20/02/2018
◖ ⁰¹ ᴬᶜᵗ‧ ⁿᵃʳʳᵃᵗⁱᵛᵃ ◗
𝑻𝒉𝒆 𝑹𝒆𝒔𝒄𝒖𝒆
Su día comenzaba con la rutina de ir al programa. Pero una camioneta se interpuso, era raro ella no había pedido ese día la camioneta y sobre todo si solo era una calle de su casa. Un quejido de sorpresa ante los tres hombres que bajaron y la jalaron hacia dentro. No los reconocía e intento gritar fuerte, muy fuerte y que la escucharan en todo el mundano planeta, los mismo brazos demoniacos la apresaron y tomaron control de la camioneta mientras le hacían una llave encima. Ellos pusieron un pañuelo sobre su boca para callar y olor a cloroformo se impregnó de inmediato en mi nariz. La cabeza se me nubló, los gritos se detuvieron y todo lo demás también. Se desmayé con su imagen en mi mente; recordando más a su vida.
Entonces todo se volvió negro. Despertaba adormilada cada tanto, sin poder mover ni un músculo de mi cuerpo. No podía pensar, pero la pequeña parte de su cerebro que funcionaba me avisaba que me habían inyectado una droga muy potente. Cuando comenzaba a preguntarme qué demonios estaba ocurriendo, cuando comenzaba a recordar lo último que había ocurrido, entonces volvía a perder la conciencia. A mi alrededor sentía frío, y apretado. Estaba encerrada en algo, y me movía. Me estaban trasladando a algún lugar. Los latidos de mi corazón eran débiles y mi respiración también… probablemente era para mantenerme con vida en un viaje en un lugar pequeño, en una especie de cajuela.
▹ Una semana con 4 horas tarde...
Sus piernas se movían, pero no era ella quien las controlaba. Sus ojos estaban rojos de tanto llorar, y su rostro se había teñido del morado más oscuro por los golpes que había recibido. Pero ella no sentía nada. No.
Para ella el dolor ya no podía ser sentido, no como antes. Porque había alcanzado en su interior todo limite que una persona podría soportar, y llegó un punto en que sus sentidos simplemente se apagaron, y su alma escapó de su cuerpo. Rogó clemencia, exigió abandonarla. Aquello que la hacía humana ya no existía, ellos se lo habían arrebatado.
Sus piernas se movían, corrían descalzas y desnudas, pero ella no se los ordenaba. Era automático, porque conservaba parte de su sentir que le imploraba una sola cosa: Libertad.
Eunnik quería ser libre, escapar de ese bizarro y oscuro lugar. No sabía dónde estaba ni qué puerta debía cruzar. Estaba cansada, pero si se detenía allí ellos harían que su corazón, lo único que se mantenía latiendo en ella por dentro, se detuviera. La iban a matar por lo que había hecho, aunque probablemente primero volverían a hacer cosas desagradables.
Ella estaba semi desnuda, no tenía más que su falda mal acomodada y el bra, nada más. Su cuerpo entero estaba cubierto de marcas que jamás desaparecerían, además de heridas que ya estaban demasiado profundas en lugares que dejaban poco a la imaginación.
Corría y respiraba como podía, escuchando detrás las pisoteadas de quienes la buscaban. Ella no era –y nunca fue— una persona para ellos. Sólo era una cosa, una especie de mercancía que había causado terribles inconvenientes, unos que les sería muy difícil tapar. Pero ese no era el momento para pensar en ello, tenía que seguir corriendo… corriendo a la libertad.
Por un instante vio su reflejo en un ventanal… no se reconoció. Observó fugazmente sus ojos manchados de un delineador de mala calidad, y el labial corrido de sus labios rojos, y el morado y colorado natural de sus mejillas. Su delgada y alguna vez pulcra silueta estaba llena de rasgaduras. Sucia, marcada por golpes y tratos inhumanos, cerró los ojos un momento, y siguió corriendo.
Y fue entonces cuando vio esa ventana abierta, al final del oscuro pasillo, directa al vacío. Llegó al borde del precipicio y vio que estaba a dos pisos de altura. Sintió el aire fresco sobre su cara, corriéndole los enredados mechones rosados hacia atrás y adelante. Fue la sensación más cálida que había sentido en semanas.
Pensó que la libertad podía tener varios significados, y quizás uno de ellos era la muerte misma. Ellos la habían lastimado tanto que pensó que era preferible elegir su propia libertad antes que someterse a una tortura más, y que ellos eligieran su propia muerte por ella. Que ellos decidieran su vida.
Eso último no se los iba a dejar.
—¡¿Dónde estás perra maldita?!—
Somi tuvo que escuchar eso en la lejanía para poder saltar. Esa fue su señal… y cayó. No sintió nada mientras caía. Solamente el viento acompañándola, el sabor dulce de una libertad comprada a medias, la paz. No tenía miedo, lo que caía sólo era un cuerpo. Tenía anhelos, muchas esperanzas. Esas emociones se habían mantenido ocultas desde lo que parecía ser su fin a pesar de sólo una semana, una eternidad. Sentía que lo único que la mantenía viva era la sangre que le bombeaba en el corazón, los circuitos de su cerebro que funcionaban… pero el recuerdo de su hermana y su familia.
Y de pronto, un segundo antes del inminente impacto, todo se puso en blanco. Estaba en un lugar iluminado y vacío, sentada en la soledad.
Las minutos pasaron y dio paso a la hora ya no escuchaba nada, solo el ruido de un suburbio. Sus pies le dolían a horrores pero sin embargo su corazón estaba inquieto, era la adrenalina, abrió los ojos cuando pudo visualizar el callejón. Había caído en la basura como soporte pero había hecho mas daño. Trato de no hacer ruido una hora más podrían buscarla. Los minutos siguieron corriendo hasta que con mas fuerzas termino de pararse y caminar a la calle.
Un grito a su espalda y vio una pareja que se escandalizaba de su aspecto, la joven se acerco, Somi solo mencionaba Auxilio mientras se mantenia algo despierta.
En lo que llamaban a la policía y la ambulancia.