18/10/2024
El siguiente artículo ha sido sometido en su totalidad al Instituto Alejandro Tapia y Rivera y al blog Akelarre de Pablo L Crespo Vargas.
A continuación los primeros, algunos otros y los últimos párrafos.
El Aprendiz que superó a su maestro: reseña de The Apprentice
José E. Muratti Toro
Ayer fui a ver The Apprentice, dirigida por el cineasta iraní residente en Dinamarca Ali Abbasi y protagonizada por actor rumano-estadounidense Sebastian Stan (Bucky Barnes / Winter Soldier), el estadounidense Jeremy Strong (Kendall Roy en Succession) y la búlgara María Bakalova (Borat Subsequent Moviefilm), en una de las salas más pequeñas de Fine Arts de Caribbean Cinemas en Popular Center (también disponible en Fine Arts Miramar).
La película, basada en hechos reales, trata sobre los primeros años de la vida de Donald Trump como empresario del mundo de bienes raíces de Nueva York. Inicialmente ingenuo y sin muchas luces, se infatúa (aunque no sexualmente) con Roy Cohn, un abogado judío de Nueva York quien promovió la ejecución de los espías judíos Julius y Ethel Rosenberg en 1953, durante la famosa era macarthyana en la que el senador por Wisconsin Joseph McCarthy persiguió y arruinó las vidas de miles de estadounidenses por afiliaciones o simpatías con el comunismo, la mayor parte de las cuales fueron fabricadas.
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El filme no es el “thriller” que pudo haber sido dados los personajes y sus múltiples acciones criminales hasta el momento en que Trump comienza a perder los casinos, y antes de perder la línea aérea, los steaks, el vodka y sus seis quiebras, entre otros fiascos. Sebastian Stan hace un papel decoroso pero que no llega a revelar la transformación del maquiavélico temperamento de su personaje. Jeremy Strong representa un Roy Cohn tan despiadado como despreciable según revelan las múltiples investigaciones y artículos sobre sus desmanes. No sorprenda que se le nomine a un Oscar.
Uno sale de la película con esa extraña sensación de haber comido algo que había deseado por mucho tiempo por todo lo que le habían comentado sobre sus ingredientes, pero con un malestar que oscila entre una sensación de indigestión que uno no puede remediar pensar que estaba contaminada o descompuesta, y unos casi irreprimibles deseos de vomitar.
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El título es definitivamente acertado. Trump fue un aprendiz y discípulo amado de un despiadado manipulador y extorsionista. Pero, como tanto reclaman filósofos y mercaderes por igual, el alumno, en muchos sentidos, superó a su maestro. Digo “en muchos sentidos” porque Cohn vivió la vida loca de los ’80 en los EEUU y se saboreó todas las exuberancias que su feroz apetito le dictó. Pero supo bañarse a sus anchas en el lapachero de sus excesos y guardar la ropa. Aunque le debía $7 millones al erario público al momento de su muerte de sida, en el 1986, el valor de su propiedad y, seguramente sus cuentas bancarias le permitieron no escatimar al satisfacer sus extravagancias.
Donald, por el contrario, como todo un aprendiz de jetsetter de Nueva York, pero sin la sofisticación ni el capital de quienes envidió y quiso emular toda su vida, se convirtió en un fantoche facsímil de célebre hombre de negocios. Aunque su novel idea de convertir el hotel Commodore en la calle 42 en un hotel de lujo para revitalizar un distrito urbano deteriorado y pestilente resultó ser exitosa, su narcisismo y avaricia le convenció que, como una especie de moderno Midas, todo lo que se le ocurría para hacer cada vez más dinero, ser convertiría en oro. Su carencia tanto de conocimiento sobre las exigencias de los varios negocios en que intentó incursionar, como su falta de escrúpulos al momento de contratar con bancos y obreros por igual, le llevó a la quiebra en seis ocasiones y perdió los y los fideicomisos de herencia de sus hermanos y familiares, y los sobre $450 millones que su padre le entregó cada vez que sus fracasos lo llevaron a la bancarrota.
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Si Donald Trump gana las elecciones, no solo ha prometido arrestar, encerrar en campos de concentración a sobre 11 millones de inmigrantes, la mayoría latinos, y deportarlos; iniciar acciones legales contra al menos 350 adversarios; imponer 20% de tarifas a todo lo que consumimos que viene de fuera de los EEUU (desde los I-Phone hasta las Nike, desde piezas Toyota hasta tequila) lo cual encarecerá proporcionalmente dichos productos; y utilizará las fuerzas armadas contra quienes protesten o actúen en su contra.
También ha dicho que acabará la guerra en Ucrania, anticipadamente cesando la ayuda económica y militar a Ucrania, y se saldrá de la OTAN, lo cual le abrirá la puerta a Putin para invadir las naciones del Báltico y posiblemente Polonia, iniciando una III Guerra Mundial. Además, apoyará que Israel ataque las facilidades de petróleo y de desarrollo nuclear de Irán, lo cual ampliará la III Guerra Mundial al Medio Oriente, y enfrentaría a los EEUU con China con relación a Taiwán lo cual convertiría el planeta en un vertedero nuclear. Seremos muchos los que moriremos por violencia, contaminación y hambre.
Parece mentira, pero si Donald gana, la humanidad entra en un anticipable peligro de extinción.
No pretendo ser un profeta del fin de los tiempos. La historia de la humanidad nos ha enseñado dos lecciones principales. Las sociedades que han adoptado visiones mesiánicas de sí mismas, lo han hecho en dos vertientes: nosotros somos herederos o elegidos por uno o varios dioses para dominar, no solo nuestro propio territorio sino todos los que contienen algo que queremos; y nosotros somos seres humanos capaces de sobrellevar y sobreponernos de los desmanes de quienes a nombre de nuestros dioses y nuestros ancestros, atacan y destruyen a sus detractores, y podemos construir sociedades más solidarias, equitativas y justas.
Tal vez si esos dioses que juramos concibieron nuestra naturaleza y nuestros destinos fueran tan amables de librarnos de seres como Putin, Kim Jong-un, Netanyahu, Khomeini y Trump, la humanidad tendría mejores posibilidades de sobrevivir la devastadora amenaza que representaría una III Guerra Mundial Nuclear. En su defecto, nos corresponde leer, observar, conversar y oponernos a lo que estos seres pretenden para nuestras vidas por las “necesidades” narcisistas de sus vidas. Tal vez. No depende de nosotros, solamente. Depende de todos los que, como nosotros, nos sobrecogemos ante la inhumanidad que exhiben estos seres y levantamos nuestras voces y brazos en su contra. Ojalá.