23/01/2026
Cuando el poder olvida a quién debe servir
En los últimos días hemos visto cómo decisiones, discursos y gestos desde el poder público generan más ruido que confianza. No es un fenómeno aislado ni exclusivo de un estado o de una persona: es un síntoma.
La reciente discusión sobre la posibilidad de que las próximas elecciones estatales en Hidalgo estén reservadas exclusivamente para mujeres candidatas abre una pregunta incómoda pero necesaria:
¿estamos fortaleciendo la democracia o reduciendo la libertad de elección de la ciudadanía?
La paridad es una conquista legítima y necesaria. Nadie sensato lo discute. Pero la paridad no puede convertirse en sustituto de la evaluación pública, ni en un blindaje automático contra la crítica.
Cuando el criterio central deja de ser la capacidad, los resultados o la trayectoria, y se convierte únicamente en la condición identitaria, algo se rompe en la lógica democrática.
Hoy, muchas de las figuras que comienzan a mencionarse como posibles candidatas en Hidalgo no cargan —al menos de forma visible— con resultados claros que hayan transformado de manera significativa la vida de la población.
Señalar esto no es misoginia ni resistencia al avance de derechos: es exigir coherencia entre representación y resultados.
Este fenómeno no ocurre en el vacío. En Tamaulipas, el comportamiento reciente de una servidora pública terminó por desplazar el debate de fondo —violencia, rendición de cuentas, función institucional— hacia una defensa personal mal planteada. El resultado fue predecible: una percepción pública de abuso del poder, desgaste de causas legítimas y un hartazgo social que no distingue matices.
A nivel nacional, la figura presidencial tampoco es ajena a este desgaste. La conversación pública está cada vez más polarizada, más emocional y menos orientada al bienestar concreto de la población. Y cuando la política se convierte en una guerra de símbolos y lealtades, quienes pierden no son las figuras públicas: pierde la ciudadanía.
Aquí es donde aparece una advertencia antigua, pero vigente.
En el poema Ozymandias, Shelley describe a un rey que creyó su poder eterno. De él no queda más que una estatua rota en medio del desierto. El mensaje es claro: el poder que se desconecta de su propósito termina siendo polvo.
El servicio público no existe para proteger egos, identidades ni carreras políticas. Existe para servir a personas reales, diversas, complejas y, muchas veces, críticas. Quien decide ocupar un cargo debe saber que será observado, cuestionado y evaluado. No como castigo, sino como condición básica de la democracia.
Defender causas no significa defender comportamientos.
Defender derechos no implica cancelar el juicio ciudadano.
Y representar a la población exige algo más que símbolos: exige resultados.
Desde Iconnical creemos que la política debe volver a su centro: la gente. No las figuras, no los discursos blindados, no las narrativas de ocasión.
La ciudadanía no necesita ídolos; necesita servidores públicos a la altura de su realidad.
Ese es el debate que vale la pena sostener. Sin gritos. Sin linchamientos. Pero sin silencios cómodos.