22/11/2023
Esta es una de las cartas más importantes y más confidenciales de Darío en referencia a las intrigas por parte de sus enemigos para difamarlo y construir una imagen muy errada que hasta la fecha ha llevado a muchos a pensar que Darío fue solamente el poeta de los versos bellos y un “borracho”.
A José Madriz, desde Madrid, 14 de noviembre, 1908 (personal y muy íntima).
Muy querido amigo: Acabo de recibir tu carta que contesto en seguida. No me ha llegado aun el folleto del doctor Martín. Tengo una alta idea de sus dotes intelectuales y pude apreciar sus cualidades de cortesía y de distinción. Dado tu autorizado y seguro juicio sobre el trabajo de que me hablas, no dudo de su importancia, y al recibirlo, según tu deseo, me ocuparé yo y haré que se ocupe de él la prensa de esta corte.
Ahora, como sé que me quieres desde los primeros tiempos de nuestra amistad, y que te interesan mis cosas, voy a hablarte algo de mí en el seno de la mayor cordialidad tanto por la familia real como por la sociedad y por la prensa. Instalé la Legación lo mejor que pude y con los muy escasos elementos que me dio el Gobierno.
No te puedes imaginar los apuros que he pasado para poder sacar bien de tanta emergencia mi decoro y el del país. Al enviarme allá no sé lo que pensaron, la cosa resultó como a la fuerza, como una satisfacción a mis amigos, como una consecuencia de la ovación nacional y algo así como la concesión de un gasto inútil para un ministro considerado simplemente como decorativo. A todo esto me despacharon sin viáticos; en New York me dio algo Pío Bolaños, en resumen, llegué a Madrid sin los fondos necesarios, ni aún para los simples gastos de recepción. Pero en fin, después se me envió algo y pude salir del paso más o menos bien.
Fíjate que en todo esto no se trata de mí, sino del Representante de Nicaragua. Pues bien, todo esto es nada para lo que sigue. Desde que tomé posesión de mi cargo, Medina comenzó una intensa campaña, sin descanso, de intrigas ruines. En unión de un antiguo empleado mío a quien tuve que echar por inepto. No hay correo por el que no le envíe al Presidente alguna sarta de horrores. Y lo grave del asunto es que el Presidente se inclina a dar crédito a semejante informador sabiendo la antigua inquina y el odio que no sé por qué me profesa ese hombre. El General también tiene en su círculo otros elementos que me son contrarios; que no tienen ninguna idea de lo que yo soy y de lo que valgo fuera de Nicaragua y sobre todo en España, y que no cesan de repetirle la mala y gastada leyenda de bohemias y borracheras.
Allí se cree que yo hago una vida de escándalo y de vicio, como si eso me lo permitiese primero mi orgullo personal y después una corte tan exigente como la de España. ¿No pueden pedir ni quieren informes a gentes de dignidad en Madrid? ¿No estuvo viviendo en la Legación Santiago Argüello? ¿Vale nada todo eso? En fin, mi querido José, que estoy a punto de un momento a otro, a poner mi renuncia. El sueldo que gano es simplemente el mismo que tenía siendo cónsul, con doscientas pesetas más…y solo la casa me cuesta cuarenta duros. Y hay que tener coche y hay que hacer vida social. ¿Cómo? ¿De qué manera? ¿Con qué?... Todo esto te lo digo, naturalmente, en toda confianza, para que me des tu parecer y pueda yo resolver de firme.
Luis me ayuda admirable y eficazmente. Para él, renunciar sería dar gusto a mis enemigos. Pero yo no soy hombre de esas ásperas luchas, no puedo con la intriga y a causa de mis nervios y de sensibilidad, todo lo veo aumentado y por el lado trágico. Aguardo, pues, con ansia tu respuesta. Ve si puedes desde allí, de acuerdo con Luis, pararme algún golpe. Será una nueva prueba de afecto que ha de agradecerte en el alma, tu viejo amigo
Rubén Darío