06/09/2025
CENIZAS
Y nos fundimos en un abrazo. Yo sabía quién era él y él sabía quién era yo. Pero no nos importó nada. Su fuego quemó mi piel, mis entrañas, mi sangre, mi ser. Fui suya, suya sin medida, hasta que el calor me consumió y me volví cenizas.
—¡No puede ser, Silvia! ¿Otra vez con esa pesadilla? ¡Ya está bien, no quiero saber nada más de ese ma***to sueño!
Mientras en mis pensamientos le daba la razón, no dudé en gritarle:
—¡Eres una estúpida! ¡Jamás te volveré a contar nada! Solo cuando encuentres mis cenizas dirás que no era un ma***to sueño… y ya será demasiado tarde.
Entré en la habitación y cerré la puerta con fuerza. No supe más de mí hasta que sentí gruesas lágrimas resbalando por mi rostro. Mis pensamientos eran un remolino de voces, ideas y angustia que ya no me permitían sostener el dolor. Me quedé sumida en mi mente.
Al poco, la puerta sonó suavemente. Era Tara, con una rebanada de pastel en una mano y una toalla blanca agitándose en la otra, en señal de paz. No tuve más opción que reír. Desde que nuestros padres murieron, ella y yo habíamos luchado juntas para salir adelante. La abracé, agradecida, mientras me secaba las lágrimas.
—Silvia, mi querida Silvia, mi pequeña… Sabes que siempre estaré para ti, ¿verdad? Puedes contar conmigo para todo.
Asentí mientras comía un pedazo de pastel. La abracé con tanta fuerza que el trozo quedó aplastado entre nosotras, y reímos a carcajadas antes de tumbarnos en la cama. Luego me levanté para cambiarme el pijama, hecho un desastre. Fue entonces que escuché su grito:
—¡¿Silvia, qué te ha sucedido?! ¡¿Por qué tienes esas quemaduras en la espalda?! Vamos, vístete. Iremos al médico.
Salió de la habitación como un rayo. Me miré al espejo… Lo que vi fue aterrador. Caí al suelo y perdí el conocimiento.
Desperté conectada a cables y mangueras que producían un sonido horrible con cada respiración. Intenté moverme y vi mi cuerpo desnudo, débil, vulnerable. Todo giraba. A mi lado, Tara dormía en una silla, sosteniéndome la mano. Haciendo un esfuerzo, logré gesticular su nombre:
—Tara…
Despertó sobresaltada, me abrazó y gritó:
—¡Hermanita, hermanita! ¡Despertaste!
Corrió por el pasillo y regresó con un médico joven, apuesto, de sonrisa cálida. Mientras revisaba mis ojos, dijo:
—Hola, niña. ¿Cómo estás? Eres un pequeño milagro… jamás vi a alguien con quemaduras tan graves sobrevivir.
Su contacto cálido provocó un calor ascendente en mi cuerpo que me hizo estallar la cabeza de dolor. Vi cómo él y Tara retrocedían al tiempo que mi piel comenzaba a ampollarse. No sé en qué momento presionó el botón de emergencias, pero pronto una docena de personas rodeaban mi cama. Escuché a lo lejos los gritos de Tara antes de perder nuevamente la conciencia.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que volví a despertar. Esta vez, no era Tara quien me acompañaba, sino Paty, la hermana de mi madre. La única familia que nos quedaba.
Al sentir mi movimiento, Paty llamó al médico, quien ingresó en silencio y me indicó que no hablara ni me moviera. Pero mientras me revisaba, mi mente regresó al último día en que vi con vida a mis padres.
Eran comerciantes, siempre de viaje. Aquel día transcurría como cualquier otro cuando una llamada inquietó a mi padre. Se despidieron con prisa. La tía Paty nos propuso una tarde de chicas. Nos arreglamos, salimos, reímos. Pero al volver a casa, una patrulla frente a la puerta lo cambió todo.
Paty habló con el oficial y cayó de rodillas, gritando. Tara se acercó a mí en el coche y, con lágrimas en los ojos, me dijo:
—Silvia, mi pequeña Silvia… Nos hemos quedado solas en este mundo.
Así fue. Mis padres murieron en un accidente ese mismo día. Desde entonces, Paty se encargó de nosotras. Tara creció, maduró y siguió sus estudios. Yo… comencé una carrera diferente: la carrera por destruir mi vida.
Me junté con los peores del instituto. Pronto fui una más entre los “Perdidos”, como los llamaban los maestros. Vicios, dr**as, rebeldía. Paty y Tara se rindieron conmigo. Era un fantasma en casa, solo pedía dinero para alimentar mi vacío.
Una noche desperté sin saber cómo había llegado a casa. Vomité sangre. Un conductor me dejó en una calle peligrosa. Me escondí en un callejón, deseando que el dolor pasara. Entre la basura, escuché una voz masculina, seductora, que me tocó el rostro. Entre susurros, me dijo:
—Solo di mi nombre y te llevaré al éxtasis más profundo.
Desperté al día siguiente, más lúcida. Al llegar a casa, escuché murmullos. Espié desde la escalera: Tara estaba con un muchacho hermoso, entregados a la pasión. Algo se activó en mí. El deseo, el morbo. Me toqué mientras los miraba. Pero él… me vio. Me miró de forma extraña. Huí a mi habitación.
Me miré al espejo. Mi aspecto era deplorable. En la ducha noté una medalla colgando de mi cuello. Al intentar quitármela, comenzó a quemarme. En ella estaba grabado:
“Soy Dazhul, Señor del Deseo. Satisfaré uno a uno tus placeres y te llevaré al mundo de la lujuria.”
Reí. Y en tono de burla dije:
—Por favor, Dazhul… ven, amo… satisface mi cuerpo.
Al instante, las luces explotaron. La ventana se rompió. Algo cayó sobre mí y me inmovilizó. Su fuego me consumió… y me volví cenizas.
Cuando desperté, Paty y Tara discutían conmigo, furiosas por el estado de mi habitación. Pero lo peor fue cuando Paty dijo:
—Tara estaba de viaje. Acaba de llegar. ¿Qué te pasa? ¿Estás drogada?
Mi mente se fragmentaba. Recordé su nombre: Dazhul. Y solo con pensarlo, un viento huracanado inundó mi habitación. Me poseyó otra vez. Esta vez no fue placer: fue dolor. Fuego y gritos. Ampollas y pus reventando en mi cuerpo. Me desmayé.
Volví en la habitación del hospital. El médico me habló con seriedad:
—No sabemos contra qué estamos luchando. Si tú sabes algo… por favor, dínoslo.
Pedí lápiz y papel. Escribí todo. El horror en los rostros de Tara y Paty fue indescriptible. Había sido yo… yo traje al demonio a casa.
Paty, decidida, contactó a una vieja amiga. Días después, un shaman llegó desde la selva. Prepararon una ceremonia especial con permiso de la clínica. El día señalado, el médico —aunque escéptico— se persignó.
El shaman lo invocó. Dazhul vino. Fétido, violento, reclamó lo suyo.
—¡Ella me llamó! ¡Me pertenece!
Y fue entonces que hablé:
—Sí, te invoqué. Fui débil, inmadura, resentida. Me usaste. Pero hoy sé que tengo a Paty y a Tara. Ellas me aman, y yo quiero vivir. ¡Te ordeno, en nombre de Dios, que te vayas!
Una niebla espesa envolvió la habitación. Todo volaba. El shaman oraba sin cesar. Finalmente, la calma llegó. Estaba limpia. Sana.
Hoy agradezco a Dios por la segunda oportunidad que me dio. Retomé mis estudios, dejé los vicios. Entendí que jugar con lo desconocido es peligroso. Lo que para ti puede ser una broma… para “alguien más” puede ser una invitación.
Derechos de autor: Luciafer Cdva.