30/11/2019
Flores para perfumar el desencanto
No tuve el privilegio de conocer a Teresita Fernández. Esto que escribo, sin pretender clasificarlo en ningún tipo de texto, lo hago desde la emoción, desde mi escucha y lectura de sus canciones, desde el libro de Alicia Elizundia donde se cuenta la historia de cómo las escribió, y desde el concierto ofrecido en el espacio “A guitarra limpia” que me brindó la posibilidad de escuchar algunas de sus composiciones que no conocía.
Teresita Fernández construyó un mundo, que se forjó en Santa Clara, y que llevó consigo a su espacio íntimo (su casa) entendiendo también como tal cada rincón de La Habana donde habitó, porque quien lleva ese espíritu tan profundo habrá de esparcirlo por todas partes para luego brindar, guitarra en mano, lo que su agudeza de observar lo “intrascendente” acuñara en su obra. Un mundo en sintonía y entramado armónico con la naturaleza. Así es la obra, narradora de la historia de su viaje por la vida.
Hay seres que nacen iluminados, que tienen magia para irradiar el mundo. Teresita es la madre de muchos, me incluyo en ellos, en el que fui, soy, en el que seré. Aunque no fue madre, supo entrar al mundo de los niños, descubrirlo, comprenderlo: “A los niños, aunque muchas veces no se les tiene en cuenta, hay que oírlos desde abajo, no desde arriba, porque de ellos hay que aprender la ternura, la sinceridad y un montón de cosas que no han perdido. Para mí un niño es el hombre del futuro, por eso hay que tratarlo, como si fuera de cristal, igual que la lluvia.”
De ella aprendí la importancia de no perder la fantasía. Aprendí que ranas y lagartijas duermen, por costumbre, casi siempre en el mismo sitio; el amor sin distinción de razas, los asombros, la alegría, lo silvestre… A conjugar mi adulto con mi infante.
De esta mujer “apasionada y nómada”, que asumió al padre como su “maestro primario de poesía salvaje”, que regaló un catorce de febrero un cocuyo en una botella rota, que quería una “jicoteíta” como regalo de bodas nace la inspiración para “Todo está cantando en la vida. Recital de afectos para Teresita Fernández”, que -como bien anuncia Rubén Darío Salazar- es un espectáculo sin género: no es farsa, ni comedia, ni tragedia; muy a tono con esta mujer más preocupada por crear y vivir que por dejar constancia. Pero en las pequeñas cosas está lo que trasciende: el cartel de Iris Fundora, quien comparte ciudad de nacimiento con la cantautora, y que fue lo primero que me atrajo, la chispa trovadoresca infantil que de inmediato reconocí. Ya se sabe que hay cosas que se conectan.
La puesta en escena de Ruben Darío, acompañada por textos suyos, de María Laura Germán y las canciones de Teresita, se enriquece con los actores que devienen cantantes y a la inversa, tal es el caso de Lucelsy Fernández; la coreografía de Yadiel Durán y los músicos en el escenario, bajo los arreglos de Elvira Santiago. La sorpresa de Zenén Calero crea vida, un mundo desde lo humilde y entrañable. La palangana de violetas que acompaña todo el espectáculo, platos, moldes, pomos, tapas, tendederas, cubiertos, plástico, el trabajo del telón de fondo, el gancho de pelo que simula las patas de Vicaria la lechucita; las orejas de paletas de ventilador del ratoncito del farol y hasta la inesperada cola de Vinagrito regalan una poética visual del detalle. El diseñador ha probado el cambio de color de la tristeza, ha cambiado lo “feo”, lo “desechable”, lo “en desuso” por poesía, imágenes, sueños. En ese empeño se genera todo el espectáculo. Decía Teresita que: “Los hombres pueden inventar cañones, edificios, computadoras, robots… pero ninguno puede inventar una lagartija, ni ponerle luz a un cocuyo” y ese es justamente el acierto de Teatro de las Estaciones, el respeto por una obra, un proyecto, un sueño. Dar y crear vida, unir fuerzas para que todo se conjugue, cada pieza funcione y genere magia. El ser humano creando belleza desde lo pobre para recibir, al final, aplausos y emociones, y con ello todo lo que no se puede medir, pesar, vender o comprar.
Y solo entonces Teresita va de regreso a la naturaleza, para integrarse a ella. Sabe que cada vez que alguien la piense estará de vuelta porque combatió la soledad. Se transformó, definitivamente, -quiero pensarlo así-, en gota de lluvia que cae sobre todo aquel que se atreva a mojarse en su aguacero.
Héctor R. Rivero Martínez
Escrito en Matanzas, octubre de 2019, en mi casa, al abrigo de sus plantas y animales.