25/08/2026
Hola, Miedo al Mil. Te voy a contar una historia que me pasó hace unos años. Y todavía hoy, cuando la recuerdo, se me pone la piel de gallina.
Una noche fui a una fiesta en un salón del centro. Había música, luces y mucha gente. Entre todo ese ambiente conocí a una chica muy alegre. Me dijo que se llamaba Mariana.
Bailamos y platicamos toda la noche, como si nos conociéramos de siempre. Era de esas personas con las que sientes confianza desde el primer momento.
Reíamos por cualquier cosa. Me contó cosas de su vida y yo le conté de la mía. Se sentía bien estar con ella.
Al terminar la fiesta, ya de madrugada, salimos a la calle. Hacía frío. Mariana empezó a temblar. Yo, sin pensarlo, le presté mi sudadera. Ella me miró con una sonrisa y me dijo que era muy lindo con ella.
Me ofrecí a llevarla a su casa y aceptó. Durante el camino íbamos riendo y contándonos cosas. La música seguía sonando bajito en el coche. Todo parecía normal. Todo parecía una noche bonita.
Pero al llegar a la dirección que ella me dio, algo raro pasó.
Mariana abrió la puerta del coche, bajó y me dijo: "Gracias por todo, de verdad". Yo volteé un segundo para apagar la música. Y cuando volví a ver, ya no estaba.
Desapareció.
Pensé que se había metido rápido a su casa y no le di importancia. Estaba cansado. Solo quería llegar a dormir.
Al día siguiente volví a tocar la puerta para recuperar mi sudadera y pedirle su número, ya que se me había olvidado pedírselo.
Salió una señora mayor, con cara de cansancio.
—Buenos días, ¿está Mariana? —pregunté.
La señora se quedó callada un momento. Luego empezó a llorar.
—Mi hija falleció hace tres años —dijo.
Sentí que el aire se me acababa. No sabía qué decir. Pensé que me estaba jugando una broma. Pero la señora me miró con los ojos llenos de lágrimas y me preguntó:
—¿Te pidió tu sudadera, verdad?
Yo solo le dije que si con la cabeza.
—Ven conmigo —me dijo.
Caminamos hasta el panteón del pueblo. Llegamos a una tumba con el nombre de Mariana. Y sobre la lápida estaba mi sudadera. Bien doblada. Como si alguien la hubiera dejado ahí con mucho cuidado.
Me quedé helado. No podía moverme. No podía hablar.
La señora me contó que no era la primera vez que pasaba algo así. Que su hija a veces regresaba por un momento. Que no lo hacía por maldad.
Que solo buscaba sentir un poco de calor humano. Un poco de compañía. Y que cuando encontraba a alguien especial, se despedía de nuevo.
Yo nunca volví a ser el mismo después de eso.
Porque hay encuentros que no son casualidad. Y a veces, cuando menos lo esperas, alguien que ya no está en este mundo regresa por un momento.
Solo para sentir un poco de calor. Solo para despedirse de nuevo. Antes de volver a donde pertenece.