11/05/2026
Esto que me enviaron, no podía dejar de compartirlo, más allá de idealizaciones o de la romantización de las relaciones y de la maternidad, porque yo reconozco que como personas somos seres claro-oscuros, hay algo inefable e infinito que mamá brinda.
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“Todo regreso a la madre
es también un regreso
a la forma primera del tiempo:
el círculo invisible
donde la vida insiste
en comenzar de nuevo.”
En diálogo con Martin Heidegger y Friedrich Nietzsche.
LA FORMA PRIMERA DEL TIEMPO
La madre no pertenece únicamente al recuerdo.
Pertenece a esa región más honda donde el tiempo deja de ser sucesión y se convierte en presencia.
Martin Heidegger intuía que habitar no es simplemente ocupar un espacio, sino permanecer de una cierta manera en el mundo. Y acaso la madre sea el primer lugar donde el ser humano aprende, sin saberlo, qué significa habitar.
Antes de comprender el lenguaje, ya habitábamos un ritmo:
la respiración compartida,
la espera,
el cuidado,
la repetición silenciosa de los días.
La madre abre el mundo no como concepto, sino como cercanía.
Por eso su presencia permanece incluso cuando se ausenta.
Porque lo esencial del habitar nunca depende del cuerpo solamente, sino de la huella que una existencia deja en otra.
Los instantes junto a la madre parecen pequeños mientras ocurren:
una mesa servida,
una voz llamando por el nombre,
la luz encendida hasta que alguien regresa.
Pero el tiempo revela después que aquellos instantes no eran fragmentos aislados; eran modos del ser.
El ser humano vive arrojado al tiempo —diría Heidegger— y, sin embargo, busca incesantemente un lugar donde demorarse sin miedo. Tal vez la madre represente esa primera morada:
la experiencia originaria de resguardo frente a la intemperie del existir.
Y, sin embargo, hay algo más.
Mihaly Csikszentmihalyi hablaba del flow como ese estado en el que la conciencia deja de fragmentarse y el ser humano entra plenamente en el instante.
Una atención tan completa que el tiempo parece desaparecer.
Quizá la infancia junto a la madre tenga algo de esa experiencia originaria del flujo:
una forma de presencia total donde todavía no existía la división entre pasado y futuro.
El niño no piensa el tiempo.
Lo habita.
Y la madre, en muchos momentos silenciosos, sostiene las condiciones de esa plenitud:
el juego sin prisa,
la escucha completa,
la repetición tranquila de lo cotidiano.
Tal vez por eso ciertos recuerdos maternos poseen una luminosidad distinta. No porque hayan sido extraordinarios, sino porque en ellos estuvimos completamente presentes.
La atención amorosa transforma el instante en morada.
Con los años comprendemos que no recordamos únicamente hechos.
Recordamos modos de presencia.
La nostalgia entonces deja de ser solamente melancolía.
Se convierte en una forma de conciencia:
la intuición de que hubo momentos donde el ser y el tiempo estuvieron reconciliados.
Y acaso madurar consista en aprender a volver a esa intensidad sin ingenuidad:
habitar nuevamente los instantes,
mirar sin dispersión,
escuchar sin prisa,
amar sin ausencia interior.
Porque quizá el legado más profundo de la madre no sea únicamente el cuidado recibido,
sino la enseñanza silenciosa de cómo estar verdaderamente presentes en el mundo.
Y cuando ella falta, el tiempo cambia de densidad.
La casa permanece,
los objetos siguen ahí,
pero algo esencial se retira:
la forma particular en que el mundo era iluminado por su presencia.
Sin embargo, incluso en la ausencia, queda el habitar.
Queda la posibilidad de volver al instante con atención plena,
como quien enciende una lámpara en medio de la fugacidad.
Porque aquello que verdaderamente nos constituye no desaparece del tiempo;
Permanece
como la luz encendida
de una habitación
a la que seguimos regresando
incluso después de haber partido.
“Tal vez la eternidad
habite precisamente ahí:
en los instantes cotidianos
que regresan silenciosamente
para recordarnos
que nunca dejamos del todo
la casa de la madre.”
En diálogo con Mihaly Csikszentmihalyi.
La imagen es de Karan Nandaniya