22/10/2025
Y volvió la luz
A.J.G.K.
Estrenando un traje Rioverde, bajo el resguardo de una bolsa de plástico de color negro, llegó a mi rústico jardín, enclavado en el espacio terrenal de mis amores, la más consentida de mis flores: la buganvilla roja, roja y roja…, así como los tersos chapitas coloreadas de una niña que conocí, en un mes de diciembre, en Jerez, Zacatecas, en la época de las ocarinas y tunkules.
Era tan grande mi desesperación por verla crecer a mi lado que no tuve el suficiente cuidado para despojarle la frazada con que venía cubierta, ni recuperar la tierra original que la cobijaba, pues se iba desmoronando en pedazos en su manejo y que debía acompañarla en su nueva casa. Luego la deposité suavemente —como debe tratarse a una mujer cósmica pletórica de lunas nocturnas— en una sementera de tierra extraña al de su nacimiento, provocándole con este descuido el desvalijamiento de su alma adolorida que apenas le daba el hálito de la vida. Enorme error de mi parte.
Su amiga hermana que la acompañó en esta expedición —que fue atendida con mayor esmero— lucía esplendorosa mientras ella agonizaba lentamente, quizá de añoranza, por la tierra abandonada.
Al mirarla en ese estado de suprema tristeza, reflejada en su rostro y cuerpo, a punto estuve de arrancarle el corazón y tasajearla en pedacitos para aventarla con furia hasta donde no tuviera recuerdos de su presencia inútil, pero me contuve porque descubrí en ella, aunque muy imperceptible, sus ansias nuevas de vivir, de g***r la vida. La esperanza me hizo reaccionar y esperar.
Cuando regresé después de varios días, ya rumiado el coraje, volví a mi parcela para darle de beber a mis sedientas niñas y me atreví a verla de reojo porque conservaba dentro de mí la ilusión de que recobraría la salud.
Y mis deseos se cumplieron, la fuerza de la fe y la esperanza dieron fruto.
Ahí estaba mi pequeña buganvilia erizada de espinas y reventando de verde, exhibiendo en toda su grandiosidad, entre sus demás compañeras, una milagrosa metamorfosis, pero diferente al de Gregorio Samsa; una transformación rejuvenecida, así como cuando me la traje por primera vez de la tierra de los panes: coqueta, y risueña, frondosa como en un plenilunio de verde mar y mejillas arreboladas por el frío de una tierra zacatecana. Sí, amigos, colmada de flores rojas cuales mariposas prestas a desplegar las alas y lanzarse al vacío en el confín del universo etéreo como aquéllas que llenan de color el corazón de cualquiera que sabe apreciar la magnificencia de la naturaleza, quien le dio nuevamente a mi bien amada
buganvilla de Pomuch, la gracia de volver a la luz de la vida.