22/03/2026
Cada 21 de marzo, el nombre de Benito Juárez vuelve a aparecer con fuerza en los espacios masónicos. No solo como figura histórica, sino como referente casi incuestionable de la Masonería mexicana.
Sin embargo, si algo distingue al pensamiento iniciático serio, es su capacidad de distinguir entre símbolo y realidad.
La Masonería está, en efecto, llena de mitos.
El relato de Hiram Abiff no pretende ser un hecho histórico verificable, sino un vehículo simbólico.
El problema no radica en el mito.
El problema surge cuando confundimos el mito con la historia.
En el plano histórico, la figura de Juárez está lejos de ser simple.
Las llamadas Leyes de Reforma no surgieron exclusivamente de una sola mente, sino de un proceso político amplio en el que participaron diversos actores del liberalismo mexicano, como Miguel Lerdo de Tejada, Melchor Ocampo y José María Iglesias. Atribuirlas de forma absoluta a un solo individuo responde más a una narrativa simplificada que a un análisis histórico riguroso.
Por otro lado, su permanencia prolongada en el poder —particularmente en el contexto de la Guerra de Reforma y la Intervención Francesa— abre un debate legítimo sobre la naturaleza del ejercicio político en momentos de excepción. Más que juicios simplistas, lo que se impone es comprender las tensiones entre legalidad, legitimidad y contexto histórico.
Asimismo, el México posterior a la Reforma vivió procesos complejos y contradictorios. La desamortización de bienes comunales, por ejemplo, tuvo consecuencias profundas en las comunidades indígenas, muchas veces debilitando estructuras tradicionales de propiedad y cohesión social, como ha sido señalado por historiadores como François-Xavier Guerra y Alan Knight.
Esto no convierte la historia en un juicio moral simplista,
pero sí impide reducirla a una narrativa heroica sin matices.
En el plano masónico, la cuestión es aún más delicada. Su trayectoria masónica no cuenta con un cuerpo documental sólido que permita afirmaciones categóricas sin matices.
Diversos estudios señalan la dificultad de verificar su grado o participación activa en logias de forma concluyente. Como advierte José María Mateos en sus registros del siglo XIX, muchas de las atribuciones masónicas a figuras políticas de la época responden más a reconstrucciones posteriores que a documentación directa.
Por su parte, autores como Helmut von Glasenapp y otros estudiosos de las sociedades iniciáticas han señalado un fenómeno recurrente:
las órdenes tienden, con el tiempo, a asociarse simbólicamente con figuras históricas relevantes, aun cuando la evidencia de pertenencia sea débil o inexistente.
Esto no es exclusivo de México. Es un proceso cultural ampliamente documentado.
En este sentido, la pregunta no es si Juárez “debe” o “no debe” ser considerado masón.
La pregunta más honesta es:
¿qué tipo de Masonería queremos construir?
¿Una que necesita legitimarse a través de nombres ilustres,
o una que se sostiene por la calidad de su trabajo y la coherencia de sus miembros?
La tradición iniciática no exige idolatría.
Exige discernimiento.
Porque cuando convertimos a los hombres en símbolos incuestionables, dejamos de pensar.
Y cuando dejamos de pensar, dejamos de ser libres.
Es cuanto.