10/05/2026
Mi madre hermosa.
Aquellas manos que en mis recuerdos y mis sueños llegan, aquellas palabras de consuelo y amor, aquellos ojitos dulces y sumisos, esas mismas tan tuyas, tan salvadoras, sí, esas manos que no son grandes y no son pequeñas a la vez, son esas que aman, las que todo brindan y nada piden, esas que por sacarme de dudas y temores, me rescatan de las espinas y se entierran en ellas.
Para el dolor inmenso de recónditos fantasmas, no hay como la frescura de esos dos luceros, que son tus ojitos; esos mismos, cuando la vida deja mis pasos mustios, son un par de milagros calmando angustia; cuando el destino me acosa con malicias, son dos alas de armonía sobre mis tempestades.
Esos ojitos astronómicos y llenos de milagros, esos mismos que logran que en mi sombrío camino vayan apareciendo las estrellas. Y con solo una mirada que llega a mi alma, calmas el dolor, y acaricias, logrando disipar el pesar y la soledad, siendo los únicos ojitos que tienen corazón, y en el rosal de rosas blancas del camino se logran ver las mismas con una tersidad infinita y yo aprendí de esa blancura en las manos de mi amada madre.
Y llevando en el alma esas dudas escondidas, y con las alas de la vida caídas, esas maternales manos sobre mi pecho roto se vuelven en alas que aquietan mi corazón, esas mismas que saben quitar tristeza, esas mismas de mi madre perfuman y acarician con delicadeza.
Manos que solo ellas son las que saben amar, las que todo ofrecen y nada piden; cuando las necesito, siempre estarán para mí, esas mismas que me vieron nacer y crecer y que ahora dulcemente beso desde mi alma y mi corazón.
Y ahora ver que no tengo la capacidad de no poder parar el tiempo; solo pido al destino me dé la oportunidad de verte cada día y agradecerte por todo lo recibido con amor y dulzura siempre.
Esas manos dulces y amorosas, esas manos de mi madre hermosa.
Autor:
Jorge Alberto De Los Rios López.