28/09/2024
El ave y el roedor
Ella siempre fue una persona muy suya, muy libre, a pesar de sus claras carencias y problemas siempre tuvo la intención de volar alto y el deseo de ser libre, nunca entendí su deseo, ese deseo de surcar los cielos y volar a horizontes desconocidos. Yo era más bien un roedor, afuera era un lugar peligroso y no tenía por qué salir, podía hacer mi hogar aquí y ampliarlo con el tiempo, crecer de una manera distinta.
Entre nuestras platicas habitualmente tocábamos el tema de los animales, ambos apasionados por la vida silvestre y la belleza que radicaba en la madre naturaleza, los ecosistemas y la simpleza y complejidad de los mismos, ahora viéndolo en retrospectiva creo que unos de los argumentos que más se repetían se torna especialmente cruel después de haber madurado.
-No me gustan las aves como mascotas, no porque no sean bonitas, si no por qué no me agrada la idea de privar de su libertad a algo tan bello y majestuoso- argumentaba con un claro disgusto en mis palabras. Ella me respondió -No precisamente tiene que ser así, si las educas bien, las tratas con amor y confías en ellas no tiene por qué escapar y volar por ahí sin destino, y su jaula se convierte más en un lugar para dormir que en una prisión- me decía con una tímida calidez.
-Puede ser- respondí sin prestarle mucha importancia a las hermosas palabras que manifestaba mi, en ese entonces, amante y compañera.
Hoy en día me doy cuenta que sin darnos cuenta resumimos nuestra relación en esa pequeña charla, yo pensaba que solo podías amar algo majestuoso desde la distancia, desde la lejanía, para mí algo tan bello como un ave en pleno vuelo solo podía estar libre y hermosa o presa y deprimida. Sin embargo para ella era distinto, al final en la naturaleza las aves no solo están volando de horizonte en horizonte, tienen un nido, vuelven a su hogar después de un largo peregrinaje, y aunque pueden migrar y cambiar a través de las estaciones siempre tiene un lugar a donde volver, es eso lo que mi mente tan polarizada no entendía, que en la vida como en la naturaleza no hay absolutos, nada es blanco o negro, bueno o malo, simplemente es lo que es, fluye y es natural para cada individuo, sea humano o no, era algo que nunca vi, o mejor dicho, nunca quise ver, que por no aceptar mis carencias y que yo era el problema ignore las palabras cargadas de sentimiento y una melancolía familiar que mi más querida amiga expresaba casi como una metáfora de nuestra relación, ella siendo un ave y yo un roedor, ella queriendo volar libre por el cielo y yo quería surcar la noche por la tierra y que por mi propia negligencia, por no aceptar mis carencias, y por no ver al cisne que dormía en mi cama le corté las alas, la obligue a que se quedará conmigo, la obligue a quedarse en la tierra a acompañarme en mi camino sin pensar en que fue esa misma libertad lo que me enamoró hace tanto tiempo. Ignorando su melancólica mirada hacia el cielo, mientras me acompañaba con la sonrisa más grande que he visto en una persona a todos lados de mi madriguera sin preguntarme si quiera lo que ella quería, y aunque en varias ocasiones ella me ofreció montar en su alas y acompañarla en su vuelo me negué, me negué como un cobarde, pensando que eso no era yo, yo no era un ave, entonces ¿Por qué debería surcar los cielos? Sin darme cuenta que ella, sin ser un animal de tierra me acompaño gustosa a cada una de las montañas, ríos y lagos que yo visite para mí deleite. Pero ella nunca vio un atardecer conmigo, nunca pudo sentir el viento, el calor del alba, la textura de las nubes a mi lado, porque fui un cobarde, preferí no ir con ella y dejarla ir sola, esperarla en la cama y que ella me hablara de sus aventuras por los cielos, eso parecía hacerla feliz, pero si bien eso no era mentira, tampoco era toda la verdad.
No ame su libertad, ame mi carencia. Yo con el miedo de que volará tan lejos que algún día ya no regresaría, preferí cortarle las alas y mantenerla conmigo, triste y enjaulada.
Hoy en día es demasiado tarde, ella voló hacia el atardecer como siempre quiso y yo encontré alguien con quién surcar la noche. Nunca pude pedirle perdón, decirle que lo lamento y que hoy en día me doy cuenta de todo lo que hice mal y me arrepiento, que las palabras no bastan y que por eso hoy soy alguien distinto, alguien que no tiene miedo a volar, de conocer otros cielos y hoy en día soy más feliz.