21/06/2023
JUAN MANUEL POLAR
"Con ocasión del descubrimiento de la estatua en bronce que, en 1936 y a los cinco meses de su fallecimiento, erigió el Colegio de la Independencia Americana a don Juan Manuel Polar, se dijo en discursos y periódicos mucho sobre la persona de tan legítimo maestro. No obstante, me parece que son poco numerosas las per-sonas que lo han ubicado certeramente. Tratándose de un ciudadano tan prominente en el Perú, es muy encomiable que, por lo menos, a los arequipeños se les llené la boca al pronunciar su nombre; pero hay, realmente, cierta desorientación en ellos. Quién considera a don Juan Manuel como un estadista y quién ha querido definirlo como un gran político. Unos juzgan que su mayor mérito fue el de pensador y escritor y a otros se les ocurre que su más alto distintivo estuvo en su elocuencia y su oratoria; y hay muchos que están seguros de acertar considerándolo como un perfecto franciscano. —Naturalmente que este multicolor criterio sobre don Juan Manuel revela lo polifacético de su personalidad; y lo cierto es que lo acompañaron realmente todas las virtudes atribuidas; y, además de esas, otras que no han sido divulgadas. Pero lo equivocado de todos está en que no se ha sabido reunir en un haz todos esos atributos. —Don Juan Manuel Polar fue un maestro, un verdadero maestro. Nada menos; y ese es el haz. Maestro en todos los aspectos de la vida, con talento, con honradez, con deli¬berada pobreza, con bondad — ¡suprema bondad! — y con arte.
(Me perdonará el espíritu de don Juan Manuel que yo diga en este paréntesis hasta donde lo llevó su bondad: hasta no tener un instante de tranquilidad a la noticia de una desdicha ajena en tanto que ella no fuese remediada; empleando él para eso los modos más delicados y anónimos; y que divulgue que el calor de su bondad alcanzó por igual a gentes “buenas” y “malas”, sin detenerle la acrimonia reprobante que le prodigaron muchos “justos”.— Y yo digo hoy: —¿Cómo juzgarán esos “justos” la actitud de Pío XII que, con motivo de la Navidad, ha mandado una hermosa bendición a toda la humanidad sin distingüendos de blancos y rojos?).
Cuando descubrimos su monumento, yo hice un paralelo entre don Juan Manuel Polar y el patriarca de los niños y su Yasnaia Poiliana; después he pensado en sus concomitancias con George Bernard Shaw al recordar su dicho de que los niños “son las únicas personas decentes”; y alguna vez encontré en él mucha semejanza, con José Martí en su amor por el campesino y la tierra. Lo cierto es que cada vez siento más justificada, la dedicatoria que puse yo en su estatua: “¡Al más querido maestro de todos los tiempos!”.
Cuando don Juan Manuel Polar cumplió treinta años de servicios en el Colegio de la Independencia Americana, conjuntamente con don José Mariano de Rivera y don Federico M. Ugarte, todos sus com-pañeros acordamos hacerles un homenaje. Don Juan Manuel lo declinó y los festejos no tuvieron su presencia. Es posible que entonces hubieran gentes que no comprendieron el significado de su actitud ajena a todos los alardes y a las demostraciones. Yo creo que entendí esa postura que no significó desdén ni desafecto sino algo muy noble que es patrimonio de los espíritus tímidos y selectos… Consecuente con mi creencia, no insisto en perturbar sus manes continuando mis ponderaciones. Quiero solamente ahora relatar unas ocurrencias pintorescas habidas dentro del plantel.
Algo de lo más difundido es el cariño que sus alumnos de colegio tenían por don Juan Manuel, muy señaladamente los de primera educación, a los que él distinguía mucho. Las mañanas estaban destinadas por él para “sus piojos” de primaria; y cuando llegaba, a la primera hora, al Colegio, yo dejaba invariablemente todo quehacer de Director y le acompañaba hasta su aula del día. Los chiquillos ya habían adelantado una comisión receptora que requería de su maestro la entrega de los anteojos, la cigarrera, los fósforos, la libreta de anotaciones para alinearlos anticipadamente sobre el pupitre. La clase integra esperaba ansiosa, diariamente, como si cada día fuese la primera vez, después de mucho tiempo, de la llegada de una persona muy querida. A continuación, bullicioso saludo; y después, ya en trance de clase, venían las informaciones. El maestro sabía por sus alumnos todas las ocurrencias habidas en la ciudad durante las últimas veinticuatro horas. Las noticias resultaban siempre sabrosas, aun tratándose de cosas tristes, y eran, sobre todo, exactas. Nadie más capacitado ni más seguro que el niño para dar informaciones evi-dentes. Y comentarios justos.
Las horas siguientes de la mañana le servían a don Juan Manuel para sus enseñanzas, ciñéndose a los programas oficiales hasta donde era conveniente. (“Hasta donde era conveniente” porque sabía el maestro, como el mejor, cuán torturantes son esos documentos ininteligibles. Por supuesto que él se los “pasó por las narices” siempre a vista, paciencia y complicidad mías. Solía decirme: “¿Cree usted que realmente enseñamos en el Colegio? Con esta organización, con estos planes y estos programas no hay ninguna posibilidad. Mucho será que logremos despertar aquí en los muchachos inclinación al estudio”).
Cierta vez quedé asombrado, en camino, a la clase de primaria de don Juan Manuel, porque la comisión de recepción no se presentó ante nosotros. En el aula nos recibieron los chiquillos muy respetuosos pero compungidos y silenciosos. Tratándose de la clase de don Juan Manuel, el asunto así parecía, serio. Y así era. Los chicos estaban castigados. La pena consistía en que su maestro había suprimido los saludos entusiastas, las noticias y los comentarios. Hablaría él lo estrictamente necesario para dar su clase... ¿Qué había ocurrido? Algo inevitable, pero sensacional, en cierto modo. El día anterior los “piojos” le habían birlado de la petaca unos ci*******os, contando, sin duda, con el inveterado descuido de su maestro, quien desde días anteriores venía sintiendo sus dudas porque al sentarse ante el pupitre tenía la sensación de un humillo denunciante en el ambiente lo que se acondicionaba a ciertos vacíos inusitados en la cigarrera. — A pedido solemne de una comisión de los más pequeños tuve que poner mi influencia ante el maestro —que estaba más acongojado que los propios alumnos— para que depusiese su severa actitud. Por la tarde, al terminarse las labores del día en que don Juan Manuel decretó su amnistía, fui llamado al patio de recreo donde habían quedado sin salir a sus casas los chicos de la clase interdicta: estaban haciendo pasar, a golpe de puño, las horcas caudinas y el callejón oscuro a un compañero grandulón. Se trataba del autor del desafuero que había mancillado el honor de todos sus compañeros a quien ellos no habían acusado por el lema del Colegio:
— ¡No delatarás!
En otra vez los chiquillos le trajeron a don Juan Manuel dos noticias sensacionales: el día anterior había habido un reparto de golosinas y comestibles en determinada plazuela, a iniciativa de los rotarlos y, también, por pedido de éstos, la policía había barrido de las calles a los mendigos “que daban nota denigrante a la ciudad”. Cuando terminó su clase, el maestro vino a mi despacho y me dijo: —¿Usted es rotario? Lo siento, pero no puedo contener mi indignación. ¡Hacer repartos o limosnas a pleno sol, avergonzando hasta la médula a los pobres! ¡Echar a los mendigos de la calle —su único refugio— quitándoles el derecho de pedir para comer, sólo por consideraciones de ornato local! ¡Qué escándalo! La verdad es que yo quedé impresionado, incómodo, angustiado. Pedí una licencia indefinida al Rotary y aún no he regresado. De esto hace muchos años.
En el Colegio, don Juan Manuel hizo presente siempre su enemistad por los murmuradores. No consentir ese tan socorrido afán de penetrar en las vidas privadas ajenas fue una de sus preferentes lecciones y no por el “qué dirán” sino por dignidad propia. En estos días he leído un librito modesto que contiene, perdidas en sus páginas, estas palabras: “No debe consentirse en que se murmure de uno. Es indigno permitir que los desconocidos penetren en nuestra vida privada. La dignidad es una de las cosas más importantes del mundo. La reserva, otra. Por mucho que se sufra, por muy desgraciado que se sea, se debe mantener la dignidad y la reserva personal. ¿Sólo así se conserva el respeto a uno mismo? sin el cual la vida se hace intolerable”. Esto lo hubiera suscrito, con todo decoro, don Juan Manuel.
Cierta vez, don Juan Manuel fue padrino de matrimonio de un exalumno. La familia del maestro consideró que necesitaba un traje adecuado para tan decorosa ceremonia, pues se encontraba — como siempre — su terno diario abrumado de rodilleras y zurcidos. Resignado don Juan Manuel, lució algo de corte perfecto y de hechura mejor. Pocos días después, el vestido pasaba a manos de otro exalumno padre de familia y de posibles muy recortados. Esto lo supe de manera muy casual. Los procedimientos del maestro en este aspecto eran radicalmente, rabiosamente discretos. Tanto que nunca se ha llegado a saber cuántas fueron las familias pobres que contaban con su ayuda mensual. Pero, además, no solo se trataba de su preocupación por el malestar material de sus amigos y de sus prójimos. Los conflictos morales, los desequilibrios hogareños, las asechanzas del mal, de la envidia, del cinismo que se organizan por los ensimismados o los prepotentes, por los egoístas o los atrabiliarios, por los insaciables y los codiciosos: toda esa secuela de maldades y de malvados que abruman a los vulnerables y a los pasibles, a los tímidos y a los caballerosos, le infundían a don Juan Manuel fuerzas de defensa y de acierto que nunca empleó en favor propio sino para calmar otras angustias y a otros angustiados, a quienes confortaba y acorazaba con cariño, como San Vicente de Paul, y, como éste, con delicadeza, con respeto por sus dolores. Solamente los clamores de esos deudos auténticos dieron la noticia aproximada de su obra el día de su sepelio, en que no hubo discursos sino lágrimas. Las lágrimas de los que se quedaban desamparados de su ayuda, de su consejo, de su estímulo, de su consuelo, de su compasión. Lágrimas que él no podía ya impedir como impidió los discursos; porque antes de morir obtuvo la promesa de que lo llevaríamos al cementerio a las cuatro de la madrugada, silenciosamente. Quiso irse al descanso de la tumba antes de que el sol que tanto amaba asomase tras el Pichupichu. Mas, lo traicionamos en aras del odiado pero temible convencionalismo social. Fue una tarde gris del verano agonizante, una tarde umbría —valleinclanesca — “que tenía esa claridad otoñal y triste que parece llena de alma”, que pasó su cuerpo por las calles de la ciudad, rumbo a la Apacheta, en hombros de una infinita multitud sollozante, sin más palabras que las del salvaje tañido de las lúgubres campanas de Arequipa cuando tocan a mu**to."
Horacio Morales, "Memorias de un Colegio Centenario", 1957.