15/09/2023
A escasos 9 km hacia el noroeste de la urbe oaxaqueña, situado entre planicie y monte, descansa el colorido pueblo de Santa María Atzompa con su rústica iglesia de dos torres, la plazuela y el kiosco, la escuela, el palacio municipal a medio construir, sus humildes casitas de adobe y lámina, y su nuevo mercado de artesanías, orgullo de la comunidad.
LOS DÍAS DE UN PUEBLO ALFARERO
Andando por sus veredas de tierra destaca, siempre en viernes, el negro y abundante humo salido de los hornos. En éstos se cuecen jarritos, ollas, comales, platos, tazas y cazuelas, que serán vendidos, en su mayoría, en el mercado de abastos de la capital oaxaqueña, al siguiente día.
Entre los habitantes de Atzompa es ya una tradición, casi un rito que no puede romperse -como dice Juana Vázquez, artesana-, “no trabajar el domingo, nadie hace un jarro ni prende sus hornos. Ese día no se trabaja el barro… nomás porque no”. Sin embargo, el sábado le echan ganas a la venta, y se les ve muy afanados, ya sea de ambulantes, ocupando algún lugarcito en la periferia del inmenso mercado citadino, o bien en el improvisado espacio con el que cuentan, desde hace tres años, en la zona sur del mismo. Allí ofrecen su artesanía a todo aquel que se acerque para comprar o sólo curiosear y admirar de cerca lo más original de sus piezas; su verde vidriado.
Los puestecillos, improvisados con láminas de cartón, asbesto y remiendos de plástico, sobre piso de tierra, desentonan con lo bello de la alfarería que en ellos se expone. Doscientos alfareros, aproximadamente, ocupan un sitio en esta plaza oaxaqueña e intentan obtener las ganancias de toda una semana de labores, aunque apenas ajusten para medio alimentar a su familia. Afortunadamente, ahora cuentan también con un mercado de artesanías dentro de su localidad. Éste recibe de lunes a domingo un número cada vez mayor de turistas nacionales y extranjeros quienes, admirados con el especial arte alfarero, adquieren algunas piezas (ya sean de decoración o utilitarias) beneficiando así la economía del pueblo.
El mercado fue concebido de una idea original y, sobre todo, muy funcional para sus miembros: su modo de operar se basa en un peculiar sistema que consiste en obtener ingresos y, a la vez, disponer del tiempo suficiente para elaborar sus artesanías. La organización de este feria alfarera permite que sólo dos de los artesanos estén encargados de las ventas, tanto de sus locales como las de los demás locatarios, un solo día a la semana. La ventaja es que disponen del resto del tiempo libre para dedicarse a sus labores artesanales, pues en los días restantes serán otras parejas las que se ocupen de cuidar las ventas, en forma rotativa, de todo el mercado. El control sobre las ventas de cada local se mantiene a través de un colorido sistema de cartoncillos con el precio, pegados en las piezas. Los mismos cartones, dependiendo del color, identifican también a su dueño, y guiándose por éstos los miembros encargados del mercado registran en la lista correspondiente las ventas logradas por cada artesano. Al final de la jornada, con la noche encima, los alfareros asociados en esta plaza se reúnen con la esperanza de recibir las ganancias de la venta de sus creaciones.