18/03/2026
Cuidado devocional: ¿Evolución o involución?
Ayer me apareció un recuerdo de una comparativa fotográfica que hice hace 7 años sobre el legado de los Ganuza en Centroamérica. Para ese entonces, recién conocía al Nazareno de la Iglesia La Dolorosa en San José, Costa Rica, y lo comparaba con Jesús del Consuelo en Guatemala y con el Consagrado Jesús de las Once en El Salvador.
Movido por esa memoria, decidí actualizar las fotografías para ver la evolución —o involución— en el cuidado que las hermandades han dado a estas imágenes. Mi sorpresa, o más bien mi pesar, fue encontrar a Jesús de las Once en un evidente descuido: una cabellera sin tratamiento ni intención estética, cayendo sobre el rostro; túnicas desproporcionadas que desfiguran la silueta original de la imagen y ocultan su riqueza barroca. Todo transmite una sensación de improvisación, como si se operara bajo la lógica del “mínimo esfuerzo” o simplemente “por salir del paso”.
Y aquí es donde cabe una reflexión más profunda: la consagración no es un acto aislado, es un pacto espiritual que exige coherencia en el tiempo. Cuando el cuidado se diluye, también lo hace la dignidad de aquello que un día se proclamó como histórico y sagrado.
Sé que algunos podrían decir que hablo desde afuera o invitarme a ser parte del cambio. ¡Y es válido! Pero también es justo decir que ya tuve mis intentos concretos. En 2015, por ejemplo, doné un traje brocado para Jesús de las Once, pensado para respetar su proporción: ajustando la cintura, permitiendo ver la peana y los pies del Señor, cuidando la caída de la (misma) cabellera para no invadir su rostro. Sin embargo, poco tiempo después, todo fue deshecho: el cabello volvió a cubrir la cara, la túnica fue extendida sin criterio para ocultar la peana… señales claras de una falta de dirección estética y de conocimiento en el arte de vestir imágenes devocionales.
Esto no es una crítica desde el juicio, sino desde el amor y la preocupación. Pero también lleva a una conclusión honesta: es difícil seguir aportando cuando no hay apertura a un cambio de fondo.
Como izalqueño, no puedo evitar preguntarme: ¿qué pensarían los hermanos Ganuza, quienes concibieron esta imagen con un lenguaje estético claro, al verla hoy reinterpretada de esta manera? ¿Qué sentiría la Familia Barrientos, guardiana de esta imagen y mecenas de la devoción pasionaria en el pueblo? Las fotografías antiguas son contundentes: sí hubo un tiempo en que Jesús de las Once fue presentado con dignidad, coherencia y verdadero esmero.
Por eso, más que quedarnos en la crítica, propongo avanzar. Dejemos atrás frases como “siempre se ha hecho así” o “esa es su iconografía”, porque la misma historia demuestra lo contrario. Apostemos por profesionalizar este ámbito, como ya sucede en contextos como España y Guatemala:
• Crear formalmente una priostía encargada del resguardo y correcta disposición de los enseres
• Apoyarse en personas con conocimiento en arte sacro y estética devocional
• Oficializar la figura del camarero, garante del buen vestir de Jesús
• Darle mayor presencia a la imagen durante el año: abrir su capilla, integrarlo en la vida litúrgica más allá de la Semana Santa, permitir que su devoción sea continua y no estacional.
Porque al final, no se trata solo de una imagen, sino de la presencia viva de una devoción que ha marcado generaciones. Cuidar a Jesús de las Once no es un tema estético: es un acto de respeto, de coherencia y de fe.
Devolverle su dignidad no requiere grandes discursos, sino decisiones conscientes, formación y verdadera voluntad de hacer las cosas bien. Que las futuras generaciones no hereden la indiferencia, sino el ejemplo de un pueblo que supo honrar lo que recibió. Que al verlo, no tengamos que justificarlo… sino sentir orgullo.