23/07/2026
Tal vez el primer st****er de Nuestro Tuxtla Antiguo
𝐑𝐄𝐂𝐎𝐑𝐃𝐀𝐍𝐃𝐎 𝐀 𝐑𝐎𝐃𝐑𝐈𝐆𝐎 𝐍ÚÑ𝐄𝐙 𝐃𝐄 𝐋𝐄Ó𝐍, 𝐔𝐍 𝐈𝐍𝐆𝐄𝐍𝐈𝐎𝐒𝐎 𝐇𝐈𝐃𝐀𝐋𝐆𝐎
𝘼 𝙪𝙣𝙖 𝙙é𝙘𝙖𝙙𝙖 𝙙𝙚 𝙨𝙪 𝙥𝙖𝙧𝙩𝙞𝙙𝙖
Conocí a Rodrigo Núñez de León en 1989 en una conferencia sobre los 97 años de Tuxtla Gutiérrez como capital, realizada en el edifico Maciel. Pidió la palabra y con elocuencia habló sobre la destrucción de los edificios históricos del centro. Me sorprendió su conocimiento y supe allí que ocho años atrás, él había sido la única persona que registró gráficamente el momento de demolición del viejo Palacio de Gobierno. Fotos de las que nunca reclamó su crédito, hoy adjudicado erróneamente a varias personas.
Años después en 1998, siendo yo jefe de prensa de la Universidad Autónoma de Chiapas, Rodrigo (rayando los cincuenta años) se incorporó al equipo. El director de Comunicación Social en ese momento Hugo Villar Pinto me dijo que fungiría como fotógrafo. Aunque el recién llegado se acercó después y me explicó que sus habilidades de corrección serían de más utilidad para la Gaceta UNACH. Y así fue, tenía conocimientos y buenos criterios. Traía escuela pues, había estudiado Periodismo y Comunicación Colectiva en la UNAM.
En realidad, su incorporación a la Universidad digamos que fue como una pausa voluntaria o “año sabático” en su prolífico trabajo editorial bajo el sello Rodrigo Núñez Editores, pues ya había republicado importantes libros como “La imprenta y el periodismo en Chiapas” de Fernando Castañón Gamboa (1983), “El Combate Naval de Chiapa de Corzo” de Eduardo Alberto Vargas (1984), “B.S. Tamila” de Rafael Arles (1987), “El sentimiento chiapaneco. Ensayo sobre la independencia de Chiapas y su agregación a México” de Jan de Vos (1991), “Crónicas del volcán” de Jaime Sabines (1992), y “Memoria histórica de la provincia de Chiapa” de Mariano Robles (1992).
Recién llegado a la UNACH redactó unas calaveritas por el Día de Mu***os y dedicadas a las autoridades universitarias, pero muy picantes y subidas de tono. Nunca se publicaron, aunque circularon de manera anónima en todas las áreas administrativas y en la oficina del Rector, generando asombro y risas.
Rodrigo compartió cubículo con otros extraordinarios correctores: el lingüista Fernando Lara Piña y la abogada Laura León Carballo. Recién llegado escogió un pequeño escritorio en el que, por cierto, no cabía por su estatura (1.90). Allí medio encorvado corregía las pruebas finas acompañado de una Coca Cola y un cigarro.
Usaba una pluma fuente marca Parker pues aseguraba que le generaba mucha precisión. Y así era, su aguda percepción le hacía pulir y perfeccionar los textos dándoles claridad, fluidez, eliminando redundancias, ambigüedades y errores gramaticales. ✒️
En aquellos años había un gran equipo de Prensa en la UNACH. Angel Silva Lara y Vinicio Portela hacían una extraordinaria labor de síntesis informativa pues conocían bien el medio periodístico. También colaboraban Joselito López, Dahomey Pérez, Greysi León, Carolina Sholé Gómez y Rubén de Leo.
Forjé buena amistad con Rodrigo Núñez. Por las mañanas se acercaba a mi oficina, tomábamos café y conversábamos de diversos temas: sobre su familia refería siempre con mucho amor a su hijo Francisco, y a sus dos pequeñas niñas. Luego analizábamos la política, el cine, el medio periodístico y rematábamos con pasajes de la historia de Chiapas pues al respecto tenía vasto conocimiento y una nutrida biblioteca personal.
Un día descubrimos en una foto de 1960, que su padre Pancho Núnez “El Gitano” (fundador del periódico El Sol de Chiapas) y el mío Valente Molina Cruz, aparecían conviviendo en un bar de Tuxtla, hallazgo que constató lo que mi papá me contaba sobre la amistad que había tenido con el periodista norteño.
En ocasiones no llegaba a trabajar. Era educado y llamaba por teléfono para notificarlo. Pero no crean que lo hacía por desidia, sino porque asistía a algún evento cultural, artístico o a las marchas y actos del gremio periodístico. Él siempre iba preparado para la actividad reporteril: vestía mezclilla, chaleco verde multibolsillos, cámara al hombro y un morral de cuero donde llevaba una grabadora, libreta y su inseparable pluma fuente.
En otros momentos, estando en la oficina me decía afligido que iba a retirarse por una urgencia, para lo cual yo nunca tuve inconveniente ni lo cuestioné. Aunque a veces, me informaban que su urgencia había tenido lugar en el Café Avenida.
Eso sí, cuando se iba de la oficina lo hacía con mucho tiempo pues sus pasos cortitos construían un lento y cadencioso caminar para llegar a su destino. Era un caballero de fina estampa. Usaba un viejo sombrero de cuero de ala plana que le protegía de la sensibilidad ocular que sufría, lo que provocaba que frunciera el ceño, entrecerrara los párpados y achicara los ojos para bloquear el exceso de luz. Por este gesto y el sombrero le decíamos que era el Clint Eastwood tuxtleco.
Era un ingenioso hidalgo. Devorador de libros, explorador y buscador de historias no comunes, como la investigación que hizo para localizar la tumba del cronista de Tuxtla Fernando Castañón Gamboa en el Panteón Municipal de Tuxtla Gutiérrez. Me habló mucho de eso y aseguraba que no había registro de ubicación, pero él tenía una pista y que lo intentaría. Un lunes llegó feliz y me enseñó unas fotos de la tumba y del mausoleo que encontró con la ayuda de su amigo Roberto Selvas San Sebastián.
Sabedor de mis trabajos de investigación histórica, me obsequió un ejemplar original del libro “50 años de la Revolución en Chiapas” de José Casahonda Castillo editado en 1974 y me contó que ya estaba trabajando en la reedición, proyecto que se hizo realidad al siguiente año (1999).
Es altamente probable que por esos valiosos proyectos editoriales haya renunciado a la UNACH, pues argumentó que tenía otras actividades que realizar en su vida profesional y personal.
En los años subsecuentes su sello editorial republicó “Transformación del centro histórico de Tuxtla Gutiérrez. Imágenes, cronología y sucesos” de Fernán Pavía (2008), texto en el que incluyó las imágenes que él mismo registró en la polémica demolición del antiguo Palacio de Gobierno.
Lo volví a ver en 2010 cuando me visitó en la Universidad Politécnica de Chiapas. Me presentó un interesante proyecto editorial aunque ya no regresó, y me fue difícil localizarlo pues muy pocos conocían su domicilio y al parecer no usaba celular.
Mi último encuentro con Rodrigo Núñez fue en 2013 en el Centro Cultural Jaime Sabines durante un homenaje al poeta mayor de Chiapas. Caminaba con más dificultad apoyado en un bastón. Eran pasos endebles. Ya había sufrido dos derrames cerebrales. En el vestíbulo de ese recinto cultural conversamos junto a Eraclio Zepeda. Emitía palabras entrecortadas por sus estertores respiratorios. Nos contó que había sido amigo de Jaime Sabines y que en breve reeditaría sus primeros poemas.
Los libros llenaron sus últimos años. Concretó importantes proyectos editoriales y otros, debieron haber quedado en su mente sagaz e inquieto pensamiento de editor, que sabía el significado y trascendencia del libro y su poder. Por eso él los transformaba, los pulía, los rediseñaba, los dotaba de proemios, de nuevas tipografías y los otorgaba a la sociedad como el objeto valioso que son.
Rodrigo falleció el 25 de julio de 2016. Al recordarlo, algunos valientes escritores lo han nombrado “troglodita” o “cronopio”. Yo disiento. Rodrigo era pertinaz, docto, polifacético, culto, noble, viajero y aventurero. Un ingenioso hidalgo. Sí, como el Quijote de la Mancha, porque su existencia, “…llenósele de fantasías y de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles”.