18/01/2026
Carta a Rubén Darío
Querido Rubén:
Tu vida ha sido y es una inspiración para quienes nos dedicamos al arte de escribir y para todas las personas, pues tu maestría es inigualable, llena de disciplina y de transformaciones para alcanzar tus objetivos personales.
Desde pequeño, tu vida estuvo marcada por desafíos. Tus carencias familiares fueron el inicio de una existencia en soledad y melancolía, notables en el estilo de tus versos; esos que acompañaron tu capacidad intelectual para describir las emociones que vivías. Tus amores fueron la viva demostración de ello; tus primeras ilusiones agregaron una grieta más a ese corazón abandonado. Sin embargo, esto no te detuvo, porque estoy seguro de que, aunque hubieses logrado tu primer amor, eso no iba con el objetivo principal que te impusiste: salir al mundo.
Te imagino en esos días en la Biblioteca Nacional, esa que hoy lleva tu nombre... sentado en una mesa antigua, dedicado a leer las grandes obras o aprendiendote el diccionario completo; lecturas interminables que embelesaron tu intelecto antes de emprender tu viaje hacia Chile, la tierra que abrió sus puertas para dar paso a tu obra maestra, Azul.... Y así como es el arte azul, siempre llevaste el azul y blanco en el pecho.
Qué privilegio sería conocerte en persona, ver la cara de maravilla de quienes te escuchaban en las tertulias donde declamabas algún poema famoso, o escuchar de viva voz tus críticas sociales, políticas o filosóficas; esa lucidez de tu pensamiento ilustrado y la franca voz de tu sabiduría. Seguro fuiste como somos los nicaragüenses: una persona cercana, con la habilidad de saber escuchar, de aprender y enseñar, consciente de que tu mejor aporte sería el legado de tus letras.
¿Qué culpa tenés vos de que te hayamos puesto la etiqueta de alcohólico? Si lo que hacías en tus noches bohemias solo era alegrar con algún verso a los comensales, estoy seguro de que eso nada tiene que ver con la genialidad y dedicación de tus proyectos literarios, que siguen siendo exitosos. Tus obras de referencia nacieron de tus tantos momentos de sobriedad.
Tu vida fue extraordinaria; cumpliste tu propósito: un hombre que conoce al mundo y el mundo lo conoce a él. Esas noches en París, visitando algún café; esas noches en Buenos Aires, escuchando tango y bebiendo mate; ese roce con la gente fina y la sencillez de otros. Esas noches solitarias donde solo veías pasar el tiempo escribiendo, sumergido en la nostalgia para que naciera un bello poema o una prosa llena de luz. Maravillosa vida solitaria, el precio que paga un hombre como tú, que pone de primero su destino y su desarrollo espiritual.
¿Intuiste la hora de tu muerte? Yo creo que sí. Fue tal tu presentimiento que, al sentirte enfermo, regresaste a tu país, a tu ciudad siempre colonial, León, con la esperanza de calmar tus dolores físicos y encontrar la paz que se siente cuando se acerca el final. ¿Sentiste paz? Tu búsqueda duró tus 49 años de vida, y al verte postrado, hiciste el recuento de tu historia. Quizás anhelaste que fuera diferente, pero recordaste que, tal como fue, fuiste lo que deseaste ser. Pediste perdón a Dios y perdonaste a quienes dudaron de ti, dando gracias por la semilla que el mundo degustó en cada uno de tus años.
Gracias, Maestro Rubén Darío, por tu enorme construcción al mundo. Gracias al Universo por depositar tu semilla en esta tierra tropical y fraterna: nuestra Nicaragua. Gracias por enseñarnos que el tiempo, la paciencia y la dedicación son herramientas para crecer. Así, cada nicaragüense buscará dar lo mejor, cumpliendo tu sueño: "Si la patria es pequeña, uno grande la sueña".
Maestro, amigo y colega: desde donde estés, sigue cosechando esa lírica con cantares angelicales. Que al fin hayas encontrado el descanso que merece tu alma. Tu legado queda vivo y siempre actual.
Con un abrazo fraterno se despide de ti,
El poeta Leonardo Gamboa.