finalmente llega la hora de partir, descubrimos algo doloroso:

hicimos muchas cosas, pero no siempre vivimos.

Pasamos años persiguiendo lo que creíamos necesitar y dejamos de mirar aquello que ya teníamos.

Tuvimos personas que nos amaron y no siempre supimos amarlas.

Tuvimos tiempo y lo desperdiciamos.

Tuvimos salud y no la valoramos.

Tuvimos oportunidades y las dejamos pasar.

Tuvimos amaneceres que nunca contemplamos porque estábamos demasiado ocupados construyendo el mañana.

Y un día, cuando ya no existe mañana, comprendemos que la vida nunca estuvo esperando al final del camino.

La vida era el camino.

Por eso no venimos al mundo únicamente para poseer, acumular o conquistar. Venimos también para dejar una huella.

Atravesamos este mundo como quien escribe sobre la arena: cada gesto, cada palabra, cada acto de amor o de crueldad deja una marca, aunque el tiempo termine borrándola.

Nuestro verdadero legado no está solamente en aquello que construimos con nuestras manos, sino en aquello que construimos dentro de otros seres humanos.

El bien que hicimos.

El amor que entregamos.

La persona que ayudamos a levantarse.

La palabra que pronunciamos cuando alguien necesitaba esperanza.

El perdón que concedimos.

La mano que extendimos.

La vida que transformamos, aunque haya sido solamente por un instante.

Quizá esa sea nuestra verdadera forma de inmortalidad.

Porque no somos eternos por permanecer físicamente, sino por aquello de nosotros que continúa viviendo en los demás.

Al final, quizás no somos nada de aquello que creímos ser.

Y, al mismo tiempo, podemos llegar a ser mucho más de lo que imaginamos.

Porque nuestra existencia no se mide únicamente por cuánto tuvimos, sino por qué hicimos con el breve tiempo que nos fue concedido.

La muerte no solamente pone fin a nuestra historia.

También revela el significado de la vida.

Y quizá, cuando llegue ese último instante, cuando ya no podamos llevarnos absolutamente nada, comprenderemos que la pregunta nunca fue cuánto conseguimos, cuánto acumulamos o cuánto conquistamos.

La verdadera pregunta será otra:

¿Cuánto vivimos mientras creíamos que estábamos construyendo nuestra vida?

Y entonces quizá comprendamos que vivir no era llegar a ninguna parte.

Era aprender a caminar.

Era amar.

Era caer y levantarse.

Era creer.

Era perdonar.

Era contemplar.

Era agradecer.

Era compartir el pan y el silencio.

Era mirar a los ojos de quien caminó junto a nosotros.

Era comprender que Dios nos concedió no una eternidad en la tierra, sino un instante sagrado dentro de ella.

Porque al final, todos somos peregrinos.

Todos dejamos algo atrás.

Todos nos marchamos.

Pero mientras todavía caminamos, mientras todavía respiramos, mientras todavía existe un nuevo amanecer delante de nosotros, aún tenemos la posibilidad de hacer de nuestra breve existencia algo que tenga sentido.

Porque quizá no podamos decidir cuánto durará nuestra vida, pero sí podemos decidir qué significado tendrá mientras dure.

Letras con sentido
Juan Gervacio
26 de septiembre 2026

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