27/11/2025
🌸A veces pensamos que Dios solo nos pide sacrificios o renuncias. Pero cuando miramos el Evangelio con el corazón abierto, descubrimos algo distinto: Jesús vino a traernos la verdadera alegría.
No una alegría pasajera, sino esa paz que permanece incluso en medio de las tormentas.
Jesús mismo lo dijo:
“Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena” (Jn 15,11).
La felicidad que Dios quiere para nosotros no se basa en tenerlo todo perfecto, sino en saber que no caminamos solos, que somos amados, perdonados y acompañados.
Es la felicidad de quien se sabe hijo, de quien confía, de quien deja que Dios transforme su corazón.
Y esta alegría se vuelve más grande y más hermosa cuando la compartimos:
cuando colocamos a Dios como prioridad,
cuando la dejamos llegar a nuestra familia,
cuando la ofrecemos a los amigos,
cuando somos causa de paz y esperanza para los demás.
La alegría crece cuando se dona.
Ser felices no es un premio, es una vocación: estamos hechos para Dios, y en Él encontramos la plenitud que el mundo no puede dar.
Por eso, incluso en las pruebas, la alegría del Señor puede habitar en nosotros, suave y firme.
Que hoy podamos abrir el alma a esa alegría:
la que nace del Amor que no pasa,
la que se comparte,
la que Jesús vino a regalarnos.