Sentimientos plasmados en un escrito

Sentimientos plasmados en un escrito ♡ Un día solo ya no dolera ♡

Yeonta: El Eco Eterno de un Ronroneo​"Hay encuentros que no son casualidad, sino salvavidas. Tú, Yeonta, llegaste a mi v...
02/04/2026

Yeonta: El Eco Eterno de un Ronroneo

​"Hay encuentros que no son casualidad, sino salvavidas. Tú, Yeonta, llegaste a mi vida precisamente cuando el peso del mundo se sentía insoportable. En medio de mis días más oscuros, cuando la luz parecía haberse apagado, apareciste tú con esa sabiduría silenciosa que solo los gatos poseen, para recordarme que aún existía la ternura.

​No fuiste solo una mascota; fuiste mi ancla. Cada vez que el ruido externo se volvía ensordecedor, bastaba con acercarme a ti. Tu ronroneo no era solo un sonido, era una frecuencia de paz, una medicina rítmica que lograba lo que nada más podía: calmar mi ansiedad y devolverme al presente. Ese pequeño motor de amor era, sin duda, el refugio donde mis miedos se disolvían. Era el mejor momento de mi día, el instante en que el tiempo se detenía y solo existíamos nosotros dos.

​Hoy, aunque el silencio en casa se siente pesado, trato de imaginarte cruzando el Puente del Arcoíris. Te veo corriendo sin peso, recuperando toda la vitalidad, pero deteniéndote un momento para mirar hacia atrás, sabiendo que cumpliste tu misión. Viniste a rescatarme, a iluminar mis sombras y a enseñarme que el amor más puro no necesita palabras, solo presencia.

​Te vas de mis brazos, pero te quedas tatuado en mi alma. Gracias por haber sido mi luz en la tormenta, por cada parpadeo lento y por elegir mi regazo como tu lugar favorito en el mundo. Espérame allí, donde los colores no terminan, que yo seguiré escuchando tu eco en cada momento de paz.

​Vuela alto, mi dulce Yeonta. Tu luz nunca se apagará en mi."

​Los antiguos decían que los gatos son guardianes de los portales; Yeonta fue el guardián de mi corazón en un momento crítico. Ese lazo no se rompe con la muerte, se transforma en una energía que me acompañará siempre. 🐈‍⬛🕊

Vivir con Trastorno Límite de la Personalidad (TLP) no es una línea recta; es un paisaje de picos altísimos y valles pro...
02/04/2026

Vivir con Trastorno Límite de la Personalidad (TLP) no es una línea recta; es un paisaje de picos altísimos y valles profundos que recorro todos los días. Para mí, no se trata solo de "sentir mucho", sino de procesar la realidad en un technicolor tan intenso que a veces encandila. Mi historia no es la de alguien que se rinde, sino la de alguien que ha aprendido a construir estabilidad en medio del movimiento constante.

Aquí te comparto cómo se siente ser yo, Jeid, habitando este mundo un día a la vez.

Mi día comienza antes de que el sol termine de salir. A veces, la primera sensación al despertar es una pesadez inexplicable, una duda sobre cómo enfrentaré las próximas horas. Pero entonces, siento el roce de mis gatos. Ellos son mis primeros anclajes; su ronroneo es una frecuencia que me devuelve a la tierra cuando mi mente quiere salir volando hacia la ansiedad.

Me levanto y me preparo para el gimnasio. Ponerme mis Converse y ajustar mi ropa deportiva es como ponerme una armadura. En el gym, el TLP se transforma en disciplina. El peso de las pesas es real, tangible, y me ayuda a silenciar el ruido mental. Ahí, el dolor es físico y bajo mi control, lo cual es un alivio comparado con la marea emocional que a veces me desborda.

Una parte vital de mi equilibrio es mi trabajo en el cine. Hay algo mágico en ese lugar; entre el olor a palomitas y el murmullo de la gente esperando una historia, yo encuentro la mía. Pero lo que realmente hace que este lugar sea especial no es solo el ambiente, sino las personas.

​He hecho amigos en el trabajo que se han convertido en mi medicina diaria. En esos días donde el TLP intenta convencerme de que todo es gris o que estoy sola, ellos aparecen con una broma o una ocurrencia que me hace reír a carcajadas. Esas risas compartidas en los pasillos o entre funciones son momentos de "tierra": me devuelven al presente y me recuerdan que soy capaz de conectar, de disfrutar y de ser querida por quien soy. Esos amigos son el recordatorio de que, incluso en un diagnóstico de intensidad, hay espacio para la ligereza y la alegría pura.

He trabajado desde que era una niña. Esa ética de trabajo es mi columna vertebral. Mientras avanzo en la universidad, trato de canalizar esa intensidad en mis estudios. Sin embargo, vivir con TLP significa que un pequeño error en una tarea o un malentendido en el trabajo puede sentirse, por un momento, como el fin del mundo.

Mi mente a veces juega a los extremos: o soy la mejor y todo es perfecto, o siento que he fallado por completo. Aprender a vivir en los grises, a entender que un error no define mi valor, es mi batalla académica y personal más grande.

Cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso, busco mis escapes. Uno es la danza aérea. En las telas, el TLP desaparece. No hay espacio para el miedo al abandono o la desregulación emocional cuando mi cuerpo depende de mi fuerza y concentración a metros del suelo. Ahí soy libre; soy movimiento puro. Es mi terapia, mi forma de decirme a mí misma que puedo sostener mi propio peso, sin importar qué tan difícil sea la caída.

Y luego está la adrenalina. Subirme a mi moto, ajustarme el casco y sentir el motor vibrar bajo mis pies. Cuando manejo, el enfoque es absoluto. El viento corta los pensamientos intrusivos. La velocidad me da esa sensación de control que a veces me falta en mis emociones. Es solo el camino, la máquina y yo.

Dicen que para quienes vivimos con TLP, las relaciones son complicadas, y es verdad. Sentimos el amor con una fuerza que asusta. Pero tengo la fortuna de estar construyendo una vida con mi mejor amigo, el hombre que decidió quedarse y caminar conmigo. Nuestra promesa de matrimonio no es solo un compromiso legal, es mi puerto seguro. Él conoce mis sombras y, aun así, elige ser mi luz.

Mis sobrinos son otra pieza clave. Ver el mundo a través de sus ojos me recuerda la pureza que a veces olvido que tengo. Ellos son la prueba de que hay belleza genuina en mi historia, una que no está manchada por diagnósticos ni miedos.

Al final de la jornada, vivir con TLP es agotador, pero también me ha hecho resiliente. Soy una mujer que no solo estudia y trabaja, sino que vuela en telas y corre en dos ruedas. Mi historia no es la de una víctima, sino la de una guerrera que ha convertido su sensibilidad en una herramienta para vivir con más pasión que el resto.

Mañana volveré a despertar, volveré a acariciar a mis gatos, y volveré a elegirme a mí misma, con todas mis luces y mis sombras.

Que tu pasión sea siempre más fuerte que cualquier ruido en el camino; sigue volando alto y riendo fuerte. ♡

Amor:Hay presencias que no irrumpen, que llegan como la luz al amanecer: sin ruido, sin prisa, y aun así transforman par...
20/02/2026

Amor:

Hay presencias que no irrumpen, que llegan como la luz al amanecer: sin ruido, sin prisa, y aun así transforman para siempre el paisaje interior de quien las recibe. Desde que entraste en esta vida, todo adquirió una tonalidad más suave, más cálida, más llena de sentido; como si tu existencia hubiera puesto música donde antes solo había silencio. Tu amor se volvió un espacio habitable, un lugar donde la ternura y el cuidado viven en gestos pequeños que, sin anunciarse, lo dicen todo.

Contigo se comprendió que el amor no nace de la carencia ni de la herida, sino de la abundancia que se ofrece libre. Por eso es tan hondo lo que enseñaste: que las flores se dan por amor y no para pedir perdón. En esa certeza florece tu manera de amar, luminosa y generosa. Desde que llegaste, te volviste lo más valioso en esta vida, no por necesidad, sino por esa elección silenciosa del alma que reconoce su hogar cuando lo encuentra.

Ni siquiera la distancia ha logrado desdibujar lo que se ha construido. Al contrario, la ausencia física ha revelado la profundidad del vínculo: porque hay amores que no necesitan cercanía constante para existir, que laten con la misma fuerza aun cuando los cuerpos no se tocan. La distancia se vuelve entonces un puente invisible donde el pensamiento, el recuerdo y el anhelo caminan de un lado a otro, sosteniendo la certeza de que el nosotros permanece intacto más allá de los kilómetros.

Hay algo casi sagrado en bailar contigo: dos existencias que se encuentran y se escuchan sin palabras, que se guían y se dejan guiar en un mismo pulso. Cuando se baila a tu lado, el tiempo se vuelve suave y el mundo se reduce a un instante compartido donde solo existe el nosotros. Cada paso es una forma de decir “estamos aquí”, cada giro una promesa callada de permanecer. Bailar contigo es otra forma de amor: íntima, cercana, infinita.

Aunque no siempre haya facilidad para nombrar todo lo que se siente, es necesario que sepas que eres amado de una manera inmensa, profunda y constante. Tu presencia ha hecho de este tiempo juntos uno de los más increíbles y significativos que se han vivido. Has sido luz en los días grises, calma en lo incierto y alegría en lo cotidiano; y desde que estás, la vida se siente más plena, más cierta, más compartida.

Tu existencia en esta vida es un regalo que se guarda con cuidado y gratitud. Porque hay amores que llegan para quedarse como raíz y como cielo, y el tuyo se ha vuelto ambas cosas: sostén y horizonte.
Siempre cerca de ti. ♡

EL RELATO DE MI VIDA..!!El pasado es, a veces, un territorio  difuso y cubierto por una niebla espesa. Al intentar mirar...
23/01/2026

EL RELATO DE MI VIDA..!!

El pasado es, a veces, un territorio difuso y cubierto por una niebla espesa. Al intentar mirar hacia mi infancia, encuentro fragmentos sueltos, recuerdos que no terminan de encajar y una complejidad que mi mente decidió proteger bajo el manto del olvido. Los abusos sufridos en aquellos años tempranos dejaron marcas profundas que no necesitan de la memoria exacta para doler. Sin embargo, la ausencia de mis padres es una herida que no se puede olvidar porque se siente diariamente. Crecer sin ese refugio emocional, sin el abrazo que guía o la voz que da seguridad, me obligó a ser mi propio sostén.
Sin embargo, en medio de esa penumbra, reconozco una verdad constante: siempre he sido una trabajadora. Desde que era una niña, la vida me impuso el trabajo como única ley de supervivencia, una carga que asumí mucho antes de que mis hombros estuvieran listos. y a entender que el sustento y la supervivencia dependían de mis propias manos.

La juventud no trajo consigo una tregua inmediata. El entorno escolar se convirtió en un escenario de bullying , un desafío adicional para un espíritu que ya venía librando batallas internas. A esto se sumó el quiebre de mi hogar con el divorcio de mis padres, una herida que reconfiguró mi mundo. A la temprana edad de dieciséis años, decidí vivir sola. Fue un salto al vacío, una transición abrupta hacia una adultez que no me correspondía cronológicamente, pero que asumí con una determinación feroz mientras trabajaba incansablemente para sostenerme.
​No todo fue sombra en ese trayecto. En la oscuridad, florecieron amistades valiosas que me acompañan todavía hoy. Esas personas fueron el refugio necesario cuando el vacío de no tener a mamá y papá cerca se volvía insoportable. Hubo momentos de una desesperación tan absoluta que la idea de no seguir viviendo parecía la única salida al cansancio. Sin embargo, la vida me envió anclas de luz: el nacimiento de mis sobrinos. Sus risas y su existencia pura se convirtieron en un faro que me impidió naufragar cuando las olas del desánimo eran más altas.

​También aprendí del amor y sus trampas. Viví una relación que me marcó profundamente, marcada por una dependencia emocional que me hizo perder de vista mi propio valor. Salir de ahí fue otro proceso de reconstrucción, otro peldaño en esta escalera empinada que ha sido mi existencia. El sentimiento de orfandad emocional ha sido un peso constante, una lucha diaria contra la idea de rendirse ante el abandono.

La acumulación de este dolor y el vacío de no tener a mamá y papá me llevaron, en un momento de desesperación absoluta, a un intento de quitarme la vida. Ese punto de quiebre fue el que me condujo a mi situación actual: tras aquel suceso, terminé viviendo en esta casa que no es mi hogar.

En ese trayecto, cometí errores dolorosos. Lastimé a personas que no lo merecían y perdí una amistad que era mi pilar, una conexión sagrada que no pude salvar. Ese duelo por lo que rompí me ha perseguido, pero también ha sido mi gran maestro: hoy reconozco mis fallas con humildad y guardo la promesa firme de no volver a repetirlas. He aprendido que pedir perdón empieza por transformar el comportamiento.

Actualmente, mi realidad habita en un espacio extraño. Vivo con una familia que no es la mía. Aunque mi corazón rebosa de gratitud por la ayuda recibida, no puedo evitar sentirme como una intrusa. Camino por los pasillos de una casa que no es mi hogar y comparto la mesa sintiéndome como una extranjera emocional. Es una soledad compartida, donde el agradecimiento convive con la dolorosa certeza de no pertenecer completamente a ningún sitio.

Hoy en día, levantarme cada mañana es un acto de resistencia heroico. Hay días en los que el peso del ayer y la incertidumbre del mañana se sientan sobre mi pecho, impidiéndome respirar. Me despierto y el primer impulso es rendirme, volver a la inconsciencia del sueño para no enfrentar la sensación de ser una extraña en mi propia vida. Sin embargo, me obligo a poner los pies en el suelo. Lucho contra la inercia del dolor y, aunque a veces caigo antes del atardecer, cada amanecer me encuentro intentándolo nuevamente . No busco la perfección, sino la constancia de quien sabe que, a pesar de las cicatrices y los errores, merece encontrar, finalmente, un lugar al cual llamar hogar.

En el futuro, guardo una certeza luminosa : tendré mi propia casa. Visualizo un espacio donde finalmente pueda llamar hogar a las paredes y sentirme, por primera vez, en paz. Aspiro a una estabilidad total en cada aspecto de mi vida, donde la tranquilidad no sea una tregua pasajera, sino mi estado permanente. Mi historia no es solo de dolor; es la crónica de una mujer que está construyendo su propio refugio, ladrillo a ladrillo, con la fuerza de su trabajo y la elegancia de su vuelo.

Estoy trabajando para sanar cada aspecto de mi vida, transformando las heridas en cicatrices de guerra que cuentan una historia de supervivencia. Mi relato no es el de una víctima, sino el de una mujer que, a pesar de haber caminado por el fuego, sigue eligiendo mañana como su palabra favorita para volver a empezar.

El Aniversario Silencioso.Hoy, la fecha se graba a fuego en la memoria: hace un año, fue el intento número cuatro. Cuatr...
12/11/2025

El Aniversario Silencioso.

Hoy, la fecha se graba a fuego en la memoria: hace un año, fue el intento número cuatro. Cuatro veces quise silenciar el ruido ensordecedor que llevo dentro, cuatro veces busqué la paz en el vacío. Y aunque sigo aquí, la verdad es que el sentimiento de terminar con todo nunca se ha ido del todo, solo se ha disimulado.

Me inunda una nostalgia amarga por la vida que nunca tuve, la que mi depresión me robó. Hay días de tregua, momentos donde la vida se siente ligera y hasta puedo ser feliz. Risa genuina, placer en un instante. Pero esa felicidad es una flor de temporada, no un juramento de permanencia. Es una ironía cruel: puedo sentir alegría sin desear la vida que la contiene. Esos momentos buenos son parches transparentes sobre una herida mortal; no son suficientes para convencer a mi alma de que vale la pena quedarse.

El dolor sigue siendo físico, un ancla pesada en el pecho, y la ansiedad ruge, obligándome a revivir el pasado y a prepararme para el futuro. Porque la verdad inconfesable es que, en el fondo, sigue viva la promesa silenciosa de la quinta vez. Una espera solapada, la esperanza de no fallar si ese momento vuelve a llegar.

Y quizá por eso, con las personas nuevas que se atreven a entrar en mi vida, adopto una coraza. Suelo ser grosera, a veces distante o fría, levantando muros invisibles. Es un mecanismo de defensa macabro: intento activamente que no me quieran, para que, cuando inevitablemente suceda, mi partida no les duela tanto. No es por maldad, sino por una retorcida forma de protección.

Este día está impregnado de una tristeza pesada, casi física. Es el dolor que se instala en el pecho y no se va; la constante punzada que te recuerda que la depresión no es un estado, sino un residente permanente.
Y luego está la ansiedad, esa bestia que ruge y me obliga a revivir cada detalle, cada momento de pánico que me llevó a ese punto. Un año después, sigo sintiendo el n**o en la garganta, la taquicardia del miedo, el cuerpo tenso y a la espera de un desastre que parece inminente.

Me pregunto: ¿Por qué sigo aquí? La respuesta es un susurro incierto. Siento decepción de mí mismo/a por no haber encontrado una salida más limpia, por haber causado tanto dolor, y por seguir luchando en una batalla que no pedí y que parece no tener fin.

Un año ha pasado, pero el peso sigue ahí. No hay celebración en esta fecha, solo una cicatriz abierta que sangra recuerdos. Pero si hay algo, por diminuto que sea, es la conciencia de que aún respiro, y tal vez, solo tal vez, eso sea suficiente para un día más.

Así sigo, tratando de vivir sin querer hacerlo. Es un esfuerzo agotador, una farsa constante, el acto de respirar por inercia mientras, en cualquier momento, el deseo de la nada puede volver a tomar el control. La decepción de mí misma se equilibra con la única certeza que me queda: por ahora, y a pesar de todo, aún respiro.

Estoy mal. Esa es la palabra más simple y brutalmente honesta para describir mi estado.No es que no tenga momentos de cl...
10/10/2025

Estoy mal. Esa es la palabra más simple y brutalmente honesta para describir mi estado.

No es que no tenga momentos de claridad o que no vea los destellos de lo que podría ser la alegría, pero en el fondo, me siento atrapada en un limbo emocional. Un espacio gris donde el tiempo sigue corriendo afuera, pero para mí, todo se ha detenido. Es como estar flotando a la deriva: ni consigo ir hacia adelante, ni encuentro la fuerza para anclar o regresar. La verdad es que he llegado a un punto de agotamiento emocional absoluto.

Sé que hay una salida. Conozco el mapa, he memorizado los pasos teóricos que debería dar. Lo sé todo. Pero hay una pesada inercia, una niebla densa que lo cubre todo, que me impide moverme. El esfuerzo de levantarme, de fingir, de "luchar un día más", se ha vuelto insoportablemente caro.

En este limbo, el problema no es solo la quietud; es que ya no reconozco a quien está aquí. La persona que fui —con sus metas, sus pasiones y su impulso— parece haberse esfumado, reemplazada por esta sombra agotada que flota.
Me siento profundamente desconectada de mí misma. Miro al futuro y no veo nada que me pertenezca. El esfuerzo por salir no es solo para recuperar el bienestar, sino para encontrar a esa persona que se perdió en el camino. Y si el esfuerzo me cuesta más que el no-ser, ¿para qué forzar un reencuentro con un "yo" que quizás ya no existe o que no tiene la fuerza para volver?
Es este doble dolor: el de estar mal, y el de haber perdido el mapa de quién se supone que debo ser y por qué debería importarme encontrarlo de nuevo.

Y aquí es donde la confusión se convierte en una certeza sombría: ya no sé si quiero salir.
Una parte de mí está profundamente cansada de la lucha, de la expectativa, del esfuerzo constante que implica "estar bien". La quietud de este limbo, aunque dolorosa, se ha vuelto extrañamente familiar y menos demandante que el camino hacia la sanación.
He cruzado el umbral del cansancio, y ahora me pregunto: ¿Y si simplemente rendirme es la verdadera liberación?
Sostener este dolor es un trabajo de tiempo completo. Estoy en un punto donde me cuestiono si la única paz duradera es dejar de sostener. Quizás ya no estar, ya no sentir esta presión, sea una solución. Quizás dejar que todo se detenga por completo, sin la obligación de volver a empezar, sea la única manera de encontrar una quietud real. Es una idea difícil, pero resuena con una honestidad agotada: el descanso no se encuentra en el esfuerzo, sino en la rendición total.
Estoy en la cuerda floja, entre el deseo de volver a sentir plenitud y la tentación de la rendición final ante este vacío. No sé qué quiero, no sé qué hacer. Solo sé que estoy aquí, en el limbo, demasiado cansada para elegir la vida, pero sin la certeza de poder elegir la paz.

Extraño mi independencia, mi ritmo, mi espacioHay algo profundamente liberador en vivir sola. No era solo tener un espac...
05/08/2025

Extraño mi independencia, mi ritmo, mi espacio

Hay algo profundamente liberador en vivir sola. No era solo tener un espacio físico para mí, era tener un refugio. Un rincón donde todo tenía sentido, donde cada detalle estaba en armonía con lo que yo necesitaba. Me despertaba con calma, sin prisas, sin ruido. Podía tener días llenos de silencio, o dejar que la música llenara cada rincón sin molestar a nadie. Mis decisiones eran solo mías, mis tiempos también. Era mi mundo, y lo manejaba a mi ritmo.

Tenía mi rutina, mi orden, mis momentos de desorden sin culpa. Podía dejar la taza del café en la mesa o limpiar a las tres de la mañana si así lo sentía. Podía llorar, reír o simplemente estar… sin tener que dar explicaciones. Mi paz no dependía de nadie. No tenía que adaptarme a otras costumbres, ni negociar cada paso. Me escuchaba más, me cuidaba más, me bastaba sola.

Y hoy, en medio de esta nueva vida compartida, no puedo evitar mirar atrás con cierta nostalgia. No porque ahora todo esté mal, sino porque vivir con otra persona es profundamente complejo. Compartir espacio, decisiones, emociones… es un ejercicio constante de ceder, de comprender, de callar cuando quisiera hablar, o de hablar cuando solo necesito silencio.

Hay días en los que me siento invadida sin querer. Días en los que me cuesta encontrarme entre las rutinas compartidas. Y no es que no quiera estar, es que a veces solo necesito estar conmigo. Respirar sin sentirme observada, tener un mal día sin sentir culpa, o simplemente quedarme en silencio sin tener que explicar nada.

Convivir con alguien más implica una entrega diaria. Y aunque puede tener su belleza, también implica perder pequeñas libertades que antes no valoraba tanto. Como elegir qué hacer y cuándo hacerlo. Como no sentirme juzgada por querer estar sola. Como no tener que pensar dos veces antes de hacer algo tan simple como dejar una luz encendida o dormir con la ventana abierta.

Extraño esa versión de mí que vivía tranquila, sin tanta exigencia externa. Esa que encontraba paz en el simple hecho de estar sola. Extraño tener mi espacio, mi ritmo, mi caos ordenado, mi libertad. Porque en ese lugar aprendí a quererme más, a sostenerme, a descubrirme sin filtros ni distracciones.

No me arrepiento del camino que elegí, pero confieso que a veces deseo volver, aunque sea por un rato, a esa calma que solo me daba mi independencia. A ese hogar que era solo mío. Porque ahí, en medio de ese silencio y esa soledad elegida, me sentía profundamente en paz.

Jvhop.

Hoy quiero reconocer con humildad que me equivoqué. Tomé decisiones impulsivas y equivocadas que no solo lastimaron a un...
24/07/2025

Hoy quiero reconocer con humildad que me equivoqué. Tomé decisiones impulsivas y equivocadas que no solo lastimaron a una persona que no lo merecía, sino que también me lastimaron profundamente a mí misma. Por no ser honesta, por callar cuando debía hablar, por actuar desde el miedo o la confusión, terminé cometiendo uno de los errores más dolorosos de mi vida.

Mentir, negar, evitar enfrentar la realidad… todo eso me llevó a perder algo valioso. No solo perdí a alguien importante, sino también parte de mí. Y aunque el tiempo pase, sé que este error me acompañará siempre. No como una herida abierta, pero sí como una cicatriz que me recuerde lo que fui capaz de hacer cuando no supe actuar con madurez, verdad y responsabilidad.

A veces no dimensionamos el daño que causamos hasta que ya es tarde. Y esa es una de las lecciones más duras que me ha tocado aprender. El dolor que provoqué en otra persona, y el que yo misma cargo por dentro, me confrontan todos los días.

Este momento de mi vida me ha enseñado que no hay nada más valioso que la honestidad, que el amor verdadero no se esconde ni se traiciona, y que toda decisión, por pequeña que parezca, tiene un impacto.

Pido perdón, aunque sé que algunas heridas no se cierran con palabras. Acepto mi error sin justificarlo. Asumo las consecuencias con entereza, porque sé que sólo así podré crecer.

Llevaré esta experiencia como una marca que me recuerde quién no quiero volver a ser, y como una guía para convertirme en alguien mejor, más consciente y más sincera.

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