16/02/2026
Transformar la educación nunca ha sido tarea de una sola persona, pero sí requiere personas que se atrevan a abrir caminos. Cuando el magisterio reconoce en uno de sus integrantes a alguien que ayudó a colocar su voz en el centro del debate educativo, lo que defiende no es sólo a un funcionario, sino la idea de que el docente puede y debe ser creador de saber pedagógico, no simple ejecutor de decisiones ajenas.
Apoyar a Marx Arriaga y a la asamblea, desde esta mirada, es respaldar la convicción de que la educación pública se construye con diálogo, consulta y participación real del magisterio. Es afirmar que los libros, los programas y las metodologías tienen más sentido cuando nacen de quienes conocen la diversidad de las aulas, de las comunidades y de las infancias del país.
También es una invitación a no reducir la política educativa a movimientos de escritorio. Los procesos pedagógicos son de largo aliento: requieren estabilidad, evaluación honesta y mejora continua, pero sin romper de tajo lo que miles de docentes han ayudado a construir. La crítica y la revisión son necesarias, pero igualmente lo es el respeto al trabajo colectivo ya realizado.
En última instancia, el pronunciamiento recuerda algo valioso: la educación es un proyecto social compartido. Cuando las y los maestros sienten que su palabra cuenta, se fortalece su compromiso con la escuela pública. Defender esa participación —más allá de nombres y coyunturas— es defender una educación más democrática, situada y humana.
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