16/05/2026
LA LEYENDA DE SANTIAGO ENIAS.
Rostros e historias loretanas.
Por: José Luis Perpuli Drew, cronista de la ciudad.
Loreto tiene sus leyendas, esas narraciones tradicionales que se han transmitido de generación en generación en las reuniones nocturnas que los abuelos disfrutan y más sus nietos de escuchar los relatos que despiertan misterio, miedo y hasta terror, pero que nos fascinan por la mezcla de lo real y lo sobrenatural y que son parte fundamental de nuestras tradiciones; es pues, una leyenda de la que hoy platicaremos, la de Santiago Enias, el diablero.
Hace aproximadamente 100 años que el escoces naturalizado estadounidense, Estuardo Cunningham decidió adquirir una enorme proporción de tierras a Estanislao de la Toba que exponía en venta, en lo que es la región de San Juan Londó, al norte de Loreto; esto, con la finalidad de explotar la minería y dedicarse a la ganadería vacuna, ya que era un buen negocio por el consumo que la nueva ciudad minera de Santa Rosalía requería para mantener a su población cada vez más creciente.
Un día se presentó ante Estuardo Cunningham un joven con acento sonorense a solicitar trabajo como vaquero, poniéndolo a prueba inmediatamente, pidiéndole que domara un hermoso caballo bronco recién adquirido, cosa que superó las expectativas, ya que en la primera montada lo amansó y fue contratado. Tenía cualidades natas sobresalientes para arrear, campear y domesticar animales mostrencos tanto vacunos como caballares. Su nombre era Santiago Enias.
Con rapidez sobresalió del resto de los vaqueros, no solo por sus capacidades, también por el brillo rojizo de fuego de su fija y seria mirada que empezó a captar el interés de quienes vivían en la región y que convivían con Santiago, y es que la cosa no era menor, también su comportamiento era distinto y raro.
Una tarde Santiago se entera por uno de sus compañeros vaqueros que esa misma noche habría un baile en San José de Comondú, ubicado a dos días de traslado en bestia desde San Juan Londó donde vivían, ya que en esa época no había carros; pero, Santiago le propuso a su amigo que confiara en él y aceptara llevarlo al baile en ancas de su caballo, solo le pidió que se tapara los ojos con un paliacate rojo y no dijera palabra alguna en el trayecto que duro solo unos minutos y apareciendo en el centro del pueblo de San José de Comondú en plena fiesta. Sorprendido su compañero lo comentó al día siguiente pero poco fue creído, hasta que se supo con el tiempo que efectivamente habían estado en la fiesta los dos vaqueros del rancho San Juan Londó.
En otra ocasión estaban a punto de degustar sus alimentos al mediodía, pero las tortillas se habían acabado, anuncio que decepcionó a los comensales; pero, Santiago propuso que iría a Loreto a comprar tortillas inmediatamente en su caballo, cosa que así sucedió, entregando en cuestión de minutos bastantes tortillas calientes para el almuerzo.
En el rancho vivía una joven muy hermosa que se enamoró de Santiago, pero este le comentó que no se enamorará de él, ya que solo estaba de paso; situación rara, ya que todos los caporales solteros esperaban una oportunidad de la muchacha más bella del rancho para ser elegidos.
Una noche, en reunión de asado de un pollo para cenar con los trabajadores del rancho, apareció un gato negro con los ojos de fuego y un maullido que despedía una energía diabólica que hasta a el vaquero más valiente hizo sentir miedo, pero Santiago le gritó al gato: ¡Vete, aun no es tiempo de irme!
A los pocos días de ese suceso, llegaron arreando a decenas de vacas mostrencas desde la sierra, pero los corrales estaban llenos; inmediatamente, Santiago coge una vara de mezquite y dibuja un enorme circulo en la tierra alrededor de los animales traídos, limite que ninguna vaca traspasó, quedando encerradas por días en esa rueda marcada en tierra.
Varios fueron los sucesos en que Santiago Enias participaba de forma sobrenatural, extraña e incomprensible, sin que alguien pudiera dar una explicación real de lo que sucedía con él, al grado de que pronto se ganó el mote de Santiago Enias “El Diablero”, suponiendo como única respuesta a que tenía pacto con el diablo.
Al poco tiempo, Santiago Enias fue llamado con urgencia por el patrón Estuardo Cunningham, pidiéndole que encerrara un enorme toro prieto embravecido con ojos color braza que bufaba rascando la tierra, nadie sabía de quien era, no llevaba marca alguna, había llegado solo. Cuando Santiago lo vio, exclamó: “Mi tiempo se llegó, ya vienen por mí”.
El relajo del toro bravo había despertado el interés de todo el rancho y se habían trasladado a los corrales a ver como el vaquero Enias sometía a la bestia. (Esos corrales estaban ubicados en lo que hoy en día se marca el kilómetro 32 de la carretera transpeninsular al norte de Loreto, aún prevalecen los cimientos de lo que fue una pila).
Santiago montó a su caballo, tomó su reata para lazar al toro prieto, pero la rapidez y la bravura del animal le ganaron a Santiago, corneando al caballo y levantándolo con todo y Enias en sus cuernos, iniciando una corrida rumbo al sur. Al ver lo que pasaba, los vaqueros presentes montaron sus caballos y siguieron al toro endiablado que llevaba en sus cuernos a Santiago con su caballo.
El toro era tan veloz que lograron alcanzarlo en el arroyo San Juan, 5 kilómetros de distancia de los corrales, allí el toro embistiendo aun a Santiago Enías con su caballo entraron a una cueva y nunca salieron. Sus compañeros vaqueros no encontraron jamás a Santiago ni a su caballo, ni al toro prieto, solo su sombrero quedó en el suelo vibrando a la entrada de la cueva por el eco del bramido que emanaba del interior de la enorme caverna.
En la actualidad la cueva prevalece a 50 metros de la casa del Rancho El Rentoy, muchos la han visitado y es común escuchar los bramidos del toro prieto y la silueta de esta bestia en el fondo de las fotografías.
Quienes escuchamos esta leyenda en nuestra niñez, nos quedó claro el mensaje, que cuando se vende el alma al diablo, intercambiando nuestra identidad moral basada en ciertos principios y valores por un beneficio temporal y mundano, siempre hay un arrepentimiento, un final negativo, pero que muchos están dispuestos a hacer.
¿Tú le venderías el alma al diablo?
Aportación de datos diversos: Juan Héctor Cunningham Romero.