11/05/2026
EL ARTE NO SE COLEGIA: LA LEY QUE PODRÍA CONVERTIR LA CULTURA EN UN ESPACIO DE CONTROL Y CENSURA
Autor Sandro Medrano Legua
La propuesta para crear el Colegio Profesional de Artistas del Perú pretende venderse como un avance para el sector cultural, pero en realidad expone una profunda desconexión con la verdadera realidad del artista peruano. En un país donde miles de creadores sobreviven desde la autogestión, el arte popular, la tradición oral y el trabajo independiente, imponer una estructura burocrática basada en títulos universitarios es excluir de golpe a buena parte de quienes sostienen la cultura viva del Perú. Porque el arte peruano no nació en oficinas ni facultades; nació en las calles, las comunidades, las fiestas populares y la memoria colectiva.
El proyecto plantea que para integrarse al colegio se debe contar con título profesional o licenciatura en arte. Entonces surge la pregunta que nadie quiere responder: ¿qué pasa con el músico popular que aprendió desde niño en su comunidad?, ¿qué pasa con los raperos, DJs, cirqueros, mimos, animadores, técnicos de escenario o artistas urbanos que construyeron su trayectoria fuera de las aulas? ¿Dejarán de ser artistas porque una institución decide que no tienen el cartón adecuado? Esta visión elitista convierte la cultura en un privilegio académico y desprecia décadas de creación nacida desde la experiencia y el territorio.
Más preocupante todavía es que el dictamen otorga al colegio la función de “ordenar y supervisar el ejercicio profesional” del arte. Ahí aparece el verdadero riesgo: cuando una entidad tiene poder para supervisar quién ejerce y quién no, también puede convertirse en una herramienta de control ideológico. ¿Qué ocurrirá si un artista critica al gobierno, denuncia violaciones a los derechos humanos o hace sátira política? ¿Quién garantiza que no existan sanciones, expulsiones o persecuciones internas disfrazadas de ética profesional? En el Perú ya conocemos demasiado bien cómo funciona la censura cuando el poder se siente incómodo.
La iniciativa además nace en el peor contexto posible: un país donde la mayoría de artistas vive en precariedad laboral, sin seguridad social, sin estabilidad económica y muchas veces dependiendo de favores políticos para acceder a espacios culturales. En lugar de discutir políticas públicas serias para dignificar el trabajo cultural, se impulsa una nueva estructura que cobrará colegiaturas, cuotas y sanciones. Es decir, mientras el artista pelea por sobrevivir, el Estado y ciertos sectores pretenden agregarle más burocracia a una actividad que ya vive asfixiada por el abandono institucional.
El problema también es profundamente centralista y vertical. Cada disciplina artística tiene dinámicas distintas, necesidades propias y conflictos particulares. No vive la misma realidad un actor teatral que un músico callejero o un técnico de sonido. Sin embargo, esta propuesta intenta meter a todos en una sola estructura sin una consulta amplia y real con quienes conocen el circuito cultural desde adentro. Todo parece construido desde escritorios limeños alejados del verdadero ecosistema artístico nacional. Y cuando las leyes culturales se hacen sin escuchar a la cultura viva, el resultado suele ser desastroso.
El Perú necesita políticas culturales que protejan la libertad creativa, fortalezcan la descentralización y reconozcan la diversidad de formas de hacer arte. Lo que no necesita es una institución con capacidad de decidir quién merece ser reconocido como artista y quién no. Porque el arte no se valida con un sello burocrático ni con una credencial institucional. El arte existe porque la sociedad crea, resiste, denuncia, celebra y se expresa. Y el día que una oficina tenga el poder de definir quién puede hacerlo, la cultura habrá dejado de ser libre.
Revisa el proyecto completo aquí:
https://img.lpderecho.pe/wp-content/uploads/2026/05/PL-04970-2022-CR-LP-Derecho.pdf