03/05/2026
Crónicas iqueñas, de fe y devoción…
3 DE MAYO: LA SANTÍSIMA CRUZ
DE SAN JUAN MARCONA
Para escribir sobre el sentir de los pueblos del mundo, en torno a las fiestas religiosas, en honor a la Cruz de Mayo, solo necesitamos recordar lo que hemos vivido, con profunda fe y devoción, practicando y preservando nuestras costumbres y tradiciones, que hemos heredado de nuestros mayores, de nuestros antepasados… y que las transmitimos con emoción, a nuestros hijos.
DOS DANZANTES DE TIJERAS A ORILLAS DEL MAR
En el caso mío, en tiempos sin pandemia, cumpliendo fielmente la tradición de mis antepasados; estaría el 2 de mayo, día del Aniversario del distrito, participando del desfile cívico escolar y militar, y luego, en la noche de víspera; ejecutando con maestría, el baile de las tijeras, ante la Santísima Cruz de Marcona; para agradecerle por los favores recibidos. Desde que tengo uso de razón, bailé con mucha fe y devoción, al lado de mi hermano menor, desde los 5 años de edad, hasta la adolescencia. Éramos dos niños con el traje típico de los legendarios Danzantes de Tijeras, de los pueblos hermanos de las regiones de Huancavelica, Ayacucho y Apurímac.
Nuestros antepasados, con don Fernando Delgado a la cabeza, mi bisabuelo por parte de madre; contempla desde el cielo a sus dos biznietos, ejecutando con precisión milimétrica los pasos aprendidos, luego de rigurosos ensayos con el tocadiscos de la potente radiola Emerson, bailando al compás de las tijeras, del arpa y el violín, de los discos de vinilo. Eran sus dos biznietos, uno trigueño y el otro colorao. Y con el tiempo, uno de ellos, el colorao, Ricardo Luis; se dio el lujo de bailar con tijeras de metal, de verdad, ya no de cartón forrado con papel metálico, confeccionados por su mamá; y con músicos reales, de verdad, un arpista y un violinista, de Andahuaylas y de Puquio. Mi hermano Ricardo fue bautizado por los conocedores de la danza de las tijeras, como “chaleco de oro” o el danzaq Qori Sisiccha, si es correcta la traducción…luciendo un hermoso traje de danzaq, rojo, blanco y dorado; hecho por la manos de mi señora madre, Cristina Jesús Chacón Delgado, una mujer de alma de hierro, nacida en San Juan, y con el corazón lleno de amor para sus hijos, como la brisa del mar.
EL LEGADO DEL ABUELO FERNANDO
Don Fernando, según los relatos de mi madre, era un andahuaylino colorao, alto, fornido y de ojos verdes. Era jefe de cuadrilla y abrió trochas en la costa, sierra y selva el Perú, comandando a más de un centenar de aguerridos hombres del ande, que al lado de sus familias, recorrían el Perú, ganándose la vida a punta de pico, lampa y barrenas; chacchando coca y armando sus campamentos en dónde los alcanzara la noche, sea en la punta del cerro, en una quebrada, al lado de un río o en medio del desierto. Eran los años cuarenta, terminada la segunda guerra mundial.
Allá por los años cincuenta, empezó la explotación el hierro en las pampas de Marcona, al suroeste de Nasca, y la empresa contratista norteamericana, Christian Nielsen, necesitaba abrir camino hasta las bahías de San Juan y San Nicolás. Y convocaron al colorao andahuaylino, que hablaba quechua, castellano y un poco de inglés. Y así llegaron a la caleta de San Juan… eran los pioneros de Marcona, y su primer encuentro fue con el mar y con el dueño de la bahía….don Chalaquito, Roberto Ramos Soto, eximio pescador que dejó su querido puerto del Callao, por el embrujo de la bahía de San Juan…y don Fernando con toda su gente, recorrieron todas las playas, cargando en hombros el santísimo madero que los protegió en mil jornadas, abriendo trochas en los andes del Perú. Y en cada playa virgen, los pioneros de Marcona brindaban una oración a Dios Todopoderoso, en quechua y en castellano, suplicando que los proteja en su nueva vida al lado del mar…y; especialmente, que no se salga el mar… y el “apu” don Fernando Delgado, con su gente, buscaban el cerro más alto de la península para colocar la Santísima Cruz o el Santísimo Madero, y el lugar fue cambiando conforme pasaban los años, pero siempre con la misma fe, devoción, y las tradiciones y costumbres andinas, de velar a la Santa Cruz en la víspera del primer sábado de mayo; y compartiendo las comidas y bebidas típicas de la sierra, ofrecidas de voluntad por los fieles devotos, que se promesaban en un cuaderno especial, y registraban sus donativos, desde una humilde velita misionera, hasta un conjunto de danzantes de tijeras con su marco musical y castillos y fuegos artificiales. Y pasaron los años, y la fiebre del hierro legó a oídos de miles de peruanos de la costa, sierra y selva…y llegaron a Marcona los mejores soldadores, mecánicos, carpinteros, perforistas, transportistas…y los mejores futbolistas del Perú… Marcona se convirtió en un campamento minero, con todas las comodidades al estilo norteamericano, época de oro, en la que hoy solo quedan casas de material noble abandonadas y campos deportivos… a los cuales regresan todos los años, miles de marconinos, marconeños o porteños, a compartir un emotivo reencuentro…Son marconinos desperdigados por el mundo, pero que añoran a su San Juan de Marcona, puerto querido y a los veranos interminables, con festivales artísticos y grandes campeonatos deportivos de fútbol, fulbito, vóley y natación.
La comunidad de San Juan de Marcona, el primer puerto minero del Perú, en aquellos años, en las décadas del 60 al 90; esperaba el primer sábado de mayo, para rendir homenaje al santísimo madero que protegía al pescador, al minero, al comerciante, al profesor, al futbolista, al transportista, al viajero; que los ayude a conseguir trabajo y que los proteja de todo mal; en especial de un posible maremoto, peligro latente desde tiempos inmemoriales.
Mi familia alcanzó a g***r de grandes y hermosas misas de fiesta, el mismo 3 de mayo, el primer sábado de mayo, día central, al mediodía; en su capilla ubicada en la entrada de la ciudad, sobre un pequeño cerro, al frente de la única estación de servicios de esa época. Como no recordar al padre Rafael Keyes, colorao irlandés, que nos hablaba del significado del color verde, de los santísimos maderos…”es el color de la esperanza, de nuestra fe, de nuestra devoción…” y el viento de Marcona, con la inconfundible brisa de mar, revoloteaba los pocos cabellos del padre Rafael…en aquellas misas de mediodía, que terminaban con un baile de marinera por una parejita de niños devotos y baile de negritos, ofrecidos por fieles devotos de Ica y Nasca... y compartiendo sanguches y exquisitos platos típicos de todo el Perú…la voluntad de los devotos, agradecidos con la Santa Cruz de Marcona… en medio de tremendos camaretazos que se prolongaban con ecos sobre el mar.
Cinco décadas después:
LOS DANZANTES DE TIJERAS DE MARCONA,
ANTE LOS TRES SANTÍSIMOS MADEROS
DE LA PAMPA DE YAUCA Y DE COCHARCAS
Antes y durante la pandemia, los viajes desde la ciudad de Ica hacia el Santuario de la Virgencita del Rosario de Yauca, eran frecuentes. Ahora, tres generaciones se postraban ante la milagrosa Virgencita de Yauca y luego nos dirigíamos en familia, a saludar a la Santísima Virgencita de Natividad de Cocharcas, unos cuatro kilómetros más al oeste, rumbo a la sierra. Y en ese trayecto, entre el famoso Santuario yauquino y la iglesia de la Virgen de Cocharcas, observamos en un cruce de caminos, en pleno desierto; dos maderos pequeños y uno mayor, alto, imponente, una cruz de huarango; protegiendo a los hombres y mujeres de fe, peregrinos de ayer, de hoy y de siempre. Un día mi anciana madre, luego de haber conocido por primera vez a la milagrosa imagen de la Virgencita de Natividad de Cocharcas, mi madrecita exclamó…”es tan jovencita, mira que hermosa carita, fresca y lozana…!!” y las lágrimas se escapaban de los ojitos de mi madre, orando y conversando con la virgencita, agradeciendo por el milagro de haber salvado la vida, de sus dos retoños, aquellos danzantes de tijeras nacidos a orillas del mar, pero con sangre de mar, de hierro y de los andes; que hoy, ya maduros, con sus hijos, la tercera generación de fieles devotos; acuden a los santísimos maderos del valle de Ica, buscando un momento de paz, suplicando al Creador, a todos los santos y a las almas benditas, su protección; en el ojo del huracán, en plena guerra contra el Covid 19.
Y en otro día, la madre y abuela, que llegó desde el mar; decidió rendir homenaje a los tres santísimos maderos, al mayor y a los dos pequeños; confeccionado tres hermosos mantos, para entregarlos con fe y devoción, al lado de sus hijos y sus nietos. “Están sin vestido, solos y olvidados, en esta pampa tan grande, y tan cerca de la mamita de Yauca y de la mamita de Cocharcas…” dijo la abuela de hierro y de brisa de mar. Y la familia regresó con la promesa, y vistieron a los tres maderos; y, juntos, con mascarilla y protector facial, ofrecieron una sentida oración, pidiendo a Dios, a nuestro Señor de Luren, a la Virgencita de Chapi y a las Virgencitas del Rosario de Yauca y de Natividad de Cocharcas, y a los tres santísimos maderos del desierto; terminen con esta pandemia que azota al mundo, y nos protejan de todo mal…Amén.
Un año después, la familia de la tierra del hierro y del mar, retornó a la pampa de Yauca, y observaron con alegría, los tres santísimos maderos, con sus mantos color blanco y dorado, intactos…sin que el sol o los vientos paracas hayan dañado sus costuras y sus pliegos…intactos, señal que el Señor está con nosotros, y señal que la pandemia, después de dos largos años, está a punto de terminar… Y retornan a sus hogares, cada uno de los “danzaq”, con sus familias…van derramando lágrimas pero con una sonrisa de alegría, de sobrevivir ante la pandemia.
La guerra contra la pandemia continúa, y la abuela que llegó al valle de Ica, desde el mar, lanza un par de ajos y cebollas, a los nietos más pequeños, que están usando mal, la mascarilla, poniendo orden…y mi madre va llorando por dentro, mientras arregla la cabellera de su última nieta…la última de la dinastía, y el automóvil va avanzando y por las ventanillas va observando el desierto, pero no ve esos hermosos paisajes….ella va observando con alegría pero en silencio, a su abuelo Fernando, al frente de una cuadrilla de aguerridos abre caminos, hombres con pico, pala y barretas; y al lado sus mujeres cargando a sus niños a la espalda, bien fajados; sirviendo chicha de jora al marido, abasteciendo con coca, pan y comida; gente que se destroza las manos desde los andes, en su busca de su destino, rumbo al mar…y observa con alegría a su madre, mi abuela Julia, con mi bisabuela Natividad…
Y como aplauden las viejitas desde el cielo… a sus dos nietos y biznietos, dominando con destreza las tijeras de cartón y de metal, al compás del arpa y del violín…y las lágrimas van bajando, mientras que la mujer que trajo al mundo, a sus dos queridos “danzaq”, la mujer que le dio pelea a la vida, goza unos minutos de paz y tranquilidad, de regocijo y satisfacción.
Ha cumplido su promesa, de rendir homenaje a su Santísima Cruz de Marcona, a la distancia; el santísimo madero que la protegió desde niña, de la furia del mar…y por ironías del destino, ahora, desde un mar de arena, pero con la misma fe, desde aquél cruce de caminos, entre el Santuario de la Virgen del Rosario de Yauca, y de la pequeña iglesia de la Virgencita de Natividad de Cocharcas… eleva sus plegarias ante los tres santísimos maderos de huarango, los guardianes del desierto iqueño…los mismos que protegieron a nuestros montoneros patriotas iqueños, enviados por el general don José de San Martín, en sus correrías, combatiendo a los españoles, hace 200 años… y el carrito sigue avanzando por la vía asfaltada, y mi madre no quiere que termine el viaje… porque nadie comprende lo que siente en su corazón.
Solo los fieles devotos que han pasado muchas pruebas, a lo largo de sus cortas vidas… de sufrir golpes y caídas, de triunfos y fracasos, de sufrir la pérdida de sus seres más queridos….de volver a levantarse, una y otra vez…solo ellos, tal vez comprendan, la fortaleza del ser humano, que lo ha perdido todo y que vuelve a empezar… sacando adelante a sus hijos, con más fuerza, con fe y devoción...levantándose todas las madrugadas que le quedan…encomendándose a Dios y suplicando por la protección de su familia… con la señal de la Santa Cruz.
Ica, 3 de mayo del 2021
Mag. Juan Carlos Romaní Chacón