31/05/2025
LA DESAPARICIÓN
El 12 de enero de 2019 fui a visitar a una amiga que hacía mucho no veía. Desde que nos graduamos habíamos perdido la comunicación. Me dio su dirección y fui a buscarla. Ella ya me estaba esperando en la entrada de la privada. Caminamos rumbo a su casa y, mientras platicábamos, vi a lo lejos un niño en el parque. Me le quedé viendo sin decir nada, pero mi amiga notó mi expresión.
—¿Qué tienes, amiga? —me preguntó.
—Nada, solo que me llamó la atención este parque —respondí, sin decirle nada sobre el niño.
Entonces me dijo:
—¿Sabes? Hace más de 10 años, aquí mismo en este parque, en plena fiesta, se robaron a un niño. Había mucha gente y aun así desapareció en segundos. Nunca supieron qué pasó con él. Salió en las noticias, en alerta Amber, pero jamás lo encontraron. Sus papás vivían allá —y me señaló una casa que ahora ocupaba otra familia.
Por la descripción que me dio, supe que el niño que yo vi era el mismo del que hablaba.
Siguió contándome que, a veces, los niños decían que jugaban con alguien que nadie más veía, y por las noches se veían siluetas haciendo travesuras. A mí me costaba dejar de mirar al niño, que seguía ahí, sonriéndome sin ninguna malicia.
Cuando llegamos a su casa, me volvió a preguntar:
—¿Te pasa algo?
—No, es solo que me quedé con la espinita de lo que me contaste. Tal vez el niño no ha podido trascender —dije, sin querer entrar en detalles.
No sentí miedo en ningún momento, ni mientras me contaba la historia, ni al ver al niño. De pronto, me miró seria y dijo:
—Me das miedo... tú has estado en el hospital, puedes ver esas cosas... ¿Viste al niño, verdad?
Mentí y le dije que no. Más tarde, cuando ya me iba, me invitó a una fiesta que tendría su sobrinita el sábado, justo en ese parque. Le dije que sí, y me acompañó hasta la salida de la privada.
Al pasar de nuevo por el parque, volví a ver al niño. Esta vez, se mecía en el columpio y me decía adiós con la mano. Luego me señaló hacia el arenero. Cuando volteé, él asentía con la cabeza. No entendía por qué hacía eso, pero sentí un frío que me recorrió todo el cuerpo al pasar junto al lugar.
El sábado volví al parque para la fiesta. A pesar de que era una celebración infantil, el ambiente se sentía pesado, frío. Notaba una presencia que nadie más parecía sentir. Me senté sola en una mesa mientras mi amiga ayudaba con la comida.
Al voltear al arenero, sentí un susurro en mi oído:
—¿Me tienes miedo?
—No —le respondí con firmeza.
Sentí una pequeña palmada, y escuché su risa mientras lo veía correr entre los árboles. Su ropa estaba hecha harapos y los tenis húmedos. Cuando trataba de salir hacia la banqueta, se detenía. Su rostro se oscurecía, tenía las cuencas vacías y estiraba las manos como si algo le impidiera cruzar.
Me acerqué al lugar donde estaba. Mi amiga se me acercó y me dijo:
—¿Lo ves, verdad?
—Sí —le respondí. Ya no podía negarlo.
Me agaché como si se me hubiera caído algo para quedar frente a él. Me miró y dijo:
—Me llamo Miguelito. Extraño mucho a mis papás. Me dejaron solo y donde estoy hace frío. No sé por qué no vinieron por mí.
Agachó la cabeza y dijo mi nombre. Me estremecí. ¿Cómo sabía mi nombre?
Luego llegó la niña del cumpleaños. Dijo algo y dejó un pedazo de pastel en el suelo, en un rincón vacío. Escuché que dijo: “Tenemos la misma edad”. Pasó a mi lado y me dijo:
—Miguelito es mi amigo, pero nadie me cree. Mi mamá dice que es imaginario.
Sonrió y se fue. Me acerqué de nuevo a donde estaba él. Olía el pastel.
—No puedo comerlo, pero sí olerlo —me dijo—. Ella es mi amiga. A veces voy a su casa en las noches para no estar solo. De noche sí puedo cruzar. He ido a mi casa, pero ya vive otra familia. ¿Me puedes decir dónde están mis papás?
—No lo sé, Miguelito. Yo no vivo aquí —le respondí.
En ese momento, la niña se acercó otra vez, con cara triste, y le dijo:
—Cuando sea grande, yo te voy a sacar de aquí.
Me agaché con ella y le pregunté:
—¿Dónde está Miguelito?
—Aquí. Está enterrado. Un señor se lo llevó hace mucho y lo dejó aquí abajo. Dice que tiene frío y está solo. Ayúdalo, por favor.
Le prometí que lo ayudaría, que ya no estaría solo.
La fiesta terminó como a las 8:30 p.m. Mi amiga se ofreció a llevarme a casa, pero me negué. Sabía que tenía que quedarme. Me senté en una banca del parque. Y de nuevo lo escuché:
—Tengo frío, quiero ir a casa. Por favor, ayúdame.
Me giré y lo vi.
—Miguelito, ¿qué pasó aquí? ¿Por qué desapareciste?
—Vine con mis papás. Una señora me ofreció una paleta y me dijo: “¿Tienes calor?”. Me la comí y me dio sueño. Desperté en una casa con muchos juguetes y más niños. Unos lloraban, otros estaban mu**tos… sin partes del cuerpo. Vi a un señor horrible, sucio, que traía un lazo. Colgó a un niño delante de mí. Grité, intenté correr, pero me agarró. Me llevó a un cuarto como el mío y me amarró a una mesa. Me dijo: “Necesito tus ojos. Lo siento”. Me los arrancó. Me metieron en una bolsa. Pensé que iba con mis papás, pero era una fiesta… cavaron un hoyo grande y me tiraron aquí.
Me hizo sentir su dolor. Sentí los golpes, su miedo, su desesperación. Lloré. Me pidió un abrazo. Le di uno. Saqué una vela del pastel, la encendí, la puse dentro de un frasquito y la enterré en la arena. Me quité el rosario y recé. Le pedí a Dios que lo recibiera en su luz, que ya no sufriera más.
Grité:
—¡Miguelito, vámonos a casa, ya es tarde!
Y él me respondió:
—Estoy listo. Mis papás me están esperando. ¡Gracias!
Vi cómo caminó hacia una luz. Me dijo adiós con su manita. Cuando volví a ver la vela, ya no había nada. Solo el rosario, colocado horizontalmente, como si me lo hubiera devuelto.
Lo recogí y escuché un susurro en mi oído:
—Gracias, señora…
Sentí su manita en mi rostro y supe que, por fin, había partido.
Ya pasaron tres meses. No lo he vuelto a ver. Paso por el parque y todo parece normal.
En marzo encontraron sus restos. También me enteré que sus padres murieron en un accidente pocos meses después de su desaparición. Tal vez por eso nunca lo buscaron más.
Ahora, por fin, están juntos.
Nadie supo nunca quién fue capaz de hacer algo tan atroz.
Esto pasó en Tijuana. Y sí… es una historia real.
Créditos a su autor.