09/04/2026
30 años de risas: la historia de un payaso que convirtió su vocación en servicio
Por tres décadas Danny Cartagena ha hecho reír a generaciones, pero su historia va mucho más allá del humor. Detrás del maquillaje y la nariz roja hay un compromiso profundo con los niños, una vocación de servicio y una fe que, según afirma, ha guiado cada paso de su camino.
Todo comenzó al ver un anuncio en el periódico de la fundación Make-A-Wish, dedicada a conceder deseos a niños con enfermedades que amenazan sus vidas. Aquella imagen despertó en él un deseo genuino de ayudar. Decidió llamar, ofrecerse como voluntario y, sin saberlo, dar el primer paso hacia una misión que transformaría su vida. Durante 20 años formó parte de la fundación, acompañando a niños y sus familias en momentos determinantes.
Aún no era payaso cuando una amiga de la iglesia comenzó a insistirle que tenía el talento para hacer reír. Su capacidad de improvisar y su naturalidad para conectar con las personas fueron señales claras de un camino que aún no imaginaba recorrer.
Su primera presentación llegó por casualidad. Le ofrecieron participar en un cumpleaños infantil y le dieron a escoger entre disfrazarse de Pedro Picapiedra o de payaso. Eligió lo segundo. Sin experiencia, sin nombre artístico y sin cobrar, dio aquel primer paso que definiría su trayectoria. Con el tiempo comenzó a presentarse en actividades familiares y benéficas, movido únicamente por la pasión.
El rumbo de su carrera tomó forma cuando conoció en Plaza del Caribe al payaso Luis Ángel Laporte, conocido como Chibiriquín, quien reconoció su talento y lo invitó a trabajar juntos. De esa unión nació el dúo “Chibiriquín y Flacumbo”, nombre que surge de una combinación jocosa entre “flaco” y “chumbo”. Durante cuatro años compartieron escenario antes de continuar sus carreras por separado. En su desarrollo también fue clave la influencia del payaso Goory, a quien reconoce por su apoyo constante, con o sin remuneración de por medio.
Al hablar de los momentos más significativos de su carrera, su voz cambia y la emoción se hace evidente. Recuerda especialmente su experiencia con niños de la fundación Make-A-Wish, algunos de los cuales fallecieron después de haber cumplido sus deseos. En varias ocasiones fue invitado a sus velorios.
“No es solo hacer reír… es estar ahí cuando más lo necesitan”, expresa, haciendo una pausa para contener las emociones.
Menciona a dos niñas y un niño de distintos pueblos de Puerto Rico —Yabucoa, Jayuya y Ponce— con quienes desarrolló un vínculo especial. Recuerda la entrega de un cuarto de Hello Kitty, así como la de una computadora a una niña hospitalizada. Momentos que, aunque difíciles, marcaron profundamente su vida.
A lo largo de los años también ha enfrentado retos importantes. Uno de ellos ha sido lidiar con adultos que, bajo los efectos del alcohol, cruzan los límites del respeto durante sus presentaciones. Asegura que ha aprendido a manejar estas situaciones con firmeza y a darse su lugar.
Otro momento que marcó su carrera ocurrió durante una presentación en Ponce, cuando una rutina terminó en una fuerte caída que afectó su espalda de forma permanente. “Ahí entendí que ninguna broma puede poner en riesgo a otra persona”, afirma. Desde entonces, su enfoque en la comedia cambió.
Con el tiempo, también transformó su estilo. Reconoce que en sus inicios utilizaba humor de doble sentido, algo que luego entendió no representaba su propósito. Hoy apuesta por un contenido más sano, enfocado en hacer reír sin perder el respeto ni el mensaje.
“El payaso puede hacer cosas que yo no haría fuera de él”, comenta, destacando la libertad que le brinda su personaje.
A pesar de los cambios en las dinámicas sociales, asegura que hacer reír a un niño sigue siendo el mayor privilegio. Habla con emoción de aquellos que lo recuerdan, que se entristecen si no pueden verlo o que incluso piden que regrese. También de los niños enfermos que lo reciben en momentos difíciles. “Que un niño te permita entrar en su mundo… eso es un honor”, afirma.
Tras 30 años de trayectoria, asegura que aún le queda mucho por aprender. Aspira a desarrollar nuevas habilidades como el malabarismo y continuar creciendo como artista. Tiene claro que el día en que deje de hacer reír será el momento de retirarse.
Más allá del entretenimiento, entiende su trabajo como una herramienta para transmitir valores. A través de su personaje, busca fomentar el respeto, la autoestima y la aceptación. “Cada niño es perfecto tal como es”, expresa, resaltando el mensaje que intenta llevar en cada presentación.
Entre sus sueños se encuentra la creación de una obra teatral para niños y familias, con música en vivo y un enfoque inclusivo que permita la participación de niños con autismo y síndrome de Down. También desea ofrecer talleres para formar a nuevas generaciones de payasos comprometidos con la dignidad del público infantil.
En su relato, la fe ocupa un lugar central. Asegura que todo lo que ha logrado no le pertenece. “Yo solo soy un instrumento”, dice, convencido de que es Dios quien le permite llegar a las personas en medio de sus dificultades y brindarles momentos de alegría.
El próximo 2 de mayo celebrará sus 30 años de carrera con su primer espectáculo de stand-up comedy en el Teatro Tabaiba. Entre risas, admite sentirse nervioso. “Estoy embarrao’… pero voy a dar lo mejor de mí, compren taquillas”, comenta. Promete una presentación llena de interacción, pensada para que el público pueda desconectarse de sus problemas y disfrutar de un espacio sano.
Al final, reconoce que su trayectoria no ha sido un camino en solitario. Agradece profundamente a su esposa, a su hijo, a sus hijas y a su familia por el amor, la paciencia y el respaldo constante. “Sin ellos, no sería quien soy hoy”, concluye.
Treinta años después, su legado no se mide únicamente en risas, sino en las vidas que ha tocado y en los momentos en los que, incluso en medio de la adversidad, ha logrado recordar a otros que siempre hay espacio para sonreír.
IQEntertainment.PR
Payaso Flacumbo
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