23/01/2026
EL RELATO DE MI VIDA..!!
El pasado es, a veces, un territorio difuso y cubierto por una niebla espesa. Al intentar mirar hacia mi infancia, encuentro fragmentos sueltos, recuerdos que no terminan de encajar y una complejidad que mi mente decidió proteger bajo el manto del olvido. Los abusos sufridos en aquellos años tempranos dejaron marcas profundas que no necesitan de la memoria exacta para doler. Sin embargo, la ausencia de mis padres es una herida que no se puede olvidar porque se siente diariamente. Crecer sin ese refugio emocional, sin el abrazo que guía o la voz que da seguridad, me obligó a ser mi propio sostén.
Sin embargo, en medio de esa penumbra, reconozco una verdad constante: siempre he sido una trabajadora. Desde que era una niña, la vida me impuso el trabajo como única ley de supervivencia, una carga que asumí mucho antes de que mis hombros estuvieran listos. y a entender que el sustento y la supervivencia dependían de mis propias manos.
La juventud no trajo consigo una tregua inmediata. El entorno escolar se convirtió en un escenario de bullying , un desafío adicional para un espíritu que ya venía librando batallas internas. A esto se sumó el quiebre de mi hogar con el divorcio de mis padres, una herida que reconfiguró mi mundo. A la temprana edad de dieciséis años, decidí vivir sola. Fue un salto al vacío, una transición abrupta hacia una adultez que no me correspondía cronológicamente, pero que asumí con una determinación feroz mientras trabajaba incansablemente para sostenerme.
No todo fue sombra en ese trayecto. En la oscuridad, florecieron amistades valiosas que me acompañan todavía hoy. Esas personas fueron el refugio necesario cuando el vacío de no tener a mamá y papá cerca se volvía insoportable. Hubo momentos de una desesperación tan absoluta que la idea de no seguir viviendo parecía la única salida al cansancio. Sin embargo, la vida me envió anclas de luz: el nacimiento de mis sobrinos. Sus risas y su existencia pura se convirtieron en un faro que me impidió naufragar cuando las olas del desánimo eran más altas.
También aprendí del amor y sus trampas. Viví una relación que me marcó profundamente, marcada por una dependencia emocional que me hizo perder de vista mi propio valor. Salir de ahí fue otro proceso de reconstrucción, otro peldaño en esta escalera empinada que ha sido mi existencia. El sentimiento de orfandad emocional ha sido un peso constante, una lucha diaria contra la idea de rendirse ante el abandono.
La acumulación de este dolor y el vacío de no tener a mamá y papá me llevaron, en un momento de desesperación absoluta, a un intento de quitarme la vida. Ese punto de quiebre fue el que me condujo a mi situación actual: tras aquel suceso, terminé viviendo en esta casa que no es mi hogar.
En ese trayecto, cometí errores dolorosos. Lastimé a personas que no lo merecían y perdí una amistad que era mi pilar, una conexión sagrada que no pude salvar. Ese duelo por lo que rompí me ha perseguido, pero también ha sido mi gran maestro: hoy reconozco mis fallas con humildad y guardo la promesa firme de no volver a repetirlas. He aprendido que pedir perdón empieza por transformar el comportamiento.
Actualmente, mi realidad habita en un espacio extraño. Vivo con una familia que no es la mía. Aunque mi corazón rebosa de gratitud por la ayuda recibida, no puedo evitar sentirme como una intrusa. Camino por los pasillos de una casa que no es mi hogar y comparto la mesa sintiéndome como una extranjera emocional. Es una soledad compartida, donde el agradecimiento convive con la dolorosa certeza de no pertenecer completamente a ningún sitio.
Hoy en día, levantarme cada mañana es un acto de resistencia heroico. Hay días en los que el peso del ayer y la incertidumbre del mañana se sientan sobre mi pecho, impidiéndome respirar. Me despierto y el primer impulso es rendirme, volver a la inconsciencia del sueño para no enfrentar la sensación de ser una extraña en mi propia vida. Sin embargo, me obligo a poner los pies en el suelo. Lucho contra la inercia del dolor y, aunque a veces caigo antes del atardecer, cada amanecer me encuentro intentándolo nuevamente . No busco la perfección, sino la constancia de quien sabe que, a pesar de las cicatrices y los errores, merece encontrar, finalmente, un lugar al cual llamar hogar.
En el futuro, guardo una certeza luminosa : tendré mi propia casa. Visualizo un espacio donde finalmente pueda llamar hogar a las paredes y sentirme, por primera vez, en paz. Aspiro a una estabilidad total en cada aspecto de mi vida, donde la tranquilidad no sea una tregua pasajera, sino mi estado permanente. Mi historia no es solo de dolor; es la crónica de una mujer que está construyendo su propio refugio, ladrillo a ladrillo, con la fuerza de su trabajo y la elegancia de su vuelo.
Estoy trabajando para sanar cada aspecto de mi vida, transformando las heridas en cicatrices de guerra que cuentan una historia de supervivencia. Mi relato no es el de una víctima, sino el de una mujer que, a pesar de haber caminado por el fuego, sigue eligiendo mañana como su palabra favorita para volver a empezar.