Proyecto Unidad de Cultura Pisco

Proyecto Unidad de Cultura Pisco Trabajamos con artistas, colectivos culturales y diferentes organizaciones de la sociedad civil a fin de abrir nuevos espacios de expresión ciudadana.

Proyecto Unidad de Cultura Pisco es un espacio digital que articula y visibiliza iniciativas culturales de la provincia, difundiendo actividades, patrimonio, memoria histórica y expresiones, promoviendo participación ciudadana e identidad cultural. El proyecto Unidad de Cultura Pisco es una iniciativa liderada por Sandro Medrano Legua, nuestra responsabilidad es la de fomentar la producción, circu

lación y consumo de bienes culturales en nuestra amada Provincia de Pisco. Este proyecto involucra a la cultura en temas de raza, género, memoria, derechos humanos, interculturalidad, medio ambiente, entre otros. Trabajamos a partir de cinco lineamientos: construcción de ciudadanía, fomento a la producción cultural, circulación de bienes culturales, recuperación de espacios públicos y capacitación en gestión cultural.

20/08/2026

EL PODER DE LA PALABRA: EL CONSEJO INMORTAL DE MARIO VARGAS LLOSA

Como bien lo afirmaba nuestro Premio Nobel Mario Vargas Llosa, la buena literatura es la auténtica maestra del lenguaje, esa puerta que amplía nuestro vocabulario y nos da las herramientas para hacernos escuchar con fuerza. Leer a los grandes autores afina nuestro criterio, despierta la empatía y transforma por completo la manera en que nos comunicamos en el día a día. Reflexionamos sobre cómo las páginas de un buen libro se convierten en el mejor entrenamiento para articular ideas convincentes y auténticas.



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17/08/2026

📢Ya está disponible vladivideos.com, un archivo ordenado de los cientos de videos grabados en secreto que develaron la corrupción del régimen fujimorista. Pero nos faltan más.

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Grafica por : Carlos Lavida

PISCO, 19 AÑOS DESPUÉS DEL SISMO: ENTRE LAS HERIDAS PENDIENTES Y EL RIESGO LATENTEPor : Sandro Medrano LeguaA casi dos d...
15/08/2026

PISCO, 19 AÑOS DESPUÉS DEL SISMO: ENTRE LAS HERIDAS PENDIENTES Y EL RIESGO LATENTE
Por : Sandro Medrano Legua

A casi dos décadas del fatídico 15 de agosto de 2007, Pisco continúa siendo un reflejo de la vulnerabilidad y la lenta respuesta estatal. El terremoto no solo dejó fallecidos y viviendas destruidas o inhabitables; dejó también una estela de obras inconclusas, expedientes paralizados y promesas de reconstrucción que jamás terminaron de concretarse.

Como se evidencia en el análisis, "el terremoto no creó las deficiencias de la gestión pública: simplemente las puso al descubierto". Diecinueve años después, la infraestructura inconclusa en el centro de la ciudad, los colegios que aún operan en condiciones precarias y los ocho distritos de la provincia clasificados en riesgo sísmico alto o muy alto demuestran que la reconstrucción integral sigue siendo una deuda histórica con la ciudadanía.

La verdadera tragedia no radica solo en recordar el dolor del pasado, sino en constatar que el riesgo frente a un nuevo gran evento telúrico sigue completamente identificado sin que se hayan tomado las medidas preventivas necesarias.
¿Hemos aprendido algo como sociedad o seguimos expuestos a la misma improvisación estatal?

Te invito a leer el examen crítico completo sobre las lecciones no aprendidas y los desafíos pendientes en:
👉 https://sandromedranolegua.blogspot.com/2026/08/pisco-19-anos-despues-del-sismo.html



Análisis político, económico, histórico y cultural del Perú con enfoque crítico, investigación social y gestión cultural.

CULTURA PERUANA: EL LUJO QUE NO NOS PODEMOS PERMITIRPor : Sandro Medrano LeguaEl Perú no tiene un problema de falta de c...
13/08/2026

CULTURA PERUANA: EL LUJO QUE NO NOS PODEMOS PERMITIR
Por : Sandro Medrano Legua

El Perú no tiene un problema de falta de cultura. Tiene un problema de prioridad, escala y capacidad para gestionar su enorme capital cultural. El país registra más de 27 mil sitios arqueológicos prehispánicos y miles de monumentos históricos; cuenta con más de 30 mil trabajadores culturales inscritos en RENTOCA y más de 272 mil personas ocupadas en actividades culturales y creativas. Sin embargo, la inversión, la infraestructura, la descentralización y las oportunidades siguen siendo insuficientes frente a la dimensión de ese patrimonio y de ese talento. El problema tampoco es simplemente “falta de presupuesto”: es cómo se distribuyen los recursos, cuánto se invierte realmente, qué resultados producen y qué tan sostenibles son las políticas públicas.

La cultura tampoco es un lujo reservado para intelectuales. Es memoria, educación, identidad, economía y ciudadanía. Cada sitio arqueológico destruido, cada lengua que deja de transmitirse, cada artista que abandona su profesión y cada empresa creativa que encuentra mejores condiciones fuera del país representan una pérdida que no siempre aparece en las cuentas públicas. El Perú no carece de cultura, patrimonio, talento ni creatividad. Lo que todavía falta es una política cultural con la escala, continuidad, articulación y descentralización que esa riqueza exige. El verdadero lujo que el Perú no puede permitirse no es invertir en cultura. Es seguir desperdiciando la riqueza cultural que ya posee.

Lee el artículo completo: “CULTURA PERUANA: EL LUJO QUE NO NOS PODEMOS PERMITIR”. Aqui👇:
https://sandromedranolegua.blogspot.com/2026/08/cultura-peruana-el-precio-de.html



¿CONSUMES CULTURA O TE CONSUME A TI? LA INDUSTRIA QUE TE ADORMECE MIENTRAS CREES QUE ELIGESPor: Sandro Medrano Legua¿Cuá...
10/08/2026

¿CONSUMES CULTURA O TE CONSUME A TI? LA INDUSTRIA QUE TE ADORMECE MIENTRAS CREES QUE ELIGES
Por: Sandro Medrano Legua

¿Cuántas series has visto este mes? ¿Cuántas canciones has escuchado sin prestar atención a la letra? ¿Cuántas noticias has leído solo por encima? No te preocupes, no es tu culpa. Es la industria funcionando a la perfección. Hace décadas, los filósofos Theodor Adorno y Max Horkheimer ya advirtieron sobre este fenómeno al que llamaron "Industria Cultural": la producción en masa de bienes culturales cuyo objetivo principal no es formar ciudadanos críticos, sino generar lucro para las grandes corporaciones.

La cultura de antes era un espejo donde mirarnos y cuestionarnos. Hoy es un espejismo: parece que hay de todo, pero todo es lo mismo. Como si un mismo pastel se sirviera en mil platos diferentes, solo cambiando el color del glaseado. Lo que importa ya no es el valor artístico o la profundidad del mensaje, sino vender lo máximo posible al mayor número de personas, recurriendo a la estandarización, a la repetición de fórmulas probadas y a la producción en serie.

Esa ilusión de que tienes miles de opciones es el truco más antiguo del marketing. Adorno y Horkheimer lo llamaron "pseudoindividualización": pequeñas diferencias que ocultan una gran uniformidad. El contenido cambia, el mensaje no. La forma varía, el fondo es siempre el mismo: consume, calla y obedece. Da igual si ves una comedia romántica, una película de acción o un reality show; todos responden al mismo guion básico, a la misma lógica de mercado que anula la diversidad real y la auténtica creatividad.

La pregunta incómoda es esta: si la cultura te distrae para que no pienses, y mientras no piensas aceptas lo que hay... entonces, ¿quién decide realmente por ti? Porque cuando el entretenimiento se convierte en hábito y el hábito en rutina, dejas de ser sujeto para convertirte en objeto del sistema. La repetición constante adormece la reflexión, y la industria moldea tus deseos, tus opiniones y hasta tus comportamientos, haciendo que reproduzcas lo que te ofrecen en lugar de construir tu propio pensamiento crítico.

No hace falta ir muy lejos para verlo: el algoritmo de tus redes sociales que te recomienda siempre lo mismo, las canciones que suenan idénticas en la radio, los influencers que repiten los mismos discursos, los noticieros que hablan de todo menos de lo que importa. Esa es la industria cultural en su máxima expresión: un gigante que todo lo homogeniza para que nada te saque de tu zona de confort. Genera conformismo, desvía tu atención de los problemas verdaderos y te mantiene ocupado, consumiendo y obedeciendo, sin tiempo ni energía para preguntarte por qué las cosas son como son.

Pero hay esperanza. La resistencia empieza cuando apagas el piloto automático y empiezas a preguntar: ¿por qué? ¿para quién? ¿con qué fin? Consume menos, piensa más. Busca la cultura que incomoda, la que no se deja digerir fácilmente. Porque el primer acto de libertad no es elegir entre opciones, sino negarse a elegir dentro de lo que te ofrecen. Reconocer este proceso es ya un acto de libertad: es el primer paso para no ser meros consumidores pasivos, sino sujetos libres y conscientes, capaces de elegir, criticar y construir un mundo donde la cultura no se venda, sino que se piense.

Referencia
Adorno, T. W., & Horkheimer, M. (1998). Dialéctica de la ilustración (J. J. Sánchez, Trad.). Trotta. (Obra original publicada en 1947)



NO HACE FALTA QUEMAR LIBROS: BASTA CON QUE NADIE LOS LEAPor : Sandro Medrano LeguaRay Bradbury escribió en 1953 una prof...
07/08/2026

NO HACE FALTA QUEMAR LIBROS: BASTA CON QUE NADIE LOS LEA
Por : Sandro Medrano Legua

Ray Bradbury escribió en 1953 una profecía inquietante que hoy duele por su precisión. Fahrenheit 451 no es solo la historia de un bombero que quema libros, sino el retrato de una sociedad que dejó de leer mucho antes de que el poder ordenara la hoguera. El abandono de los libros comenzó silenciosamente, cuando las personas prefirieron el ruido constante al silencio necesario, el entretenimiento fácil a la reflexión profunda y la inmediatez a la paciencia. La novela no advierte sobre la censura violenta, sino sobre la indiferencia voluntaria, porque el fuego más destructivo no es el que arde en las calles, sino el que se apaga en la mente de quienes deciden no pensar.

En la obra, las familias ya no conversaban; estaban rodeadas de "pantallas" que llenaban cada pausa con estímulos interminables, y ese mundo ficticio se parece inquietantemente al nuestro. Hoy, cada momento vacío se llena con notificaciones, vídeos breves y contenido infinito que no deja espacio para el silencio ni para la atención sostenida. Lo que la novela describió como un futuro distópico ya no es futuro: es el presente que vivimos cuando preferimos desplazar el dedo antes que detenernos a pensar, cuando elegimos el estímulo antes que la pausa y el entretenimiento antes que el encuentro con nosotros mismos.

Los libros, según la ficción, se fueron haciendo más breves, más simples y menos exigentes, para no incomodar a nadie. Las ideas complejas comenzaron a competir en formatos que premian la velocidad y el impacto inmediato, y lo que no cabe en un titular, en un tuit o en un vídeo de treinta segundos, sencillamente deja de circular. El problema no es solo que leamos menos, sino que hemos entrenado nuestra mente para rechazar todo aquello que no encaje en el molde de lo fácil y lo rápido, perdiendo la capacidad de sumergirnos en pensamientos que requieren tiempo, esfuerzo y entrega.

Pero el rechazo a la complejidad va más allá de la simple preferencia por lo breve. La distopía muestra cómo en esa sociedad se evitaban las ideas contradictorias, los recuerdos dolorosos y las preguntas difíciles, construyendo un mundo donde nadie se sintiera incómodo. Hoy llamamos a eso "cámaras de eco": entornos digitales donde solo encontramos lo que confirma nuestras creencias, donde las ideas que nos desafían son rápidamente descartadas y donde la incomodidad se convierte en motivo para desconectar. Así, una idea también desaparece cuando nadie la busca, cuando nadie la recomienda ni la discute, y el poder ya no necesita prohibir: basta con que la sociedad haya perdido el interés.

El problema, como señala la novela, es profundamente político, porque la atención se convierte en el campo de batalla más importante de nuestro tiempo. Los libros exigen tiempo, silencio y atención para revelar su profundidad, condiciones que compiten con pantallas, interrupciones y estímulos permanentes diseñados para capturar nuestra mirada y desviar nuestra conciencia. Cuando un libro sobrevive únicamente como dato, como un título que mencionamos sin haber leído o como una referencia que citamos sin haber comprendido, nuestra relación con la lectura se transforma en un acto superficial que ya no transforma ni cuestiona, sino que simplemente informa sin comprometer.

Pero tal vez, como sugiere la advertencia de Fahrenheit 451, los libros no necesiten ser quemados; basta con que nadie tenga ya la paciencia para leerlos. Frente a esta realidad incómoda, la resistencia empieza cuando recuperamos el tiempo perdido, cuando apagamos las pantallas y nos sentamos en silencio con un libro que nos desafíe, que nos incomode y que nos obligue a pensar. Leer no es un lujo ni un pasatiempo; es un acto de rebeldía contra una sociedad que nos quiere distraídos, dóciles y conformes. Comparte esto si crees que la lectura es el primer fuego que debemos encender para no arder en la indiferencia.

Referencia
Bradbury, R. (1953). Fahrenheit 451. Ballantine Books.



BEINGOLEA Y LA CULTURA: CUANDO LA IDEOLOGÍA PRETENDE SUSTITUIR A LA GESTIÓNAutor : Sandro Medrano LeguaLas declaraciones...
03/08/2026

BEINGOLEA Y LA CULTURA: CUANDO LA IDEOLOGÍA PRETENDE SUSTITUIR A LA GESTIÓN
Autor : Sandro Medrano Legua

Las declaraciones de Alberto Beingolea sobre el Ministerio de Cultura revelan una preocupante simplificación de lo que significa hacer política cultural en el Perú. Presentar al sector cultural como un territorio capturado por “la izquierda” y reducido a la imposición de un supuesto “discurso único” no constituye un diagnóstico serio de la realidad cultural peruana. Es convertir un problema complejo en una consigna política. Y aquí aparece una pregunta inevitable: ¿comprende realmente Beingolea qué significa conducir una política pública cultural? Porque quien pretende dirigir un sector estratégico del Estado debería demostrar conocimiento de su marco institucional, sus competencias y los problemas que debe resolver, no limitarse a construir un enemigo ideológico.

El Ministerio de Cultura no existe para decirle al ciudadano qué debe pensar, qué música escuchar, qué arte consumir, de qué debe reírse o quién puede considerarse culto. Su función es mucho más importante: proteger nuestro patrimonio, garantizar derechos culturales, promover la diversidad, fortalecer las artes y las industrias culturales, reducir brechas de acceso y generar condiciones para que las distintas expresiones culturales puedan desarrollarse. Confundir esa responsabilidad con adoctrinamiento demuestra una comprensión peligrosamente limitada de la gestión cultural pública. El Ministerio de Cultura no es un ministerio de “lo culto” y tampoco es un campo de batalla partidario.

Decir que se quiere “abrir la cancha” suena bien, pero la cancha no se abre retirando al Estado. Se abre eliminando las desigualdades que impiden que un artista de una provincia tenga las mismas oportunidades que uno de Lima; que una comunidad pueda proteger su patrimonio; que un colectivo cultural pueda acceder a financiamiento; o que los ciudadanos de cualquier territorio puedan participar de la vida cultural. La democratización cultural no significa abandonar la política pública: significa hacerla más descentralizada, transparente, plural y accesible. Si Beingolea realmente quiere abrir la cancha, tendrá que demostrarlo con políticas, presupuesto, descentralización, transparencia y resultados, no con discursos contra la izquierda.

También resulta intelectualmente pobre explicar la confrontación peruana recurriendo a una supuesta “dialéctica marxista”. El Perú tiene conflictos históricos derivados del centralismo, la desigualdad, la discriminación, la exclusión territorial, la precariedad institucional y múltiples fracturas sociales. Reducir esa complejidad a una disputa entre izquierda y derecha no resuelve ningún problema: simplemente reemplaza el análisis por una narrativa política. Y existe una contradicción evidente: si se pretende terminar con un supuesto monopolio ideológico de la cultura, no se puede simplemente sustituirlo por otro. Cambiar quién controla la cancha no es democratizarla.

La verdadera pluralidad cultural exige terminar con todos los monopolios: los ideológicos, pero también los centralistas, burocráticos, limeños y aquellos circuitos que durante años concentran oportunidades y recursos. El Perú necesita un Estado capaz de garantizar que una comunidad indígena, un colectivo de artistas urbanos, un investigador, un gestor cultural, un museo regional, una agrupación tradicional o un creador contemporáneo puedan acceder a oportunidades sin depender de su ubicación geográfica, sus conexiones o su afinidad ideológica. La cultura democrática no consiste en cambiar de dueño político; consiste en impedir que la cultura tenga dueño.

Y aquí aparece la cuestión de fondo: ¿es suficiente tener opiniones sobre cultura para estar en condiciones de dirigir el Ministerio de Cultura? La idoneidad para ocupar un cargo de esta naturaleza no se demuestra con discursos contra la izquierda ni con declaraciones sobre libertad. Se demuestra comprendiendo el sector, formulando políticas públicas, estableciendo objetivos, asignando presupuesto, diseñando indicadores, evaluando resultados y resolviendo problemas concretos. Un ministro puede tener convicciones políticas; lo que no puede hacer es utilizar esas convicciones como sustituto del conocimiento técnico. Beingolea puede tener la ideología que quiera. Lo que se debe exigir es que tenga la competencia necesaria para administrar una política cultural nacional.

El Perú no necesita un nuevo comisario de lo culto ni un Ministerio convertido en escenario de una guerra cultural. Necesita institucionalidad, evidencia, presupuesto, descentralización, indicadores, evaluación y profesionales capaces de gestionar su enorme diversidad cultural. Necesita proteger patrimonio, fortalecer las artes, impulsar las industrias culturales, reducir brechas y garantizar derechos culturales. La pregunta sobre la idoneidad de Beingolea no nace de su posición política; nace de lo que sus propias declaraciones permiten observar sobre su manera de entender el sector que pretende dirigir.

La cultura peruana es demasiado antigua, diversa y compleja para quedar atrapada en una pelea entre izquierdas y derechas. No puede ser utilizada como botín político por ningún sector. Si Beingolea quiere transformar la política cultural, que presente diagnósticos, objetivos, indicadores, presupuesto y resultados esperados. Que explique cómo va a descentralizar los recursos, cómo fortalecerá el patrimonio, cómo apoyará a los creadores, cómo reducirá las brechas culturales y cómo garantizará el pluralismo que dice defender. Eso sería gestión pública. Lo demás es discurso político. Y el Perú ya tiene demasiado discurso; lo que necesita es gestión, conocimiento y capacidad.



VALDELOMAR Y MARIÁTEGUI EN EL ESCÁNDALO DE NORKA ROUSKAYA: DANZA, POESÍA Y REBELDÍA EN LA LIMA DE 1917Por: Sandro Medran...
31/07/2026

VALDELOMAR Y MARIÁTEGUI EN EL ESCÁNDALO DE NORKA ROUSKAYA: DANZA, POESÍA Y REBELDÍA EN LA LIMA DE 1917
Por: Sandro Medrano Legua

Una fotografía conservada en el archivo de la Biblioteca Nacional del Perú, en la que aparecen Abraham Valdelomar, José Carlos Mariátegui, Norka Rouskaya y otros intelectuales vinculados al ambiente bohemio limeño, permite aproximarnos a la intensa vida cultural de la Lima de comienzos del siglo XX. La imagen remite al Palais Concert, inaugurado en 1913, edificio diseñado por Genaro Barragán Urrutia y construido por los hermanos Masperi, convertido en uno de los espacios emblemáticos del Art Nouveau limeño y en punto de encuentro del movimiento Colónida y de la bohemia intelectual de la época (Rincón, 2017).

En 1917, la bailarina suizo-italiana Norka Rouskaya llegó a Lima para presentar espectáculos de danza inspirados en la música clásica. Sin embargo, fue un episodio ocurrido durante la madrugada del 5 de noviembre de aquel año el que la incorporaría definitivamente a la memoria cultural limeña. Rouskaya ingresó al Cementerio General de Lima —actualmente Cementerio Presbítero Matías Maestro— acompañada por José Carlos Mariátegui, César Falcón, el violinista Luis Cáceres y otros jóvenes. Cerca de la una de la madrugada, encendieron velas junto al mausoleo del mariscal Ramón Castilla y Rouskaya ejecutó una danza al compás de la “Marcha fúnebre” de Frédéric Chopin (Stein, 1989; La Prensa, 1917).

La escena, desarrollada en medio de la oscuridad del cementerio, produjo alarma entre los presentes y las autoridades. El administrador del camposanto intervino y dio aviso a la policía. Como consecuencia, Rouskaya fue detenida en el Hotel Maury junto con su madre, mientras Mariátegui, Falcón y Cáceres fueron conducidos a la cárcel de Guadalupe. Permanecieron detenidos durante aproximadamente un día, en medio de una creciente controversia pública que pronto trascendió el ámbito policial y llegó a la prensa y a las cámaras legislativas (Stein, 1989; El Comercio, 1917).

El episodio debe distinguirse, sin embargo, de la participación de Abraham Valdelomar. Aunque su figura se encuentra vinculada al mismo ambiente bohemio y aparece junto a Rouskaya y Mariátegui en fotografías relacionadas con el Palais Concert, la documentación disponible señala que Valdelomar no acompañó al grupo en la incursión nocturna al cementerio. Su relación con el episodio corresponde, por tanto, al círculo intelectual y artístico en el que se desenvolvían estos personajes, y no a la ejecución de la controvertida performance (Rincón, 2017).

La controversia adquirió rápidamente dimensiones culturales. La prensa de la época discutió si aquella acción constituía una profanación, una provocación o una manifestación artística. En La Prensa, la experiencia fue presentada bajo el título “Dilettantismo macabro”, mientras que otros medios cuestionaron duramente el comportamiento de los protagonistas. El asunto llegó incluso al debate parlamentario, revelando hasta qué punto el episodio había desbordado la esfera privada para convertirse en un problema de moral pública, religión, arte y modernidad (La Prensa, 1917; El Comercio, 1917; Stein, 1989).

Mariátegui defendió públicamente el carácter artístico de la experiencia y negó que hubiera existido una intención deliberada de profanar el cementerio. El 10 de noviembre de 1917, pocos días después del incidente, publicó en El Tiempo “El asunto de Norka Rouskaya: Palabras de justificación y de defensa”, documento que constituye una fuente primaria fundamental para comprender la posición del joven escritor frente al escándalo (Mariátegui, 1917; Rouillon, 1975).

Desde una perspectiva historiográfica posterior, la historiadora Carmen McEvoy ha interpretado el episodio como una expresión de la fascinación por el encuentro entre la vida y la muerte presente en determinados sectores de la vanguardia limeña. La danza de Rouskaya, ejecutada al compás de la “Marcha fúnebre” de Chopin, puede ser entendida como una escena de fuerte carga simbólica, en la que arte, ritual, muerte y transgresión se encontraron dentro de uno de los espacios más solemnes de la ciudad (McEvoy, 2017).

Más que una simple anécdota de la bohemia limeña, el episodio de Norka Rouskaya revela las tensiones culturales de una sociedad que comenzaba a experimentar transformaciones profundas. La Lima de la República Aristocrática conservaba estructuras sociales, morales y culturales tradicionales, pero al mismo tiempo recibía nuevas corrientes artísticas e intelectuales procedentes de Europa y de otros centros urbanos. En ese contexto, el ambiente del Palais Concert, el movimiento Colónida y las inquietudes de jóvenes escritores como Valdelomar y Mariátegui expresaban una sensibilidad cada vez más abierta a la experimentación y a la ruptura de convenciones (Stein, 1989; Aguirre & Walker, 2017).

La actuación de Rouskaya en el cementerio puede comprenderse, así, como una temprana forma de intervención artística sobre el espacio urbano. La elección del cementerio, la madrugada, las velas, el mausoleo de Ramón Castilla y la música de Chopin transformaron un espacio funerario en escenario de una representación que provocó deliberadamente —o al menos inevitablemente— una confrontación entre las normas establecidas y las nuevas formas de sensibilidad artística. Su carácter transgresor explica en buena medida la magnitud del escándalo y su permanencia en la memoria cultural peruana (McEvoy, 2017; Stein, 1989).

A más de un siglo de distancia, el episodio continúa siendo significativo no solamente por su carácter insólito, sino porque permite observar el momento en que la modernidad artística comenzó a disputar espacios dentro de una sociedad todavía fuertemente marcada por las convenciones de la tradición. Norka Rouskaya quedó asociada a una noche de danza y escándalo; Mariátegui, a la defensa de la libertad artística; y Valdelomar, al universo bohemio y literario que convirtió al Palais Concert en uno de los principales símbolos de aquella Lima en transformación.

La historia de Norka Rouskaya y su encuentro con Mariátegui, Valdelomar y la bohemia limeña de 1917 constituye, finalmente, una ventana privilegiada para comprender las tensiones entre tradición y modernidad, moral y libertad creadora, vida y muerte, que atravesaron la cultura peruana de comienzos del siglo XX. El escándalo no fue únicamente una extravagancia nocturna: fue también el reflejo de una ciudad que comenzaba a descubrir nuevas maneras de mirar, crear y desafiar las fronteras de su tiempo.

REFERENCIAS

Aguirre, C., & Walker, C. F. (Eds.). (2017). The Lima reader: History, culture, politics. Duke University Press.
El Comercio. (1917, 6 de noviembre). [Cobertura del incidente de Norka Rouskaya en el Cementerio General de Lima]. El Comercio.
Mariátegui, J. C. (1917, 10 de noviembre). El asunto de Norka Rouskaya: Palabras de justificación y de defensa. El Tiempo, 2.
McEvoy, C. (2017, 4 de noviembre). Entre la vida y la muerte. El Comercio.
Rincón, M. I. (2017). La danza de Norka Rouskaya en el cementerio: ¿Performance o simple escándalo de la época? Boletín de la Casa Museo José Carlos Mariátegui, (96). Ministerio de Cultura del Perú.
Rouillon, G. (1975). La creación heroica de José Carlos Mariátegui: La edad de piedra (1894–1919) (T. 1). Editorial Arica.
Stein, W. W. (1989). Mariátegui y Norka Rouskaya: Crónica de la presunta “profanación” del Cementerio de Lima en 1917. Empresa Editora Amauta.
La Prensa. (1917, 5 de noviembre). Dilettantismo macabro. La Prensa.







EL NOMBRAMIENTO DE ALBERTO BEINGOLEA Y LA CRISIS DE ESPECIALIZACIÓN EN EL MINISTERIO DE CULTURAEl nombramiento del aboga...
29/07/2026

EL NOMBRAMIENTO DE ALBERTO BEINGOLEA Y LA CRISIS DE ESPECIALIZACIÓN EN EL MINISTERIO DE CULTURA

El nombramiento del abogado Alberto Beingolea como ministro de Cultura trasciende el debate sobre una persona. Lo verdaderamente preocupante es que vuelve a evidenciar una práctica recurrente del Estado peruano: tratar al Ministerio de Cultura como una cartera de menor importancia, donde la especialización deja de ser un requisito y la experiencia en políticas públicas culturales parece convertirse en un aspecto secundario. En ningún Estado que aspire a fortalecer sus instituciones resultaría aceptable designar al frente del Ministerio de Economía a alguien sin trayectoria en política económica, ni entregar el Ministerio de Salud a quien desconozca la gestión sanitaria. Sin embargo, cuando se trata de Cultura, esa exigencia desaparece con inquietante frecuencia.

La discusión no gira en torno a la profesión del nuevo ministro. Ser abogado no constituye una limitación para ejercer la función pública. El problema radica en que su trayectoria pública ha estado vinculada principalmente al ámbito político y jurídico, sin una experiencia reconocida en gestión cultural, patrimonio, industrias culturales, interculturalidad o formulación de políticas públicas para el sector. Gobernar implica mucho más que administrar un despacho: exige comprender la complejidad técnica, jurídica, social y económica del ámbito que se dirige.

Persistir en este tipo de decisiones transmite un mensaje profundamente desalentador para miles de profesionales que durante décadas han construido conocimiento especializado en arqueología, historia, antropología, conservación del patrimonio, museología, bibliotecología, gestión cultural, industrias creativas, artes y políticas culturales. El mensaje implícito es devastador: la experiencia acumulada, la investigación académica y la formación especializada pesan menos que las negociaciones y los equilibrios políticos propios de cada gobierno.

Esta lógica revela una preocupante visión del Estado. Se sigue considerando que la cultura se limita a organizar ceremonias, festivales o actividades artísticas, cuando en realidad el Ministerio de Cultura administra uno de los patrimonios culturales más importantes del planeta. Es responsable de proteger miles de sitios arqueológicos, preservar el patrimonio histórico y documental, combatir el tráfico ilícito de bienes culturales, fortalecer las industrias culturales y creativas, garantizar los derechos culturales de la ciudadanía, formular políticas de interculturalidad y mantener una relación permanente con los pueblos indígenas y las comunidades originarias. Cada una de estas responsabilidades demanda conocimiento técnico, continuidad institucional y una visión estratégica de largo plazo.

Las consecuencias de designar autoridades sin una trayectoria consolidada en el sector no son únicamente simbólicas. La falta de especialización puede traducirse en retrasos en la ejecución de políticas públicas, debilitamiento de los mecanismos de protección del patrimonio, pérdida de continuidad en programas estratégicos, decisiones administrativas alejadas de las necesidades reales del sector y menor capacidad para representar al Perú en los espacios internacionales donde la cultura constituye un componente esencial del desarrollo sostenible. La improvisación en la conducción institucional termina teniendo un costo que paga todo el país.

El problema, además, no es nuevo. Desde la creación del Ministerio de Cultura, la alta rotación de ministros y los constantes cambios de orientación han impedido consolidar una política cultural de Estado. Cada nueva gestión suele comenzar desde cero, interrumpiendo procesos, modificando prioridades y debilitando la planificación de largo plazo. Ningún sector estratégico puede desarrollarse bajo una lógica de permanente discontinuidad.

Resulta paradójico que el Perú, reconocido mundialmente por su inmenso patrimonio arqueológico, su diversidad cultural, sus lenguas originarias, sus expresiones artísticas y su riqueza histórica, continúe otorgando a la institucionalidad cultural una importancia claramente inferior a la que concede a otros sectores del Estado. Se exigen perfiles altamente especializados para dirigir áreas económicas, financieras o de seguridad, pero cuando se trata de la cultura, pareciera imponerse la idea de que cualquier trayectoria política resulta suficiente.

La cultura no constituye un gasto accesorio ni un espacio protocolar. Es un eje estratégico para la construcción de ciudadanía, el fortalecimiento de la identidad nacional, la cohesión social, la educación, el turismo, la economía creativa y el desarrollo democrático. Minimizar su complejidad equivale a desconocer uno de los principales activos del Perú como nación.

El debate, por tanto, no debe centrarse exclusivamente en Alberto Beingolea. El verdadero cuestionamiento debe dirigirse hacia un modelo de gestión pública que continúa relegando la cultura a un segundo plano y que insiste en convertir una cartera altamente especializada en un espacio sujeto a cálculos políticos antes que a criterios técnicos. Mientras esa lógica prevalezca, el Ministerio de Cultura seguirá perdiendo capacidad institucional y el país continuará enviando un mensaje inequívoco: que proteger la memoria, la diversidad y la identidad nacional no constituye una prioridad del Estado peruano. Un país que no exige excelencia para conducir su política cultural termina debilitando la defensa de su patrimonio, empobreciendo su vida democrática y comprometiendo la construcción de su propio futuro.

Sandro Medrano Legua



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