05/06/2023
El toro se enraíza de tal forma en los Andes que, además de valorarlo como fuerza de trabajo agrícola y como fuente de alimento, es asumido como un ser mítico, propio y que pertenece, incluso, al tiempo ‘prehumano’ que “(…) según los indígenas, el toro pertenece al mundo presocial de los machu y, como otros seres de aquellos tiempos, vive ahora en las profundidades del subsuelo y, a menudo, también en el fondo de las lagunas. O sea que los indígenas consideran los toros tan genuinamente andinos que los consideran anteriores a ellos mismos.” (Moliné, 2003).
Por otro lado, le atribuimos cualidades y capacidades divinas asociadas a la vitalidad, virilidad, fecundidad y resguardo, que se manifiestan en las corridas de toros, ritos de paso, de iniciación y se colocan, siempre en pareja, sobre los techos de las casas recién construidas.
A los toros los engalanamos, los vestimos con textiles y adornos vistosos, les hacemos ritos y pagos. Es un ser mítico y sacro, tanto como el Cóndor, con quien se le equipara en el Turupukllay o, también, le damos otro rol más salvaje y divino cuando se busca al toro más bravo o “salk’a” para que sea la figura central de las corridas, en las que no se le mata.
En Ch**ca Pupuja, una comunidad del distrito de Azángaro en Puno, realizan un tipo de toros en cerámica en la que combinan técnicas tradicionales propias del altiplano andino con la técnica de la cerámica vidriada occidental. Así, llegamos a tener al denominado Torito de Ch**ca Pupuja, el mismo que hemos engalanado con textiles a base de fibra de algodón nativo y fibra de alpaca siguiendo técnicas precolombinas de tejido.