08/05/2026
El heredero de la putrefacción
La maldad tiene un olor que el viento de la tarde no logra limpiar.
En lo alto del campo, un hombre fue sentenciado al olvido. Su propia sangre le dio la espalda, despues de ser tan cruel, dejándolo a merced de una carne que empezó a traicionarlo. No murió como un hombre, sino como algo inferior a una bestia: postrado, mientras la gangrena y los gusanos reclamaban su parte antes de tiempo.
Desde la ladera, el pueblo escuchaba el descenso de su alma. Eran unos gritos desgarradores que cortaban el aire cada crepúsculo, un sonido seco que nacía desde el dolor más profundo, hacia un cielo indiferente. Sufrió meses, devorado por la soledad y la pudredumbre, hasta que el último grito se ahogó en su garganta.
Fueron los extraños, impulsados por un resto de piedad, quienes entraron a retirar aquel despojo humano, a higienizar la deshonrra y a cavar una fosa que nadie más reclamaba. Pero hay casas que se niegan a quedar vacías.
Hoy, la estructura colapsa en silencio, pero en la grada, la mecedora sigue en su oficio. Se columpia sola, con una rapidez incoherente, como si la sombra de aquel hombre todavía estuviera allí, sentada, rumiando su odio y esperando a que alguien, por error, se atreva a cruzar la alambrada.