29/04/2023
La Nobleza Indígena Purhépecha
Fidel Rodríguez Ramos
El máximo representante del imperio purhépecha recibía el título de Caltzontzin que podría significar: “el que está en la cumbre de la casa”, según los estudiosos Seler y Brasseur de Bourbour, la sucesión real en el Michoacán prehispánico se realizaba por medio de un sistema electivo, hereditario, pues cuando el rey era ya muy viejo, señalaba para que le ayudara en el mando a su hermano o más comúnmente, al characu (el niño, el príncipe heredero) que era por lo general el hijo mayor de la Yreri la mujer natural del emperador, y esta elección en sus parientes la hacía el rey, no tanto porque lo fueran, sino porque reunían las cualidades más apreciadas, como hablar bien, los ademanes y gestos acompasados y dignos, la cordura.
Si por alguna razón no se nombraba al sucesor en la vida del Cazonci, al morir éste se seguía un proceso electivo con la participación de todos los caciques de la provincia, los señores de la más alta alcurnia y los “valientes hombres”, quienes reunidos en el patio real de Tzintzuntzan rogaban al primogénito que aceptara el ofrecimiento. Éste rehusaba la petición proponiendo en su lugar al hermano del rey difunto, los electores insistían cinco días, para que el characu aceptara, acto seguido el mismo solicitaba la ayuda e indulgencia de todos los presentes, amenazando con la muerte a los que osaran rebelarse.
Durante todo un día, el petamuti (encargado de decir la historia de los purhépechas) y un señor muy linajudo llamaban a los concurrentes a esta ceremonia (nobles, guerreros, sacerdotes y macehuales) a que rindieran obediencia y respeto al monarca que los gobernaría en nombre de los dioses. Y el nuevo cazonci se casaba con las mujeres del monarca difunto y, entraba en posesión del real patrimonio y de la dignidad regia. Si la muerte del Caltzontzin sucedía cuando el characu era muy joven, se nombraba un coadjutor, ayudante para que gobernase el reino hasta que el heredero alcanzara la mayoría de edad, aproximadamente a los treinta años.
En los tiempos del rey Tariacuri una mujer gobernaba Zacapu, al igual que durante los gobiernos de Hiquíngare, Iripan y Tangáxuan mandaban algunas cacicas. Muy valientes eran las féminas de Chilchota. Esta relatoría la debemos a Delfina Esmeralda López Sarrelangue, quien seguramente compartiría con nosotros la preocupación de Jaime Contreras Díaz representante del Grupo Indígena Legítimo Autónomo al Rescate de la Cuna del Imperio Purhépecha, para preservar lo que fuera el primer asentamiento de la cultura que nos dio origen a todos los michoacanos en Zacapu, donde la “civilización” pretende hoy comercializar espacios sagrados, convertirlos en huertas de oro verde, espacios inmobiliarios, ; consintiendo la destrucción de un legado arquitectónico para extraer vestigios que nos dan identidad, de piezas que se llevan al extranjero para supuestamente estudiarlas, el INAH, el Gobierno del Estado ya han sido apercibidos.