Kathiagurumis

Kathiagurumis Si lo puedes imaginar, se puede tejer❣️
(1)

15/08/2026
12/08/2026

Llaveros abrazo 🫂

11/08/2026

Mi reel más personal🥺
Últimamente no he estado muy bien, las ganas de tejer se me fueron por completo 😵, pero ya andamos de nuevo por aquí, con más ganas que nunca de seguir 🫶🏻

10/08/2026

Es hora de ponerme a tejer 🪡🧶🤪

🎉 ¡Facebook me reconoció por iniciar conversaciones interesantes y generar contenido inspirador entre el público y mis p...
06/08/2026

🎉 ¡Facebook me reconoció por iniciar conversaciones interesantes y generar contenido inspirador entre el público y mis pares!

Las tejedoras no solemos medir el tiempo en minutos...Lo medimos en vueltas, en aumentos, en disminuciones. Sabemos exac...
29/07/2026

Las tejedoras no solemos medir el tiempo en minutos...

Lo medimos en vueltas, en aumentos, en disminuciones. Sabemos exactamente cuánto tarda una cabeza, cuánto lleva un brazo, cuántas noches faltan para terminar un pedido. Por eso Clara supo que algo estaba mal, no porque mirara el reloj, sino porque recordaba perfectamente un trabajo que ya no existía.

Aquella mañana comenzó como cualquier otra. La alarma sonó a las siete, después volvió a sonar a las siete con diez. Se levantó, se preparó para ir al trabajo y, antes de salir, decidió avanzar unos minutos el conejo de amigurumi que estaba haciendo para una clienta. Solo quería terminar una oreja. Recordaba perfectamente haber contado las vueltas, haber rematado el hilo, esconder la hebra, e incluso recordó haber pensado:

"Ahora sí quedó igualita a la otra"

Miró el reloj, las siete con veinticinco. Tomó las llaves, cerró la puerta, subió al coche. Todo era completamente normal: el tráfico, los semáforos, las personas caminando. Incluso comenzó a preocuparse porque iba justa de tiempo, pues entraba a trabajar a las ocho. Faltaban apenas unas cuadras para llegar cuando miró el reloj del tablero: las siete en punto. Frunció el ceño, pensó que el reloj del coche se había desconfigurado, sacó el teléfono, y también marcaba las siete.

Llegó al estacionamiento, el vigilante apenas estaba levantando la cortina.
—Qué temprano llegaste hoy.

Clara sintió un vacío en el estómago; todo indicaba que apenas comenzaba la mañana, pero ella recordaba haber vivido una hora completa. Una hora entera, no unos minutos, una hora. Durante todo el día intentó convencerse de que simplemente había confundido la hora.

Hasta que volvió a casa. El conejo seguía sobre la mesa, la oreja no estaba, la hebra seguía sin cortar, la aguja lanera permanecía clavada exactamente donde la había dejado antes de empezar. Clara permaneció varios minutos inmóvil. Ella recordaba haber terminado esa pieza, no tenía ninguna duda. Podía recordar incluso la tensión del hilo entre sus dedos, el sonido de las tijeras, la forma en que escondió la última hebra. Pero nada de eso existía; pensó que el cansancio comenzaba a afectarla.

Tres semanas después volvió a ocurrir, otra hora desapareció. Esta vez estaba tejiendo el cuerpo de un osito. Recordaba perfectamente haber colocado los ojos de seguridad, incluso recordó haber dudado si separarlos nueve o diez puntos. Cuando regresó a casa, la bolsa de ojos seguía completamente cerrada, nunca había sido abierta.

La clienta le escribió esa misma noche preguntando por el avance, y Clara respondió:

—Hoy terminé el cuerpo.

En cuanto envió el mensaje sintió un escalofrío. Miró la mesa: solo había una cabeza, el cuerpo jamás había existido.

Comenzó a investigar y encontró relatos de personas que hablaban de "la hora perdida". Algunos culpaban a los duendes, otros hablaban de abducciones, otros aseguraban que existían lugares donde el tiempo simplemente dejaba de comportarse como debía. Pero hubo una frase que apareció una y otra vez:

"No intentes demostrar que esa hora ocurrió."

Naturalmente hizo lo contrario. Empezó a fotografiar cada avance, pero las fotografías desaparecían. Escribió notas, pero las notas amanecían en blanco. Grabó videos, pero los archivos nunca existieron. Entonces decidió hacer algo imposible de ignorar: con un marcador permanente escribió sobre la vieja mesa de madera del taller:

HOY TERMINÉ LA OREJA

No era una hoja, no era un cuaderno, era la propia mesa, la superficie donde llevaba años trabajando. Si la frase desaparecía, tendría que quedar alguna marca.

Esa misma tarde, al regresar del trabajo a casa, el corazón comenzó a latirle con fuerza. Corrió al taller para revisar la madera. La frase seguía allí, exactamente como la había escrito, pero debajo había otra, escrita con una caligrafía que no era la suya:

NO

Clara sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo. Durante varios minutos permaneció observando aquella única palabra: "No". No decía quién la había escrito, no respondía ninguna pregunta, solo negaba algo. Miró el conejo, la oreja seguía sin existir. Entonces comprendió qué era lo verdaderamente aterrador: no había pruebas de que esa hora hubiera ocurrido, pero tampoco existía ninguna prueba de que no hubiera ocurrido. Solo tenía sus recuerdos y una palabra escrita por alguien más.

Aquella noche no pudo dormir. Pasó horas intentando recordar aquella hora desaparecida. Cada vez que cerraba los ojos recordaba perfectamente el movimiento del gancho, la tensión del hilo, el sonido de las tijeras, la satisfacción de terminar la oreja. Todo parecía real, demasiado real. Hasta que, por primera vez, se hizo una pregunta que jamás había considerado: si recordaba con tanta claridad haber tejido... ¿por qué en ninguno de esos recuerdos podía verse a sí misma?

Siempre veía el gancho, el hilo, el amigurumi, las manos, pero nunca recordaba quién sostenía el gancho. Desde entonces, cada vez que vuelve a perder una hora, Clara ya no corre a revisar el reloj. Corre al taller, se sienta frente al proyecto y permanece varios minutos observándolo en silencio, no para comprobar si avanzó, sino para hacerse siempre la misma pregunta: si realmente fui yo quien tejió durante esa hora... ¿por qué ya no puedo recordar de quién eran esas manos?

Así no se puede... Oiga 😆😆🤭🤭
25/07/2026

Así no se puede... Oiga 😆😆🤭🤭

Upsss, pero se lleva información importante 😜
24/07/2026

Upsss, pero se lleva información importante 😜

 # El amigurumi que aprendió su nombreMara quería tejer algo que no existiera en ningún patrón. Eligió hilo gris, ojos n...
23/07/2026

# El amigurumi que aprendió su nombre

Mara quería tejer algo que no existiera en ningún patrón. Eligió hilo gris, ojos negros y una sonrisa mínima. Antes de terminar la cabeza decidió llamarlo Nilo.

Mientras avanzaba, comenzó a imaginar quién era.

Nilo odiaba la luz intensa.

Nilo miraba siempre hacia las puertas.

Nilo se ponía triste cuando ella salía.

Cada vuelta le añadía un recuerdo que nunca había sucedido.

—Te encontré bajo la lluvia —le dijo una noche—. Por eso no te gusta quedarte solo.

Cuando terminó, lo dejó sobre la mesa y se fue a dormir.

Horas después escuchó tres golpes desde el taller.

Tac.

Tac.

Tac.

A la mañana siguiente, Nilo estaba frente a la ventana. Mara recordaba haberlo dejado mirando hacia la puerta.

Siguió inventando cosas sobre él. Decidió cómo sonaría su voz y qué palabras usaría.

Entonces comenzaron las frases.

No tardes.

Apaga la luz.

Quédate conmigo.

Al principio aparecían dentro de su mente. Mara creyó que estaba demasiado concentrada en el personaje.

Hasta que una noche oyó la misma voz en el pasillo.

—No tardes.

No sonó dentro de su cabeza.

Sonó detrás de la puerta.

Cuando abrió, Nilo estaba sentado en medio del corredor. La hebra de su bufanda se extendía detrás de él, como si hubiera sido arrastrado desde el taller.

Mara lo encerró dentro de un cajón.

A la mañana siguiente apareció sobre la mesa. Después, junto a su cama. Finalmente, sobre la almohada, orientado hacia su rostro.

Fue entonces cuando comenzó a investigar.

Buscó relatos sobre muñecos que cambiaban de lugar y voces nacidas de pensamientos repetidos. En un foro antiguo encontró una palabra desconocida:

**Tulpa.**

Según aquellas historias, una idea podía adquirir voluntad si alguien la alimentaba con personalidad, voz y recuerdos.

Una advertencia se repetía:

**Lo creado no tenía por qué obedecer a quien lo había imaginado.**

Mara cerró la página y miró hacia la repisa.

Nilo ya no estaba allí.

Esa noche decidió deshacerlo.

Tomó unas tijeras y buscó la hebra con la que había cerrado su cabeza. Su sonrisa bordada no había cambiado, pero Mara tuvo la certeza de que estaba sonriendo de verdad.

Introdujo las tijeras bajo el último punto.

Las luces se apagaron.

Algo cayó de la mesa. Después escuchó pasos húmedos y pesados, demasiado lentos para un muñeco hecho de estambre.

Encendió la linterna.

Nilo había desaparecido.

Una hebra gris atravesaba el suelo y se perdía debajo de la cama.

Desde la oscuridad surgió su voz.

—Me encontraste bajo la lluvia.

Era la historia que ella le había regalado.

—No te gusta estar solo —susurró Mara.

—A ti tampoco.

El hilo se tensó alrededor de su muñeca. Una vuelta. Después otra.

Los puntos comenzaron a formarse sobre su piel.

Mara logró soltarse y encendió la luz.

Nilo estaba sobre la mesa. Entre sus manos sostenía una pieza tejida con hilo color piel.

Parecía un dedo.

Mara lo metió en una bolsa y lo abandonó lejos de casa. Cuando regresó, encontró la puerta abierta y a Nilo sentado en el sofá.

A su alrededor había una mano, un pie y parte de un rostro con cabello negro.

Las piezas siguieron apareciendo, aunque escondió todos sus ganchos. Algunas contenían cabellos suyos. Otras tenían marcas idénticas a las de su cuerpo.

Cada parte se parecía más a ella.

Entonces comprendió.

Había pasado semanas dándole a Nilo personalidad, voz y recuerdos.

Ahora él estaba construyéndola a ella.

Mientras dormía, escuchaba frases junto a su cama.

—Mara teme a la oscuridad.

Una vuelta.

—Mara nunca abandona a quien ama.

Otra vuelta.

—Mara pertenece a esta casa.

Con cada frase olvidaba algo: el rostro de su madre, la dirección de su trabajo, el sonido de su propia risa.

La última noche encontró a Nilo frente a una réplica terminada. Era un amigurumi idéntico a Mara, con su ropa, sus ojeras y una hebra gris alrededor de la muñeca.

—Tú no eres real —dijo ella.

Nilo inclinó la cabeza.

—Tú me enseñaste que repetir algo muchas veces termina haciéndolo verdad.

La copia levantó un brazo.

El de Mara cayó contra su cuerpo.

El muñeco dio un paso.

Ella cayó de rodillas.

Nilo tomó el pequeño amigurumi de Mara y lo colocó dentro del mismo cajón donde ella había intentado encerrarlo.

Después lo cerró.

A la mañana siguiente, los vecinos vieron a Mara salir de casa. Caminaba como siempre y respondía cuando la saludaban.

Nadie notó que su sonrisa era una sola línea negra, demasiado recta.

Dentro del taller continuaron escuchándose golpes desde un cajón cerrado.

Tac.

Tac.

Tac.

Y una voz humana, cada vez más débil, repetía:

—Yo te imaginé.

Desde el otro lado, Nilo contestaba con paciencia:

—Ahora imagina que nunca exististe.

El paseo que no hacía sola...Los personalizados siempre habían sido especiales para Sofía.No era lo mismo tejer un osito...
21/07/2026

El paseo que no hacía sola...

Los personalizados siempre habían sido especiales para Sofía.

No era lo mismo tejer un osito cualquiera, que intentar convertir en hilo algo que, para otra persona, había sido familia.

Por eso, cuando recibió el mensaje de Laura, supo desde el principio que aquel pedido no sería uno más.

—Hola, quisiera un amigurumi de mi perrito.

El mensaje venía acompañado por varias fotografías. En todas aparecía un schnauzer pequeño, de cejas despeinadas, barba gris y ojos oscuros, vivos, inteligentes. En una imagen llevaba un suéter rojo. En otra, una correa azul. En la última, descansaba sobre una manta beige, mirando directo a la cámara con esa expresión que tienen algunos perros, como si entendieran más de lo que deberían.

Laura explicó que se llamaba Bruno.

Había sido su compañero durante trece años.

Dormía junto a la puerta de su cuarto, la esperaba cada tarde al volver del trabajo y, desde que era cachorro, la acompañaba a caminar todas las noches por el mismo parque de la colonia.

Sofía leyó el resto del mensaje con un n**o en la garganta.

Bruno ya no estaba.

Había partido apenas unas semanas antes y Laura no lograba acostumbrarse al silencio de la casa. Quería el amigurumi porque necesitaba tenerlo cerca, aunque fuera de otra forma. Algo pequeño, suave, que pudiera abrazar cuando la ausencia se volviera demasiado grande.

Sofía aceptó el pedido de inmediato.

Trabajó despacio, con un cuidado casi reverente. Eligió el tono exacto del pelaje, bordó con paciencia las cejas espesas, la pequeña barba, la forma particular de las orejas y el ligero brillo de sus ojos. Incluso tejió el diminuto suéter rojo, tal como aparecía en una de las fotografías.

Cuando terminó, colocó el amigurumi sobre la mesa y lo observó durante varios segundos.

Era extraño.

No por el parecido, que era exacto.

Sino porque, por un instante, tuvo la sensación de que el pequeño Bruno de hilo no estaba posando.

Estaba esperando.

Se dijo que era cansancio, tomó las fotos del resultado y las envió.

Laura respondió casi de inmediato.

—Es él.

No hubo otra frase.

Solo esas dos palabras.

Cuando fue a recogerlo, llegó con los ojos hinchados, pero con una sonrisa temblorosa que Sofía no olvidaría. Tomó el amigurumi entre las manos como si estuviera sosteniendo algo frágil y sagrado.

—Gracias —dijo—. Sé que suena tonto, pero de verdad siento que voy a volver a salir con él.

Sofía no respondió. Solo le acomodó cuidadosamente la bolsita de papel y la vio alejarse.

Pensó que todo terminaría allí.

No fue así.

Tres noches después, Laura le escribió nuevamente.

Esta vez, casi a medianoche.

—Perdón por la hora. Necesito contarte algo, porque no sé si me estoy volviendo loca.

Sofía tardó varios minutos en contestar.

Cuando lo hizo, Laura mandó una nota de voz.

Su voz sonaba agitada, todavía temblorosa.

Le contó que, desde que recibió el amigurumi, había comenzado a llevarlo consigo en la bolsa cada vez que salía. No por exhibirlo. Simplemente le daba consuelo sentirlo cerca. Aquella noche había decidido retomar una costumbre que no había podido repetir desde la ausencia de Bruno: salir a caminar.

Tomó el amigurumi, lo sostuvo un momento contra el pecho y luego lo guardó en su bolso antes de salir. Recorrió las calles tranquilas de la colonia, pasando frente a las casas de siempre, intentando no pensar en cuánto se notaba la falta del tintinear de la placa o del sonido de las pequeñas patas trotando a su lado.

Al principio, el paseo fue normal.

Demasiado normal, incluso.

El aire estaba quieto. No había coches. Apenas alguna luz encendida tras las cortinas. Laura caminó hasta el parque y dio la vuelta por el andador principal. Fue entonces cuando notó a un hombre sentado en una banca, observándola.

No le dio importancia al principio.

Hasta que, al rodear la fuente seca para regresar, escuchó pasos detrás de ella.

Aceleró.

Los pasos también.

Apretó con fuerza el bolso contra su costado y siguió caminando, sin voltear.

El hombre la alcanzó a media cuadra, justo antes de la esquina más oscura de la calle.

—Ey, espérate.

Laura sintió que se le helaba la espalda.

No respondió.

Escuchó cómo él daba dos zancadas más, acercándose demasiado. Entonces oyó aquella frase tan común y tan terrible, pronunciada con una calma que daba aún más miedo:

—Dame la bolsa.

Laura se quedó inmóvil.

No supo si fue el terror o la costumbre, pero su mano se hundió dentro del bolso y encontró al amigurumi. Cerró los dedos alrededor del pequeño Bruno de hilo, como si sujetarlo pudiera servirle de algo.

El hombre dio un paso más.

Y se detuvo.

Laura dijo que el silencio que siguió fue insoportable.

Ya no sonaba su respiración.

Ya no sonaban los coches lejanos.

Ni siquiera el zumbido de la calle.

Solo un ruido suave, rítmico, conocido.

El golpeteo de unas uñas pequeñas sobre el pavimento.

Clac.

Clac.

Clac.

El delincuente levantó la mirada por encima del hombro de Laura y el color se le borró del rostro.

Retrocedió.

Primero un paso.

Luego dos.

Sus ojos no estaban puestos en ella.

Miraban algo a su lado.

Algo a la altura de sus piernas.

Algo que Laura no podía ver, pero que sintió con absoluta claridad.

Un calor cercano.

Una presencia firme.

Y el olor tenue, imposible, del shampoo de avena con el que bañaba a Bruno.

—No… —susurró el hombre, con la voz quebrada.

Laura, temblando, giró apenas la cabeza.

No alcanzó a ver un cuerpo completo. Solo una sombra baja proyectada sobre la banqueta, la silueta nítida de un perro pequeño con barba y orejas recortadas, erguido entre ella y el agresor.

Entonces escuchó el gruñido.

No fue fuerte.

No fue exagerado.

Fue exactamente el gruñido seco, breve y contenido con el que Bruno advertía antes de lanzarse cuando alguien se acercaba demasiado.

El hombre soltó una maldición, dio media vuelta y echó a correr.

Laura permaneció petrificada.

Ni siquiera intentó seguirlo con la mirada.

Muy despacio abrió el bolso.

Metió la mano.

Y encontró al amigurumi.

Seguía allí.

Inmóvil.

Suave.

Pero tibio.

Demasiado tibio para la noche fría.

Cuando por fin llegó a casa, cerró la puerta con llave, encendió todas las luces y dejó el amigurumi sobre la mesa. Quiso convencerse de que el miedo la había hecho imaginar cosas.

Hasta que notó algo.

Las pequeñas patas tejidas de Bruno estaban húmedas.

No mojadas.

Solo marcadas por una fina capa de polvo oscuro, como si realmente hubieran tocado la calle.

Sofía escuchó la nota de voz dos veces antes de responder.

No supo qué decir.

Laura continuó escribiéndole durante los días siguientes. Le contó que, desde aquella noche, había vuelto a salir a caminar. Siempre con el amigurumi en la bolsa. Nunca volvió a sentir miedo. A veces, al doblar una esquina, alcanzaba a escuchar unas uñas trotando a su lado. Otras veces, en los charcos, aparecía durante un segundo el reflejo de una correa azul moviéndose junto a su pierna, aunque ella no llevara ninguna.

Y, en más de una ocasión, vecinos que la conocían desde hacía años le sonrieron al verla pasar y preguntaron, con toda naturalidad:

—¿Ya te animaste a sacar de nuevo a Bruno?

Laura jamás les explicó nada.

Solo sonreía, apretaba la bolsa contra su costado y seguía caminando.

Una semana después volvió al taller de Sofía para agradecerle en persona. Llevaba el amigurumi entre las manos, con ese cuidado que se tiene hacia algo querido y vivo.

—Sé que suena absurdo —dijo—, pero creo que no me lo encargué solo para recordarlo.

Sofía guardó silencio.

—Creo que él también lo estaba esperando.

Antes de irse, Laura se detuvo en la puerta.

Miró hacia el suelo, a un lado de sus pies, y sonrió con una ternura repentina, íntima, como si alguien acabara de colocarse exactamente donde siempre había caminado.

Luego salió.

Y Sofía, desde dentro del taller, alcanzó a escuchar un sonido suave alejándose por la banqueta.

Clac.

Clac.

Clac.

El ruido inconfundible de unas uñas pequeñas siguiendo a su dueña hacia casa.

Desde entonces, Sofía sigue tejiendo personalizados.

Muchos.

Ositos, gatos, conejos, muñecas, perritos.

Pero cuando le encargan uno de una mascota que fue profundamente amada, procura bordar cada detalle con más cuidado del habitual. Las cejas. La nariz. La forma de las orejas. La caída exacta del pelaje.

Porque aprendió algo que ya no puede olvidar.

A veces, un amigurumi no solo sirve para recordar.

A veces sirve para que ciertos pasos, ciertos paseos y cierta lealtad…

Encuentren el camino de vuelta.

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