11/09/2026
“La sombra de la calle Amado Nervo”
Por: Rafael Guzmán
Gracias por tu aporte.
En el Centro Histórico de Morelia existen casas que han visto pasar generaciones enteras. Muros antiguos, calles estrechas y rincones que, cuando cae la noche, parecen guardar historias que pocas veces se cuentan.
Una de esas historias ocurrió sobre la calle Amado Nervo, poco antes de llegar a la calle 5 de Febrero.
Mi papá era apenas un niño. Tendría alrededor de seis años. En aquella época las noches del centro eran muy distintas: había menos iluminación, poco tránsito y algunos faroles apenas alcanzaban a romper la oscuridad de las calles.
Esa noche, mis abuelos tenían una reunión familiar en casa. Mientras los adultos platicaban en el interior, mi papá y uno de sus primos jugaban afuera, despreocupados, como cualquier par de niños de su edad.
De pronto, algo llamó su atención.
A lo lejos comenzó a escucharse el golpeteo de unos cascos.
Parecía un caballo avanzando por la calle.
El sonido se hizo cada vez más fuerte.
Tac… tac… tac…
Los niños dejaron de jugar y voltearon esperando ver aparecer al animal.
Pero no había ningún caballo.
Entre la poca luz de la calle, lo único que alcanzaron a distinguir fue una enorme sombra que se acercaba hacia ellos.
Mi papá recuerda que aquella figura era demasiado grande. No podía verle el rostro, ni distinguir con claridad su cuerpo. Sin embargo, cuando la sombra se proyectó contra una pared, alcanzó a notar algo que jamás olvidó.
Parecía tener unos grandes cuernos, retorcidos hacia atrás.
Antes de que pudieran correr, la figura ya estaba prácticamente sobre ellos.
Entonces mi papá sintió un fuerte jalón en el cabello.
Su primo también.
Aquello los había sujetado.
Sin poder ver manos, rostro o cuerpo alguno, los dos niños comenzaron a ser arrastrados por la calle.
Mi papá cuenta que trataban de defenderse como podían. Golpeaban al aire, pataleaban, forcejeaban, pero no lograban ver qué era aquello que los llevaba sujetos del cabello.
Solo sentían la fuerza.
Y el dolor.
Fueron arrastrados varios metros, aproximadamente media cuadra, en dirección hacia la calle 5 de Febrero.
Hasta que, de alguna manera, lograron soltarse.
No pensaron en otra cosa.
Corrieron.
Regresaron desesperados a la casa y, apenas pudieron hablar, contaron que algo los había agarrado y arrastrado por la calle.
Mi abuelo y los demás adultos salieron inmediatamente.
Revisaron afuera.
Buscaron por la calle.
Pero no había nadie.
Ni caballo.
Ni jinete.
Ni persona alguna.
Lo más extraño fue que ninguno de los adultos había escuchado aquel galope.
Solamente los dos niños.
Mi papá recuerda que durante los siguientes dos días le dolió intensamente el cuero cabelludo, justo en el lugar donde había sentido que aquella presencia lo sujetó.
Después de aquella noche, nada volvió a suceder.
Pero el recuerdo permaneció.
Hoy la calle Amado Nervo es muy distinta. Hay luces, vehículos, semáforos y movimiento constante. Sin embargo, las viejas casas siguen ahí, observando el paso del tiempo.
Y entre esas paredes antiguas quedó la memoria de una noche en la que dos niños escucharon acercarse un caballo que nadie más pudo oír…
y vieron una sombra que nunca pudieron explicar…