01/03/2026
ELEGÍA A DON JUAN GONZÁLEZ ROSALES
Don Juan llegó a mi vida
como un cálido viento,
no faltará quien diga, que el destino
fue el factor del encuentro,
pero yo, en mi interior, siempre he creído,
que fue un regalo enviado por el cielo.
Nos condujo a FENINE la aventura teatral, de aquel elenco
que formó mi hijo Octavio.
Fue una función de teatro, el elemento
que me hizo conocer a los migrantes,
hoy, amistades sólidas, que el tiempo
convirtió en un tesoro
que guardo en el arcón de mis afectos.
Nérida Vargas y Don Juan González,
el binomio perfecto:
Nérida, presidenta de la Federación,
Don Juan González, con celoso empeño,
de Casa Nayarit
era el custodio que imponía respeto.
Cuando lo conocí,
sentí en ese momento
que seriamos amigos para siempre,
su patriarcal aspecto
coincidía plenamente con su habitual ternura
y su voz en sosiego,
consideré a Don Juan un hombre sabio,
la escuela de la vida le confió sus secretos.
No empañó la amistad que nos tuvimos
el ser polos opuestos
en el plano ideológico,
porque ambos coincidimos que el silencio
es un útil abono a la armonía,
discutir en política es un riesgo,
y equiparable, al inmenso océano,
toda amistad tiene un valor supremo.
En repetidas charlas que tuvimos
en distintos momentos,
Don Juan, me confesó sus íntimos amores,
sus preciados anhelos:
su amor por Doña Coco, la madre sus hijos,
que era infinito, y llegaba tan lejos
como ida y vuelta al sol.
Me dijo con profundo sentimiento
cuanto amaba a sus hijos,
y me confió orgulloso el cariño a sus nietos y bisnietos,
Me habló de la FENINE
con devoto respeto,
y la lealtad a todos los migrantes
que eran hermanos, más que compañeros.
Supe de la nostalgia por su patria
y el amor por su pueblo
Mexpan, a quien amaba con la fuerza
Impulsiva del viento.
Como extraño a mi amigo,
a ese ejemplar amigo que me obsequiara el cielo,
pero me reconforta saber que sigue vivo
en quienes conservamos sus recuerdo;
extraño su mirada y su sonrisa,
su ánimo de servir siempre dispuesto,
su corazón donde cabíamos todos…
¡Y su profunda devoción por México!
En nuestras charlas, anhelé ser niño,
para llamarle con ternura: Abuelo.