19/06/2026
Los cochinitos de piloncillo: el sabor que se negó a desaparecer
Hoy viajé junto a Marko Anartz a Villa de Zaragoza para seguir el rastro de una de las tradiciones más queridas de la región.
No se trata de una hacienda.
No se trata de una batalla.
Ni de un personaje famoso.
Se trata de un pan.
Pero no de cualquier pan.
Se trata de los famosos cochinitos de piloncillo.
Mientras observaba uno de estos tradicionales panes me pregunté cómo algo tan sencillo había logrado sobrevivir durante generaciones.
Y fue entonces cuando encontré una historia que mezcla trabajo, tradición y memoria.
Los registros y la tradición oral señalan que hacia 1955, en la comunidad de La Calera, el señor Vidal de la Torre comenzó a elaborar un pan que con el tiempo se convertiría en uno de los símbolos gastronómicos de Zaragoza.
Su sabor era diferente.
Su color oscuro también.
Y su aroma a piloncillo y canela era imposible de confundir.
Algunos habitantes recuerdan que en aquellos años también era conocido como "chichimbre", nombre que algunos relacionan con el antiguo pan europeo conocido como gingerbread.
Aunque esta teoría forma parte de la tradición oral y no ha sido confirmada documentalmente, sigue siendo una de las historias más curiosas que rodean a este alimento.
Pero la historia no termina ahí.
Con el paso de los años la tradición continuó gracias a Melquiades de la Torre Castillo, hijo de Vidal de la Torre y de doña Juana Castillo.
Un hombre que llegaría a convertirse en toda una leyenda local.
Muchos lo conocieron como "El Zarco".
Otros como "El Huarache de Oro".
Y detrás de ese apodo existe una historia que todavía se cuenta en Zaragoza.
Se dice que en una ocasión acudió a comprar un automóvil nuevo en la ciudad de San Luis Potosí.
Vestía ropa sencilla y huaraches.
Al verlo, algunos dudaron que pudiera pagar el vehículo.
Entonces colocó sobre el escritorio una bolsa llena de monedas de oro.
La sorpresa fue tan grande que desde entonces comenzó a ser conocido como "El Huarache de Oro".
Sea cual sea la exactitud de la anécdota, lo cierto es que refleja el espíritu emprendedor que caracterizó a muchos habitantes de la región.
Porque además de los cochinitos de piloncillo, Melquiades también comercializó queso de tuna, melcocha y otros productos derivados de las tunas de Zaragoza, logrando construir una importante actividad comercial.
Mientras investigaba esta historia comprendí algo.
La historia de un pueblo no siempre se encuentra en los grandes monumentos.
Muchas veces se encuentra en los sabores.
En los olores.
En las recetas que pasan de una generación a otra.
Porque quizá una persona puede olvidar una fecha.
Puede olvidar un nombre.
Pero difícilmente olvida el sabor de algo que acompañó su infancia.
Hoy los cochinitos de piloncillo siguen elaborándose en Zaragoza y continúan formando parte de la identidad de la región.
Son mucho más que un pan dulce.
Son un recuerdo.
Una tradición.
Y una pequeña parte de la historia potosina que todavía puede saborearse.
Mientras observaba estos cochinitos me hice una pregunta.
¿Cuántas historias sobreviven gracias a una receta?
Porque a veces la mejor forma de conservar la memoria de un pueblo no está en los libros.
Está en el aroma que sale de un horno.
¿Quién ha probado los cochinitos de piloncillo de Zaragoza?
Gracias por la colaboración: Marko Anartz