Charlitron Viajero Tiempo

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Los cochinitos de piloncillo: el sabor que se negó a desaparecerHoy viajé junto a Marko Anartz a Villa de Zaragoza para ...
19/06/2026

Los cochinitos de piloncillo: el sabor que se negó a desaparecer

Hoy viajé junto a Marko Anartz a Villa de Zaragoza para seguir el rastro de una de las tradiciones más queridas de la región.
No se trata de una hacienda.
No se trata de una batalla.
Ni de un personaje famoso.
Se trata de un pan.
Pero no de cualquier pan.

Se trata de los famosos cochinitos de piloncillo.

Mientras observaba uno de estos tradicionales panes me pregunté cómo algo tan sencillo había logrado sobrevivir durante generaciones.
Y fue entonces cuando encontré una historia que mezcla trabajo, tradición y memoria.

Los registros y la tradición oral señalan que hacia 1955, en la comunidad de La Calera, el señor Vidal de la Torre comenzó a elaborar un pan que con el tiempo se convertiría en uno de los símbolos gastronómicos de Zaragoza.
Su sabor era diferente.
Su color oscuro también.
Y su aroma a piloncillo y canela era imposible de confundir.

Algunos habitantes recuerdan que en aquellos años también era conocido como "chichimbre", nombre que algunos relacionan con el antiguo pan europeo conocido como gingerbread.

Aunque esta teoría forma parte de la tradición oral y no ha sido confirmada documentalmente, sigue siendo una de las historias más curiosas que rodean a este alimento.

Pero la historia no termina ahí.
Con el paso de los años la tradición continuó gracias a Melquiades de la Torre Castillo, hijo de Vidal de la Torre y de doña Juana Castillo.
Un hombre que llegaría a convertirse en toda una leyenda local.

Muchos lo conocieron como "El Zarco".

Otros como "El Huarache de Oro".

Y detrás de ese apodo existe una historia que todavía se cuenta en Zaragoza.
Se dice que en una ocasión acudió a comprar un automóvil nuevo en la ciudad de San Luis Potosí.
Vestía ropa sencilla y huaraches.
Al verlo, algunos dudaron que pudiera pagar el vehículo.
Entonces colocó sobre el escritorio una bolsa llena de monedas de oro.
La sorpresa fue tan grande que desde entonces comenzó a ser conocido como "El Huarache de Oro".
Sea cual sea la exactitud de la anécdota, lo cierto es que refleja el espíritu emprendedor que caracterizó a muchos habitantes de la región.
Porque además de los cochinitos de piloncillo, Melquiades también comercializó queso de tuna, melcocha y otros productos derivados de las tunas de Zaragoza, logrando construir una importante actividad comercial.

Mientras investigaba esta historia comprendí algo.

La historia de un pueblo no siempre se encuentra en los grandes monumentos.
Muchas veces se encuentra en los sabores.
En los olores.
En las recetas que pasan de una generación a otra.
Porque quizá una persona puede olvidar una fecha.
Puede olvidar un nombre.
Pero difícilmente olvida el sabor de algo que acompañó su infancia.

Hoy los cochinitos de piloncillo siguen elaborándose en Zaragoza y continúan formando parte de la identidad de la región.

Son mucho más que un pan dulce.
Son un recuerdo.
Una tradición.
Y una pequeña parte de la historia potosina que todavía puede saborearse.
Mientras observaba estos cochinitos me hice una pregunta.

¿Cuántas historias sobreviven gracias a una receta?

Porque a veces la mejor forma de conservar la memoria de un pueblo no está en los libros.
Está en el aroma que sale de un horno.

¿Quién ha probado los cochinitos de piloncillo de Zaragoza?

Gracias por la colaboración: Marko Anartz







GUARDIÁN DE LA HISTORIA DE VILLA DE ZARAGOZA Hoy tengo el gusto de presentar a un nuevo integrante de esta gran red de G...
18/06/2026

GUARDIÁN DE LA HISTORIA DE VILLA DE ZARAGOZA

Hoy tengo el gusto de presentar a un nuevo integrante de esta gran red de Guardianes de la Historia.

Se trata de "Marco Antonio Zárate Arévalo", Cronista Municipal de Villa de Zaragoza, investigador y promotor incansable del patrimonio histórico de nuestro estado.
A lo largo de los años ha trabajado en la recuperación, organización y preservación de archivos históricos, contribuyendo a que las nuevas generaciones puedan conocer y comprender mejor el pasado de Zaragoza y de la región.
Entre sus investigaciones destacan trabajos sobre la Ex Hacienda de la Sauceda, la historia de Villa de Zaragoza y diversos proyectos relacionados con la conservación documental y la memoria histórica de nuestros pueblos.

Es autor del libro "Breve Historia de la Villa de Zaragoza" (2021) y ha compartido sus conocimientos como ponente en actividades del Centro INAH San Luis Potosí.

Más allá de los documentos y los archivos, Marco Antonio representa algo muy importante:

La convicción de que una comunidad que conoce su historia tiene más herramientas para construir su futuro.
Por ello, con respeto y gratitud, lo reconocemos como:

Guardián de la Historia de Villa de Zaragoza

Gracias por ayudar a mantener viva la memoria de nuestra tierra y por compartir con todos nosotros historias, personajes y tradiciones que forman parte de la identidad potosina.

Bienvenido a esta comunidad de Guardianes del Tiempo.

La mujer que le enseñó a México a cantar con eleganciaHoy viajé junto a Edgar Andres Cuevas Jonguitud a una época donde ...
18/06/2026

La mujer que le enseñó a México a cantar con elegancia

Hoy viajé junto a Edgar Andres Cuevas Jonguitud a una época donde las canciones no duraban unas semanas.
Duraban toda una vida.
Una época donde bastaban unos cuantos acordes para que alguien recordara un amor, una despedida o una promesa que nunca se cumplió.
Y fue entonces cuando apareció una voz imposible de confundir.
La voz de Lucha Villa.

Su nombre real es Luz Elena Ruiz Bejarano, y nació en Camargo, Chihuahua, en 1936.
Con el tiempo se convertiría en una de las figuras más importantes de la música mexicana y en una mujer que rompió muchos de los moldes de su época.
Porque mientras otras artistas intentaban impresionar con fuerza y potencia, Lucha Villa conquistó al público de otra manera.
Con una voz profunda.
Serena.
Elegante.
Una voz que no necesitaba gritar para llegar al corazón.
Fue intérprete de canciones de José Alfredo Jiménez, inmortalizó temas de Juan Gabriel cuando aún era un joven compositor que comenzaba a abrirse camino, y llevó la música ranchera a escenarios donde pocas mujeres habían logrado imponerse con tanta personalidad.

Pero Lucha Villa no solamente brilló en la música.
También dejó una huella importante en el cine mexicano.
Participó en películas como "El Gallo de Oro", basada en la obra de Juan Rulfo, y en "Mecánica Nacional", considerada una de las grandes producciones del cine mexicano.

Sin embargo, mientras investigaba su historia, hubo algo que me llamó más la atención.
No fueron los premios.
No fueron los aplausos.
Ni siquiera la fama.
Fue la forma en que una sola voz logró acompañar a varias generaciones.
Porque quizá muchos de nosotros nunca la vimos en persona.
Pero la escuchamos en una radio antigua.
En una reunión familiar.
En una cantina.
En la sala de nuestros abuelos.
O en algún momento de nuestra vida cuando una canción parecía entender exactamente lo que sentíamos.
Y entonces comprendí algo.
Hay personas que dejan edificios.
Otras dejan libros.
Otras dejan monumentos.
Pero existen personas que dejan algo mucho más difícil de borrar.
Una emoción.
Una voz.
Un recuerdo.
Y aunque los años pasen, siguen acompañando a quienes las escuchan.
Quizá por eso Lucha Villa sigue siendo una leyenda.
No porque haya vendido millones de discos.
No porque haya llenado teatros.
Sino porque logró algo que muy pocos artistas consiguen.

Convertirse en parte de la memoria de un país.

Mientras escuchaba una de sus canciones me hice una pregunta.

¿Cuántas voces de nuestra infancia siguen viviendo dentro de nosotros?

Porque algunas personas se marchan.
Pero hay canciones que nunca se van.

Tras retirarse de los escenarios , Lucha Villa eligió una vida mucho más tranquila, lejos de los reflectores. Diversas fuentes señalan que durante años encontró en San Luis Potosí un refugio para vivir alejada de la vida pública.

¿Quién recuerda la primera canción que escuchó de Lucha Villa?

Gracias por la colaboración: Edgar Andres Cuevas Jonguitud









El hombre que ayudó a darle voz a San Luis Potosi.Hoy viajé junto a Ramón Ortiz Aguirre a una época donde la radio todav...
18/06/2026

El hombre que ayudó a darle voz a San Luis Potosi.

Hoy viajé junto a Ramón Ortiz Aguirre a una época donde la radio todavía parecía magia.
Una época en la que las voces podían recorrer kilómetros sin necesidad de cables.
Una época en la que escuchar noticias, música o mensajes desde lugares lejanos parecía algo extraordinario.
Y fue entonces cuando encontré la historia de un potosino que dedicó gran parte de su vida a comprender ese misterio.

Su nombre era Joaquín González Arellano.

Nació en San Luis Potosí el 25 de abril de 1919. Desde muy joven sintió fascinación por los aparatos de radio y por una pregunta que cambiaría su vida:

¿Cómo era posible que una voz viajara por el aire y llegara hasta otro lugar?

Mientras muchos veían una simple caja con sonidos, él veía un universo de posibilidades.
Su curiosidad fue tan grande que siendo adolescente construyó un radio de galena, uno de los receptores más sencillos y sorprendentes de aquella época, con el que podía captar transmisiones lejanas.
Aquella pasión por la comunicación lo acompañaría toda su vida.

Estudió en San Luis Potosí y posteriormente en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde concluyó su formación profesional como ingeniero.
Pero su legado más importante estaba aún por comenzar.
Joaquín González Arellano fue uno de los fundadores de Radio Universidad XEXQ.

Y no solamente eso.

También fue autor del lema que todavía identifica a esta histórica estación:

"Por la Cultura y por el Arte".

Un lema que se escuchó por primera vez el 29 de julio de 1938 y que desde entonces ha acompañado generaciones de radioescuchas potosinos.
Mientras investigaba esta historia me hice una pregunta.

¿Cuántas personas recuerdan el nombre de quienes hicieron posible que la radio llegara a nuestras vidas?

Con frecuencia recordamos las canciones.
Recordamos los programas.
Recordamos las voces.
Pero pocas veces recordamos a quienes construyeron los caminos invisibles por donde viajaban esas palabras.
Y quizá ahí se encuentra la verdadera grandeza de personas como Joaquín González Arellano.

No buscó convertirse en una celebridad.
No buscó aparecer en los grandes monumentos.
Pero ayudó a crear algo que acompañó a miles de hogares.
Porque antes de internet.
Antes de los teléfonos inteligentes.
Antes de las redes sociales.
Existió la radio.
Y gracias a hombres como él, San Luis Potosí encontró una nueva forma de compartir conocimiento, cultura y arte.

Mientras observaba esta fotografía comprendí algo.
Algunas personas construyen edificios.
Otras construyen puentes.
Y algunas construyen algo todavía más difícil.
Construyen conexiones entre las personas.

Y esas conexiones pueden seguir vivas mucho tiempo después de que la transmisión ha terminado.

¿Quién recuerda escuchar Radio Universidad o alguna estación que marcó su infancia?

Gracias por la colaboración : Ramón Ortiz Aguirre








La mansión que escuchó nacer la radio potosinaHoy viajé a una esquina de San Luis Potosí donde miles de personas pasan t...
18/06/2026

La mansión que escuchó nacer la radio potosina

Hoy viajé a una esquina de San Luis Potosí donde miles de personas pasan todos los días sin imaginar la historia que alguna vez vivió entre sus muros.
Una historia de amor.
De sueños.
De modernidad.
Y de una familia que ayudó a transformar la comunicación en nuestra ciudad.
Durante muchos años, en la esquina de Carranza y Tomása Esteves se levantó una elegante mansión que perteneció a la familia Páramo.
Entre sus habitantes destacó Elsa Páramo, cuyo nombre quedó ligado a una historia que todavía se recuerda entre quienes conocieron aquellos años.
Porque hasta esa misma casa llegaba un joven empresario llamado Elías Navarro.
Y cuentan que muchas veces lo hacía acompañado de serenatas.
Bajo la luz de los faroles.
Entre canciones.
Y frente a los balcones de aquella casona que con el tiempo se convertiría también en su hogar.

Lo que quizá pocos imaginaban era que aquella unión familiar terminaría dejando una huella importante en la historia de San Luis Potosí.
La familia Navarro-Páramo estuvo vinculada al desarrollo de una de las estaciones de radio más recordadas por generaciones de potosinos:

Stereorey.

Una voz que durante décadas acompañó hogares, negocios, automóviles y momentos importantes en la vida de miles de personas.
Mientras observaba esta antigua historia pensé en algo curioso.
Hubo un tiempo en que esta mansión representaba el progreso.
La modernidad.
La elegancia.
Las reuniones familiares.
Los proyectos.
La música.
Las conversaciones que ayudaban a construir el futuro.
Pero como ocurre con muchas historias, el tiempo siguió avanzando.
Los años pasaron.
La casa fue quedando vacía.
Algunos testimonios recuerdan habitaciones llenas de libros, muebles antiguos y largos pasillos silenciosos.
Poco a poco la mansión comenzó a deteriorarse.
Y con el paso de las décadas gran parte de la construcción desapareció.

Hoy sólo sobreviven fragmentos de aquellos muros de piedra que alguna vez fueron testigos de una de las etapas más importantes de esta familia.
Y entonces me hice una pregunta.

¿Cuántas historias se habrán contado entre esas paredes?

¿Cuántas serenatas habrán terminado en promesas?

¿Cuántos sueños nacieron en esa casa sin imaginar que algún día formarían parte de la memoria colectiva de San Luis Potosí?

Mientras observaba este lugar comprendí algo.
Las ciudades no sólo están hechas de calles, edificios y monumentos.
También están hechas de recuerdos.
De personas que amaron.
Que trabajaron.
Que construyeron.
Y que dejaron una huella mucho más profunda que la piedra.
Porque a veces los edificios desaparecen.
Pero las historias permanecen.
Y mientras alguien las recuerde...
seguirán formando parte del alma de San Luis Potosí.

¿Quién recuerda la antigua mansión de Carranza y Tomás Esteves o las historias relacionadas con la familia Navarro-Páramo y Stereorey?

Los leo.







El mensaje que los antiguos dejaron para hablar con el cieloHoy viajé a uno de los lugares más misteriosos de todo San L...
18/06/2026

El mensaje que los antiguos dejaron para hablar con el cielo

Hoy viajé a uno de los lugares más misteriosos de todo San Luis Potosí.
Un lugar donde nuestros antepasados intentaron responder una pregunta que todavía nos hacemos hoy.

¿De dónde viene la vida?

Y quizá una aún más profunda.

¿Qué relación existe entre el ser humano, el tiempo y lo divino?

La respuesta quedó grabada en una piedra gigantesca.
Una piedra que permaneció oculta bajo el agua durante más de dos mil años.
Su nombre es Monumento 32 de Tamtoc.

Y es una de las obras más extraordinarias de todo el México antiguo.
Fue creada por la cultura huasteca entre aproximadamente 600 y 350 años antes de Cristo, lo que la convierte en uno de los registros calendáricos más antiguos de Mesoamérica.
Mide casi siete metros de largo.
Pesa alrededor de treinta toneladas.
Y durante siglos permaneció sumergida en un estanque alimentado por un manantial sagrado.
Pero lo más impresionante no es su tamaño.
Es el mensaje que guarda.
En la piedra aparecen dos figuras femeninas decapitadas.
De sus cuellos surge un fluido que llega hasta el personaje central.
A primera vista puede parecer una escena violenta.
Pero para los antiguos huastecos significaba algo muy distinto.
La muerte no era el final.
Era transformación.
Era renovación.
Era el sacrificio que permitía el nacimiento de nueva vida.
En el centro aparece un personaje misterioso.
Con rasgos masculinos y femeninos.
Con un rostro relacionado con la muerte.
Pero también con la creación.
Los investigadores creen que representa el equilibrio entre los opuestos.
La vida y la muerte.
La lluvia y la sequía.
Lo masculino y lo femenino.
El principio y el final.

Mientras observaba esta historia descubrí algo todavía más sorprendente.

Aquellos antiguos habitantes no solo eran artistas.
También eran observadores extraordinarios del cielo.
El arqueoastrónomo Jesús Galindo Trejo, de la UNAM, descubrió que el monumento fue colocado con una precisión impresionante.
Durante el equinoccio de marzo la luz del Sol ilumina su cara principal.
Durante el equinoccio de septiembre sucede lo contrario.
Como si la piedra estuviera marcando el paso del tiempo.
Era un calendario.
Un observatorio.
Un mensaje.
Y quizá algo más.

Porque aún existen símbolos grabados en la parte superior que nadie ha podido descifrar completamente.
Después de décadas de investigación seguimos sin saber exactamente qué querían decir.
Y entonces me hice una pregunta.
Si aquellos antiguos huastecos podían observar el movimiento del Sol...
medir el tiempo...
comprender los ciclos del agua...
y relacionar todo eso con la vida humana...

¿qué estaban intentando enseñarnos?

Quizá no buscaban construir el edificio más alto.
Ni la ciudad más grande.
Ni la riqueza más impresionante.
Quizá buscaban algo mucho más difícil.

Comprender su lugar en el universo.
Porque mucho antes de los relojes...
mucho antes de los calendarios modernos...
mucho antes de la ciencia como la conocemos...
los habitantes de Tamtoc ya observaban el cielo buscando respuestas.
Y tal vez esa sea la razón por la que esta piedra sigue fascinándonos.
Porque las preguntas que ellos se hacían...
siguen siendo las mismas que nos hacemos nosotros.

¿Quiénes somos?

¿De dónde venimos?

¿Y qué lugar ocupamos bajo las mismas estrellas que ellos contemplaron hace más de dos mil años?

Actualmente el Monumento 32 se encuentra resguardado en la zona arqueológica de Tamtoc, en el municipio de Tamuín, San Luis Potosí, donde continúa siendo una de las piezas arqueológicas más importantes del México antiguo.
Y mientras alguien siga observándolo...
el misterio continuará vivo.
Porque algunas piedras cuentan historias.
Pero otras...
guardan preguntas que todavía estamos intentando comprender.








Los primeros potosinos: cuando San Luis era tierra de mamutsHoy viajé mucho antes de que existieran las ciudades.Mucho a...
17/06/2026

Los primeros potosinos: cuando San Luis era tierra de mamuts

Hoy viajé mucho antes de que existieran las ciudades.
Mucho antes de las iglesias.
Mucho antes de las haciendas.
Mucho antes de que alguien pronunciara por primera vez el nombre de San Luis Potosí.

Viajé a una época en la que estas tierras estaban habitadas por mamuts y enormes animales que recorrían el Altiplano.
Y entre ellos caminaban los primeros seres humanos que conocemos en nuestra región.

En los alrededores de Cedral, particularmente en sitios como Rancho La Amapola y Rancho Carabanchel, arqueólogos han encontrado evidencias extraordinarias: fogatas, herramientas y restos de animales asociados directamente con actividad humana. Algunas investigaciones incluso han propuesto una antigüedad de hasta 31 mil años, aunque este dato continúa siendo estudiado y debatido por especialistas.

Pero mientras investigaba esta historia me hice una pregunta.

¿Quiénes eran aquellas personas?

¿Eran diferentes a nosotros?

La respuesta es sorprendente.

No eran hombres de las cavernas como los muestran las caricaturas.
Eran Homo sapiens.
Seres humanos como nosotros.
Personas capaces de aprender, enseñar, adaptarse y sobrevivir en un mundo mucho más difícil que el nuestro.
No construyeron palacios.
No dejaron monumentos.
No levantaron ciudades.
Pero dejaron algo mucho más importante.
El primer paso.
Ellos descubrieron dónde encontrar agua.
Aprendieron a fabricar herramientas.
Dominaron el fuego.
Entendieron los ciclos de la naturaleza.
Y transmitieron ese conocimiento a las siguientes generaciones.

Porque antes de que existieran gobernantes...
antes de que existieran ejércitos...
antes de que existieran fronteras...
ya existían familias reunidas alrededor de una fogata compartiendo conocimientos para sobrevivir.

Los estudios también muestran que estos antiguos habitantes aprovecharon los recursos de la región, incluyendo animales de gran tamaño y materiales tan sorprendentes como el marfil de mamut para fabricar herramientas.
Mientras observaba el paisaje de Cedral imaginé una escena.
Una pequeña fogata encendida.
Un grupo de personas mirando las estrellas.
Sin saber que miles de años después existirían ciudades, carreteras, teléfonos o edificios.
Sin saber que algún día existiría algo llamado San Luis Potosí.
Y entonces comprendí algo.

Quizá su verdadero legado no fue construir monumentos.
Quizá su verdadero legado fue algo mucho más grande.
Sobrevivir.
Aprender.
Y convertirse en el primer eslabón de una historia que todavía continúa.
Porque antes de los conquistadores.
Antes de los virreyes.
Antes de las minas.
Antes de las haciendas.
Ya había seres humanos caminando por esta tierra.
Y gracias a ellos...
nosotros estamos aquí.

¿Qué fue lo primero que pensaron aquellos hombres y mujeres al contemplar este paisaje hace miles de años?





El Teniente que enseñaba a escribir bonitoHoy viajé a la historia de un hombre que vivió dos mundos.El de la Revolución....
17/06/2026

El Teniente que enseñaba a escribir bonito

Hoy viajé a la historia de un hombre que vivió dos mundos.
El de la Revolución...
y el de la cultura.

Su nombre era Don José Ríos Berrones.

Nació en Doctor Arroyo, Nuevo León, en 1891, en una época donde México estaba a punto de cambiar para siempre.

Siendo joven, siguió el llamado de su primo Francisco Berrones Cervantes, quien más tarde alcanzaría el grado de Coronel de Caballería del Ejército Mexicano. Juntos formaron parte de aquella generación que participó en los acontecimientos revolucionarios que llevaron a la histórica Toma de Ciudad Juárez en mayo de 1911, una de las victorias más importantes del movimiento maderista.

Don José alcanzó el grado de Teniente.
Pero mientras investigaba su historia descubrí algo que me llamó profundamente la atención.
Su legado no quedó solamente en los campos de batalla.
Quedó también en las palabras.
En la enseñanza.
En los valores que transmitió a su familia.
Quienes lo conocieron lo recuerdan como un hombre culto, amante de la lectura, la caligrafía y la declamación.
Un hombre que enseñó a sus hijos y nietos el valor del conocimiento.
La elegancia de la escritura.
Y el respeto por las ideas.
Mientras muchos recuerdan a los revolucionarios por sus armas...
su familia recuerda a Don José por algo mucho más difícil de conservar:

su ejemplo.

Porque las guerras terminan.
Los gobiernos cambian.
Los uniformes se desgastan.
Pero las enseñanzas que un abuelo deja a sus hijos pueden sobrevivir generaciones.
Don José Ríos Berrones falleció en 1955 dejando siete hijos y una herencia que no podía guardarse en una caja ni medirse en monedas.

La herencia de la educación.
La disciplina.
La palabra.
Y la memoria.

Mientras observaba su fotografía me hice una pregunta.

¿Cuántas personas han cambiado el rumbo de una familia sin aparecer nunca en los grandes libros de historia?

Tal vez más de las que imaginamos.
Porque algunos hombres construyen ciudades.
Otros construyen instituciones.
Y otros construyen algo todavía más valioso:
personas.
Y mientras alguien recuerde su nombre...

Don José Ríos Berrones seguirá cabalgando en la memoria de quienes heredaron sus enseñanzas.
Con respeto y gratitud para su familia y sus descendientes.

Lily: la pequeña gigante que durmió 13,800 años bajo Cedral.Hoy viajé mucho antes de que existiera San Luis Potosí.Mucho...
17/06/2026

Lily: la pequeña gigante que durmió 13,800 años bajo Cedral.

Hoy viajé mucho antes de que existiera San Luis Potosí.
Mucho antes de las haciendas.
Mucho antes de los españoles.
Mucho antes de que alguien construyera una iglesia o trazara una calle.
Viajé a una época donde el Altiplano potosino era muy diferente al que conocemos hoy.
Donde Cedral no era el paisaje semidesértico que vemos actualmente.
Donde existían manantiales, humedales y grandes extensiones de vegetación que daban vida a criaturas extraordinarias.
Y entre ellas caminaba una pequeña gigante.
Su nombre científico era Mammuthus columbi, mejor conocido como Mamut Colombino.

Pero los investigadores terminaron llamándola simplemente:

Lily.

La historia comenzó en 2016, cuando investigadores realizaron un hallazgo extraordinario en el Rancho Carabanchel, cerca de Cedral, San Luis Potosí.
No encontraron a un enorme mamut adulto.
Encontraron algo mucho más raro.
Los restos de una cría de apenas cinco meses de edad.

Un descubrimiento excepcional, porque los restos de mamuts bebés casi nunca logran conservarse durante miles de años.

Gracias al trabajo conjunto de especialistas de la UASLP, la UNAM y el INAH, los científicos pudieron reconstruir parte de su historia.

Descubrieron que Lily todavía se alimentaba de leche materna, pero ya comenzaba a probar sus primeros alimentos sólidos, igual que ocurre con los bebés humanos durante sus primeros meses de vida.

También determinaron que vivió hace aproximadamente 13,800 años.
Es decir, mucho antes de que existiera cualquier ciudad en estas tierras.
Mientras investigaba su historia encontré algo que me hizo imaginar aquella escena.
Los estudios sugieren que Lily pudo quedar atrapada en una zona pantanosa cercana a un antiguo manantial.
Era demasiado pequeña para escapar.
Y probablemente murió agotada o ahogada mientras su manada continuaba su camino.
Pero la historia no termina ahí.
Porque los investigadores encontraron algo aún más sorprendente.

Pequeñas marcas en sus huesos indican que grupos humanos aprovecharon parte de sus restos poco después de su muerte.

Esto confirma que los primeros habitantes de estas tierras convivieron directamente con los grandes mamuts que alguna vez caminaron por San Luis Potosí.

Mientras observaba esta historia me hice una pregunta.

¿Cuántas personas imaginan que, mucho antes de las plazas, los templos o las haciendas, una pequeña cría de mamut caminaba por el mismo suelo que hoy pisamos?

Porque antes de la historia escrita...
Antes de los mapas...
Antes incluso de que existiera el nombre de San Luis Potosí...
Ya había vida.
Ya había historias.
Ya había gigantes.

Y gracias a Lily, una pequeña mamut que permaneció dormida bajo la tierra durante casi 14 mil años, hoy podemos conocer un capítulo extraordinario del pasado de nuestra tierra.

Quizá por eso su descubrimiento es tan importante.
Porque nos recuerda que la historia de San Luis Potosí no comenzó hace unos siglos.
Comenzó miles de años antes.
Cuando gigantes recorrían el Altiplano.
Y una pequeña mamut llamada Lily aún caminaba junto a su madre bajo el cielo de Cedral.
Entonces comprendí algo.
A veces los mayores tesoros no están en los palacios.
No están en las minas.
No están en los monumentos.
A veces están enterrados bajo nuestros pies...
esperando miles de años para volver a contar su historia.

Agradecimiento especial a los investigadores de la UASLP, UNAM e INAH que han permitido reconstruir la vida de Lily, una de las pequeñas gigantes más extraordinarias que han habitado San Luis Potosí.








El Catrín de los Callejones: la elegante sombra que caminó por el viejo San LuisHoy viajé junto a Edgar Andres Cuevas Jo...
17/06/2026

El Catrín de los Callejones: la elegante sombra que caminó por el viejo San Luis

Hoy viajé junto a Edgar Andres Cuevas Jonguitud a una de esas historias que no siempre aparecen en los libros…
pero que durante generaciones caminaron de boca en boca por los barrios antiguos de San Luis Potosí.

Cuentan que en calles solitarias del viejo centro, en rincones de Santiago, Tlaxcala o San Miguelito, algunas personas aseguraban haber visto a un hombre distinto a los demás.
Siempre elegante.
Siempre de negro.
Siempre en silencio.

Le llamaban el Catrín.

No era un mendigo.
No era un borracho perdido en la noche.
No era un simple trasnochado.
Era un hombre de porte impecable, sombrero oscuro y presencia inquietante, que aparecía cuando la calle quedaba casi vacía y el miedo comenzaba a sentirse más fuerte que el viento.

La tradición oral decía que se acercaba a quienes cargaban deudas, ambiciones, vicios o tristezas profundas.
A veces ofrecía ayuda.
A veces prometía riqueza.
A veces sólo bastaba su presencia para helarle el alma a cualquiera.

Y lo más inquietante venía después.
Porque quienes se atrevían a mirarle bien el rostro, decían encontrar algo imposible de olvidar:
una sombra donde debía haber facciones,
un vacío bajo el sombrero,
o el rostro de la muerte disfrazado de elegancia.

Entonces desaparecía.
Y sólo quedaba el silencio…
y el miedo de haber estado frente a algo que no era de este mundo.

Pero quizá lo más fuerte de esta historia no está en preguntarnos si apareció de verdad.
Sino en entender por qué nació una leyenda así.

Porque el viejo San Luis también tuvo sus advertencias.
Y tal vez el Catrín no era sólo un espanto nocturno.
Tal vez era una forma de recordarle a la gente que el mal no siempre llega con monstruos, cadenas o gritos.
A veces llega bien vestido.
A veces llega educado.
A veces llega prometiendo exactamente lo que uno más desea escuchar.
Y entonces me hice una pregunta:

¿Cuántas veces el verdadero peligro no se ve terrible…
sino elegante?

Quizá por eso esta historia sigue viva.
Porque más allá del miedo, el Catrín de los callejones nos recuerda algo que nunca pasa de moda:
que no todo lo que brilla trae salvación…
y no toda presencia elegante viene con buenas intenciones.

Gracias por la colaboración: Edgar Andres Cuevas Jonguitud






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