29/05/2020
¿Mucha Mi**da?
En la carrera de actuación nos enseñaron que había que aprender a criticar el trabajo de los compañeros que acababan de pasar a hacer un ejercicio; es decir, argüir respecto de lo que viste o señalar específicamente lo que fue inverosímil o absurdo, ahondar sobre aquello que no creíste, ser puntual al explicar lo que según tu punto de vista de «experto en formación» no había funcionado en escena, y pues...
Se volvió práctica común, al hablar de lo que vimos, el destrozar a nuestros compañeros y opinar cosas del tipo:
- Yo siento que no estaban conectados
- No se estaban escuchando
- Hizo caso omiso del clarísimo estímulo
- No mantuvo la ficción
- Se distrajo varias veces, pajareó, miró al público
- Empezaron bien, pero se perdieron
- Se estaban moviendo mucho por el espacio y eso distraía
- Estaban como locos los personajes, parecía más farsa que realismo
- No les creí nada
- Fue raro, no sé por qué, pero sentí que estaban en tonos distintos o que sus reacciones eran incongruentes
Etc.
Y claro, con estos comentarios subjetivos y lascerantes basados en una normatividad del deber ser teatral (correspondiente a una época y a una corriente de realismo stanislaviskiano mal entendido), además de minar la autoestima de los compañeros, aprendimos a sentirnos, por contraste, más teatreros, más capacitados, más sabios en nuestro quehacer, espectadores calificados para encontrar la paja en el ojo ajeno, y dotados de la habilidad de hacer notar aquello que no funcionó de la poetica ajena.
Obviamente, al salir al mundo real para atestiguar cualquier obra profesional, esto nos llevó a muchos a aplicar el mismo imperioso comportamiento piraña y antropófago basado en nociones ridiculas e interiorizadas como:
- Destruye el trabajo y demostrarás que sabes mucho.
- Habla de sus fallas
- Explica cómo lo hubieras hecho tú para que se note que tienes mejores soluciones escénicas que quienes se partieron la madre allá arriba y levantaron el proyecto.
- Muéstrate implacable o mezquino y serás respetado.
Para despropósito mío, llevé acabo esta miserable práctica al límite y me costó años darme cuenta de lo estúpidamente absurda, insoportable y jodida que es. Yo me cansé. Me di cuenta de que era mejor aprenderle a mis compañeros lo que hicieron bien, respetar el trabajo, valorarlo, tratar de entenderlo o al menos reconocer que quizá no eres el público al que va dirigida la (a)puesta en lugar de denostar o tirar mi**da.
Decimos mucha mi**da cuando vemos la publicación de una obra, pedimos cortesías que muchas veces ni usamos, nos hacemos del rogar y cuando finalmente presenciamos el trabajo... Nos encargamos de que efectivamente haya MUCHA MI**DA, la que arrojamos en las caras de quienes nos hicieron partícipes de su emprendimiento artístico, su presente, su intención y su verdad, la cual descalificamos de un plumazo y sin miramientos.
Basta de vituperaciones inclementes. Yo por mi parte, y aunque la tradición arda, propongo: no más mi**da en los teatros ni entre compañeros. Solo aprendizaje y opiniones preclaras exentas de saña.
¿Queremos crítica especializada? Venga, que la lleve a cabo la crítica profesional, que para eso existe, pero, una de dos, o te eriges en critico y haces un análisis epistemológico profundo, semiótico y complejo del fenómeno, o guárdate tus comentarios.
La próxima vez o y dejemos fuera la **DA. 💩 💩 💩