15/05/2026
UNA MAESTRA INOLVIDABLE
Era chaparrita, morena, cabello chino a sus hombros, de unos cincuenta años de edad y dueña de algo que la distinguía: un fuerte carácter que a nosotros nos tenía totalmente atemorizados; su nombre: Esther Morales, quien fue mi maestra en segundo y cuarto año de primaria en el colegio Casa Amiga de la Obrera # 2, en la colonia Tacubaya.
Era, como la mayoría de los maestros de esa época: enérgica, gritona y hasta pegalona. No pocos probamos sus tirones de patillas, jalones de cabellos o alguna fuerte cachetada. Sin embargo, fue una excelente profesora, muy dedicada a su profesión, que trató de inculcarnos el respeto a nuestros mayores y a la patria, como sucedió aquella mañana de julio de 1966.
—Niños, en este momento interrumpimos la clase, para escuchar con atención el juego que nuestra selección mexicana disputará contra la de Uruguay en Inglaterra —su voz era formal y sacó de su bolsa un pequeño radio, lo colocó en su escritorio y lo encendió—, como mexicanos, vamos a apoyar a nuestros compatriotas. Así que, muy calladitos, por favor.
Y todos oímos las acciones de ese juego de manera callada: Yo me preguntaba, si nuestro equipo anotara un gol, ¿lo gritaríamos y seríamos reprendidos por ella? Finalmente, el resultado fue un empate a cero goles.
Otra ocasión, siguiendo en segundo año, la maestra Esther, sorpresivamente me ordenó que pasara al frente.
—Ponte firmes, José Luis, tus manos a los lados.
Todo desconcertado, pues pensé que escribiría algo en el pizarrón, acaté su orden, quedando de pie y sin moverme, esperando.
—A ver, muchachos—se dirigió a mis compañeros—¿Miran cómo viene José Luis? Obsérvenlo bien—su tono cambió a enérgico—, porque así, como él viene, ¡así díganles a sus mamás que les lave y les planche sus uniformes! ¡Con la excelencia con la que la mamá de José Luis lo hace! ¡Que no sean flojas sus madres!
Cuando le comenté a mi madre este hecho, noté en su rostro satisfacción, y aún con más cuidado preparó mi ropa.
Estando en cuarto año, otra vez le tocó ser nuestra maestra (para temor de la mayoría), y en una clase de aritmética, nos explicó el significado de la palabra “deca”:
—Si deca, significa diez, ¿qué significa decámetro? —fue su pregunta.
Silencio total en el salón; su mirada recorrió a cada uno de nosotros, que apanicados, imploramos no ser elegido. Insistió con su pregunta, y una vez más, silencio. En esos segundos transcurridos, medité lo que nos había explicado minutos antes,
Y levanté la mano; la única mano levantada, fue la mía.
—José Luis, responde—me pidió.
—Decámetro significa, diez metros—contesté con seguridad, y esperé.
La maestra Esther, no dijo nada; se levantó de su escritorio, caminó lentamente hacia mi lugar sin dejar de mirarme a los ojos y con la tabla en su mano. “Oh, no, ¿por qué se me ocurrió contestar? Me lamenté. “¿Quién me mandó ser metiche?’”
La profesora seguía acortando la distancia y yo sentía las miradas de compasión de todos mis compañeros. “Dios, recíbeme en tu santa gloria” rogué al cielo. Ella se detuvo a un metro de mí, volteó a ver a todos los de la clase, y dijo:
—Parece mentira que, siendo treinta alumnos, y a pesar de la explicación que les di, solo Carpinteyro haya sido capaz de contestar—dijo cada palabra con énfasis, y luego se dirigió a mí—José Luis, te felicito de verdad; sigue estudiando como lo has hecho siempre.
Mi alma volvió a mi cuerpo y salvé mi vida.
A medio año, un día, ella no se presentó a clases, ni al otro día, ni al siguiente; no sé cuántos días fueron en total su ausencia.
Hasta que por fin apareció: lucía demacrada, de aspecto triste, y vestía totalmente de luto, acompañada de una mujer jóven.
—Niños, vengo a despedirme—nos dijo en el salón con voz apagada—; no seré más su maestra. Perdí a un familiar, no tengo ánimo de seguir, y voy a tramitar mi retiro. En los próximos días, llegará quien me supla. No dejen de estudiar y recuerden ser respetuosos.
Y se fue llorando, apoyada del brazo de esa chica que la acompañó.
—¡Qué bueno! —dijo con coraje una compañerita al quedarnos solos en el aula—Se lo merece por pegalona.
Sentí pena por nuestra maestra, y coraje por mi compañera, por no saber respetar el dolor ajeno. Esta niña no entendió las últimas palabras que escuchamos de nuestra profesora.
Hoy quise escribir con el mayor respeto, recordando a esa inolvidable maestra: la maestra Esther Morales, a quien toda mi vida he tenido presente. Y solo me queda decir:
¡Gracias, maestra, por sus enseñanzas!