El tercer closet

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16/06/2026

Pues pasó… y ni modo de no contarlo.

Una vez que salimos de casa de Betito ya íbamos preparados para la aventura. El café de olla estaba listo, bien cargadito de aroma a canela y piloncillo. Y si el puro olor era delicioso, imagínense el sabor. También llevábamos algo para desayunar porque sabíamos que la experiencia sería larga, pero de esas que alimentan más el alma que el estómago.

Nos acomodamos como pudimos en la camioneta de la maestra Pili. La verdad, íbamos un poquito como sardinas, pero nadie se quejaba. Cuando existe emoción, la incomodidad pasa a segundo término. Lo importante era llegar.

Tomamos rumbo hacia la Puerta del Cielo, allá por el rumbo de El Cobre-Aranzazú, mientras la noche todavía abrazaba las montañas.

Debo confesar que el trayecto me hizo viajar en el tiempo.

Subir por aquel camino empedrado, entre curvas y barrancos, me hizo pensar en todas las historias que esas veredas han visto pasar durante décadas. Familias enteras transitando esos caminos, mineros, campesinos, viajeros y soñadores. Ahora la maleza cubre gran parte de los costados del camino, señal de que ya no es tan transitado como antes. Mientras observaba los voladeros y la vegetación creciendo libremente, me preguntaba cómo podían encontrarse dos vehículos o incluso camiones en una carretera que hoy se me antoja tan estrecha.

Pero la ilusión podía más que cualquier reflexión.

Llevábamos la mejor compañía, el gusto de haber convivido durante horas en casa de Betito y la emoción de estar persiguiendo uno de esos momentos que pocas veces se viven.

Al llegar nos estacionamos y el frío nos dio la bienvenida.

No era un frío agresivo, pero sí de esos que te recuerdan que estás a una altura mayor que en Co**ha del Oro. El aire se sentía limpio, diferente, casi sagrado.

Voy a ser completamente honesto.

Hubo un momento en que sentí miedo.

Miré la oscuridad, el terreno y la distancia que todavía faltaba recorrer, y les dije:

—Pues desde aquí se ve muy bien...

Pero Betito y Alicia, que conocen perfectamente el lugar, no estaban dispuestos a conformarse.

—¡A lo que venimos! ¡Sobre el mu**to las coronas! —dijeron entre risas.

Y tenían razón.

Encontraron la veredita que conduce al punto exacto. Afortunadamente llevábamos lámparas y celulares con suficiente batería para iluminar el camino. Entre risas, advertencias de "cuidado con esa piedra" y la emoción que nos acompañaba, llegamos finalmente al lugar.

Entonces comenzó la magia.

Sacamos las sillas de acampar. Algunos preferimos sentarnos en los escalones. Otros buscaban el mejor ángulo para las fotografías. Los celulares comenzaron a aparecer por todas partes.

Pero después ocurrió algo hermoso.

Nos quedamos callados.

Simplemente observando.

Esperando.

Como quien aguarda la entrada de un gran artista a un escenario.

Porque eso era exactamente lo que estábamos haciendo.

Esperar al actor principal.

El Sol.

Con música suave de fondo y el inmenso silencio de la montaña acompañándonos, los primeros colores comenzaron a dibujarse en el horizonte.

Los tonos azules se mezclaron con violetas.

Los violetas con naranjas.

Y los naranjas con dorados.

Los flashes de las cámaras comenzaron a aparecer. Las fotografías. Los videos. Las expresiones de asombro.

Y mientras contemplaba aquel espectáculo pensé:

"Ojalá todos amaran a Co**ha del Oro como nosotros lo amamos."

Porque en ese momento me sentía privilegiado.

Me sentía afortunado.

Como si estuviera sentado en el mejor lugar VIP que pudiera existir.

Y lo mejor de todo...

Gratis.

Regalado por la naturaleza.

Regalado por Dios.

Después de contemplar la salida del sol llegó otro momento igualmente especial.

El de la reflexión.

La maestra Pili, siempre creativa, siempre dinámica y siempre pensando en cómo conectar con las personas, nos propuso una actividad para aprovechar el estado de paz y relajación que traíamos.

Nos invitó a conectar mente, corazón y espíritu.

A detenernos.

A escucharnos.

A sentir.

Mientras tanto yo andaba batallando para encender la lumbre que amenazaba con apagarse a cada rato. Betito encontró algunas hojitas y pequeñas ramas secas que ayudaron a que el fuego tomara fuerza nuevamente.

Y entonces comenzó otra ceremonia.

La del café.

El cafecito caliente.

El panecito compartido.

Las conversaciones sinceras.

Las risas suaves.

El frío agradable.

Y aquel sol recién nacido iluminando las montañas.

Qué belleza.

Qué regalo tan grande nos dio la vida aquella mañana.

Poco a poco la relajación fue transformándose en felicidad. Ya no éramos solamente un grupo de amigos viendo un amanecer. Éramos personas agradecidas por estar vivas, por tener salud, por tener tiempo y por tener con quién compartirlo.

Porque al final eso es lo verdaderamente importante.

No el amanecer.

No las fotografías.

No los videos.

Sino las personas con quienes decides vivir esos momentos.

Muchas gracias, Dayra.

Muchas gracias, Flor.

Muchas gracias, Alicia.

Muchas gracias, maestra Pili.

Y muchas gracias, Betito.

Por compartir una mañana que difícilmente olvidaremos.

Porque hay amaneceres que iluminan el paisaje.

Y hay otros que iluminan el alma.

Y este, definitivamente, fue uno de ellos.

Hay amaneceres que uno imagina junto al mar.Paso... Y ni modo de no contarloCuando alguien habla de ver salir el sol, ca...
16/06/2026

Hay amaneceres que uno imagina junto al mar.
Paso... Y ni modo de no contarlo
Cuando alguien habla de ver salir el sol, casi siempre pensamos en una playa, en las olas rompiendo suavemente contra la arena y en el horizonte pintándose de colores. Pero pocas veces pensamos en la emoción de contemplar el nacimiento de un nuevo día desde las montañas de nuestro semidesierto zacatecano.

Y sin embargo, ahí estaba la invitación.

Desde hacía tiempo existía el deseo de vivir esa experiencia: contemplar el crepúsculo y el amanecer desde la Puerta del Cielo, uno de esos lugares privilegiados que parecen haber sido creados para detener el tiempo y recordar lo pequeños que somos frente a la inmensidad de la naturaleza.

Como ocurre con las mejores aventuras, todo comenzó con mensajes, llamadas y acuerdos de último momento. Había que encontrar una fecha en la que todos pudieran coincidir. Algunos tenían compromisos el sábado, otros la semana siguiente, algunos debían ajustar horarios y dejar pendientes para después. Pero cuando existe voluntad, los caminos terminan encontrándose.

Así fue como poco a poco se fue formando el grupo.

Alicia.

La maestra Pili.

Dayra.

Flor.

Y quienes compartíamos la misma inquietud de perseguir el amanecer.

La cita quedó marcada para las diez de la noche en casa de Betito.

Todavía faltaban muchas horas para que aparecieran los primeros colores del alba, pero nadie quería perderse ni un instante de la experiencia.

La noche comenzó tranquila.

Las conversaciones fueron llenando cada rincón de la casa. Había risas, comentarios, anécdotas y esa agradable sensación de saber que uno está exactamente donde quiere estar.

Mientras afuera el pueblo se iba quedando en silencio, adentro la convivencia seguía creciendo.

Alicia propuso juegos y dinámicas para hacer más ligera la espera. La maestra Pili, siempre entusiasta, aportaba ideas y ocurrencias que mantenían viva la conversación. Poco a poco la noche fue avanzando.

Las horas pasaban sin que nadie pareciera darse cuenta.

Las más jóvenes comenzaron a rendirse ante el sueño. Una a una fueron cerrando los ojos mientras los demás seguíamos platicando sobre la vida, sobre los recuerdos y sobre esa maravillosa capacidad que tenemos los seres humanos para emocionarnos por cosas aparentemente sencillas.

Porque al final de cuentas, ¿qué íbamos a hacer?

Simplemente ver amanecer.

Y sin embargo parecía el acontecimiento más importante del mundo.

En algún momento alguien recordó un detalle importante.

Nos faltaba jamón.

La idea era preparar algunos sándwiches para compartir durante la madrugada, ya estando en la Puerta del Cielo.

Así que emprendimos una pequeña expedición nocturna buscando qué establecimiento permanecía abierto a esas horas.

Las calles lucían diferentes.

Más silenciosas.

Más lentas.

Como si también estuvieran esperando la llegada del nuevo día.

Después de dar algunas vueltas logramos conseguir lo que hacía falta y regresamos a la casa.

Fue entonces cuando encontramos una escena que nos hizo sonreír.

Las que se habían quedado en casa trataban de encontrar una explicación lógica a un pequeño acontecimiento que las había tomado por sorpresa.

El abanico que estaba funcionando se había apagado repentinamente.

Nada extraordinario.

Probablemente una simple falla eléctrica.

Pero en una noche tranquila, avanzada la madrugada y con la imaginación trabajando a toda velocidad, cualquier detalle adquiere dimensiones inesperadas.

Nadie decía tener miedo.

Pero tampoco nadie descartaba por completo la posibilidad de que hubiera sucedido algo misterioso.

Las explicaciones iban y venían mientras todos trataban de conservar la compostura.

La noche siguió avanzando.

Sobre una mesa descansaban las chamarras que nos acompañarían horas más tarde. Todos sabíamos que la Puerta del Cielo no perdona a quienes subestiman el frío.

Y junto a ellas estaba uno de los protagonistas silenciosos de la madrugada.

El café de olla.

Preparado con piloncillo y canela.

Su aroma llenaba el ambiente de una calidez difícil de explicar. Era uno de esos olores que inmediatamente evocan hogar, conversación y momentos felices.

Cada taza parecía prolongar la velada.

Cada sorbo hacía más agradable la espera.

Acompañado de unos roles recién servidos, el café se convirtió en el compañero perfecto de aquella noche que se negaba a terminar.

Lo curioso fue que nadie durmió.

Todos pensábamos que en algún momento el cansancio nos vencería.

Que cerraríamos los ojos unos minutos y despertaríamos cerca de la hora de partir.

Pero no ocurrió.

La emoción fue más fuerte que el sueño.

Cuando nos dimos cuenta, el reloj ya marcaba las tres y media de la mañana.

Era momento de partir.

Comenzaron entonces los preparativos.

Las sillas.

La leña.

El café.

El desayuno.

Las chamarras.

Las lámparas.

Todo encontraba su lugar.

Poco a poco la camioneta de la maestra Pili fue llenándose de cosas y de ilusiones.

Nos acomodamos como pudimos.

Quizá un poco apretados.

Quizá como sardinas.

Pero felices.

Porque el objetivo estaba cada vez más cerca.

Afuera la noche seguía dominando el paisaje.

Las estrellas aún brillaban sobre Co**ha del Oro.

Y mientras emprendíamos el camino hacia la Puerta del Cielo, una sola idea ocupaba nuestros pensamientos.

Ver el crepúsculo.

Ver salir el sol.

Y contemplar desde las alturas el nacimiento de un nuevo día sobre esta tierra que tanto amamos.

Pues pasó… y ni modo de no contarlo.El día de ayer decidimos salir… pero no de esos salires de ruido y prisa,no…  de eso...
04/05/2026

Pues pasó… y ni modo de no contarlo.

El día de ayer decidimos salir… pero no de esos salires de ruido y prisa,
no… de esos que empiezan tranquilos y terminan siendo inolvidables.

Resulta que Dulce nos regaló un vinito para el Tercer Clóset… y usted sabe que un vino no se toma así nomás… se acompaña, se conversa, se celebra. Y pos dijimos: “Esto merece algo más…”

Y entre carnes frías, galletitas, un poco de harina…lo que empezó como botanita terminó transformándose en una pizza. Así, como se dan las cosas cuando hay ganas:
sin plan… pero con intención.

El anfitrión: Salvador.
Y mire usted… cuando Salvador abre las puertas de su casa, no solo entras…
te recibe el calor de hogar.

Llegamos puntuales como debe de ser pero más que nada porque ya traíamos ganas de sentarnos,
de relajarnos, de echarnos pel chal a gusto.

Las copas empezaron a llenarse… y también las palabras.

Porque el vino tiene ese don: afloja la risa,
suaviza los recuerdos,
y hace que las horas se vayan sin pedir permiso.

Y así pasó… cuando nos dimos cuenta, el tiempo ya había corrido, pero nosotros… seguíamos ahí, disfrutando.

La casa de Salvador tiene algo especial:vese ambiente familiar, cálido,
como si cada rincón dijera
“quédate otro rato”.

Pero como buenos del Tercer Clóset… la noche no se queda quieta.

Y pos que dice Salvador:
“Vámonos a dar la vuelta.”

Y nosotros… pues confiados.

Porque cuando él maneja, uno no pregunta: uno se deja llevar. Y nos llevó hasta Margaritas, a ver unos quince años…

Así nomás, de curiosos, de espectadores de la vida.vY ahí… la noche tomó otro matiz.

Betito, en modo campirano,
con su sombrero de palma la famosa guaripa
que más que accesorio…
era recuerdo.

Porque al hablar de él,
se le asomó ese n**o en la garganta…

Ese que aparece cuando se nombra al abuelo.

Y entonces uno entiende que no era solo un sombrero…
era historia,
era raíz,
era amor que sigue presente.

Y ahí, entre música, luces y miradas curiosas,
seguimos siendo nosotros…
los de siempre.

Después…
regreso a Concepción del Oro.

Las calles conocidas,
las risas sueltas,
los comentarios pícaros que no pueden faltar…

Porque si algo tiene el Tercer Clóset,
es que la seriedad no nos define… nos equilibra la alegría.

Y así, sin más…
la noche fue tomando su rumbo.

Sin grandes eventos,
sin escenarios espectaculares…

Pero con algo mucho más valioso:
la compañía correcta.

Porque qué bonito es lo bonito…
pero más bonito es
saber con quién lo compartes.

Y pos…
ni modo de no contarlo.

01/05/2026
30/04/2026

Cuando la música nos hizo volver

A veces no es la memoria la que busca el recuerdo, sino el recuerdo el que nos encuentra. Así, sin avisar. Hoy fue una canción en la radio la que abrió esa puerta.

Y volví.

Volví a aquel 2010, cuando ganamos el estatal de danza y cargábamos en el pecho no solo el orgullo, sino también una responsabilidad que nos hacía caminar distinto. Representar a Zacatecas no era poca cosa. Éramos jóvenes, sí, pero ya sabíamos lo que significaba llevar un nombre más grande que uno mismo.

Salimos de Co**ha del Oro un sábado a las tres de la tarde. El viaje prometía ser largo, pero nunca imaginamos cuánto. Las horas se fueron acumulando como polvo en el camino, y el cansancio se nos fue metiendo en los huesos. Debíamos llegar el lunes… pero no. Cancún nos recibió hasta el martes, a la una de la mañana.

Llegamos con hambre, de esa que ya no se siente en el estómago sino en el ánimo. De esa que te vuelve silencioso. Y sin embargo, ahí estaba ese pequeño gesto que se vuelve gigante con los años: una hamburguesa. Lo único que el restaurante pudo ofrecer, pero suficiente para devolvernos un poco de humanidad después del trayecto.

No hubo mucho tiempo para más. Al día siguiente, a las siete de la mañana, ya debíamos estar listos. Xcaret nos esperaba para la presentación de parejas y la inauguración. Y ahí fuimos, con el cuerpo cansado pero el espíritu terco, ese que no se rinde cuando hay un escenario enfrente.

Pero el recuerdo más vivo no está en el escenario.

Está en la noche.

Esa noche en que, por fin, todo se calmó.

Ya bañados, ya limpios, ya más ligeros de lo que traíamos encima, bajamos al lobby. Era uno de esos momentos en los que nadie dice “esto va a ser importante”… pero lo es.

El Chori e Iván Celestino llevaban guitarra. Alguien más traía percusiones, porque a esa hora poco importaba el nombre exacto del instrumento—. Y empezaron.

Una canción.

Una de esas que no solo se escuchan, sino que se sienten.

Y entonces pasó.

Lo que empieza con unos cuantos termina por volverse de todos. Poco a poco comenzaron a acercarse otros. Delegaciones de distintos estados, curiosos primero, cómplices después. Voces que no se conocían entre sí pero que encontraban un mismo ritmo.

Se formó un círculo.

Grande.

Vivo.

Y en medio de todo, Zacatecas llevaba la voz, como si el corazón del país latiera ahí mismo, en ese lobby iluminado. No eran las 32 delegaciones, pero sí las suficientes para que aquello se sintiera enorme.

Cantábamos a todo pulmón.

Sin pena.

Sin protocolo.

Sin más intención que la de estar ahí.

Hasta que llegaron los organizadores de la DGETI a pedir silencio. Y claro, obedecimos… pero ya era tarde para apagar lo que había ocurrido.

Porque hay momentos que no hacen ruido en el mundo, pero hacen eco en la vida.

Hoy, años después, bastó una canción en la radio para volver a ese círculo, a esas voces, a ese instante en el que la música no solo nos reunió… sino que nos recordó quiénes éramos.

Y quizá, quiénes seguimos siendo.

Pues pasó… y ni modo de no contarlo.Nos disponíamos a caminar más por recomendación médica que por disciplina, porque ya...
26/04/2026

Pues pasó… y ni modo de no contarlo.

Nos disponíamos a caminar más por recomendación médica que por disciplina, porque ya a estas alturas uno entiende que el cuerpo también pide atención… y que la salud no se negocia.

Pero mire usted qué curioso…lo que empezó como “hay que caminar”terminó siendo un encuentro con la vida.

Yo, que además aprovecho esas caminatas para memorizar nuevas poesías, encontraba en cada paso un ritmo, un compás… como si el andar también declamara.

A eso de las seis de la tarde, cuando el sol ya no quema pero la luz aún abraza, las presas de jales se vuelven otro mundo.Se camina rico… ligero…
como si el aire supiera exactamente cuánto necesitas.

Gente va y viene:unos hacen ejercicio, otros llevan a sus niños,y algunos como uno simplemente buscan un respiro.

Pero antes de llegar… pasé por mi cuñada.
La idea era sencilla: invitarla a caminar, compartir el momento.

Lo que no sabía…era que iba a entrar a un pequeño paraíso. Su patio…¡qué cosa tan más hermosa!

Hace tres años le regalé cinco nochebuenas color rosa mexicano… de esas que uno piensa que solo lucen en diciembre.

Y ahí estaban…en plena primavera…floreadas, vivas, radiantes.

No eran flores grandes, no.Pero su color…ese rosa encendido…decía todo.

Y entonces uno entiende:la naturaleza no sigue calendarios…sigue cuidados, amor y paciencia.

Ahí estaban también sus bugambilias, presumiendo como saben…un alcatraz amarillo que parecía pintado a mano…y otro, morado, que apenas comenzaba a asomarse, como tímido.

Y ese rosal…¡ese rojo intenso, rojo quemado!

De esos colores que no se explican…
se sienten.

Nos quedamos un rato…platicando, observando,
dejando que las plantas hablaran a su manera.

Porque sí…la naturaleza habla.

En el silencio.En el color.En la vida que insiste en brotar.

Y uno no puede evitar pensar que hay personas como mi cuñada que tienen mano bendita para hacer crecer lo vivo.

De esas que cuidan, riegan, esperan… y la vida les responde.

También me habló de otras flores que ya pasaron su tiempo…porque así es esto: unas florecen, otras descansan.

Y así… sin prisa, sin darnos cuenta, retomé mi camino.

Ahora sí… a caminar.

Pero ya no era lo mismo. Porque después de ver tanta vida, cada paso llevaba otro sentido.

El aire se sentía distinto… más limpio… más lleno.

Las palabras de la poesía fluían mejor…
como si también quisieran acomodarse al ritmo del corazón.

Y entendí algo mientras avanzaba:

Que a veces uno sale a caminar por salud…
pero termina sanando el alma.

Y pos…
ni modo de no contarlo.

Pues pasó… y ni modo de no contarlo.Había sido una tarde esperada, anunciada…de esas que desde que te levantas sabes que...
25/04/2026

Pues pasó… y ni modo de no contarlo.

Había sido una tarde esperada, anunciada…
de esas que desde que te levantas sabes que algo bonito va a pasar.

Jueves de bohemia en El Aguaje.
Y con ese clima que no pide permiso:
cafecito caliente, panecito, un postrecito…
y buena compañía.

La invitación estaba hecha.
Y cuando llegó la hora…
se cumplió la frase de siempre:
“Estamos los que somos y somos los que estamos.”

Todo listo.
Todo dispuesto.
Como si la noche hubiera ensayado para nosotros.

La música…
la palabra…
la emoción…

Y entonces comienza la magia.

Primero, la trova del profe Rodolfo.
Esa voz que no solo canta…
cuenta historias.

Sus acordes nos fueron llevando de la mano
a otras épocas…
a otros tiempos…

Y uno, con el café en la mano,
se sorprende coreando canciones
que no sabía que se sabía.

Porque la trova tiene eso…
te encuentra por dentro.

Después, la noche siguió su curso…
y llegó Yahir.

Joven, pero con esa presencia que se siente.
Su voz… su falsete…
el ritmo acompañado de tambor y maracas…

No era solo música.
Era un llamado a detenerse.

A escuchar…
a pensar…
a sentir.

De esos momentos que no se aplauden por compromiso,
sino porque te nacen.

Y entre canción y canción…
la palabra.

Las reflexiones de Rosa Isela…
esas que llegan suaves,
pero se quedan profundo.

Y la declamación de Paco Góngora…
que no se dice,
se vive.

Porque hay quienes leen…
y hay quienes sienten cada palabra hasta que se vuelve carne.

La noche no tenía prisa.
Se dejaba llevar…
como la plática sabrosa que se va dando sola,
entre melodías, miradas y silencios que también hablan.

Y el lugar…
¡ay, el lugar!

El Aguaje no es solo un espacio…
es memoria viva.

Un rincón que guarda historia de nuestro querido Concepción del Oro.

Ahí donde alguna vez fue la tienda de raya de la antigua compañía minera Macocozac…

Donde muchos hicieron fila,
donde el maíz, el frijol y el mandado
no solo se compraban…
se esperaban con ilusión.

Y mientras uno toma un sorbo de café,
no puede evitar pensar:
cuántas historias han pasado por estas paredes…
cuántas vidas…
cuántos recuerdos.

Qué bella es la vida…
cuando se detiene uno a sentirla así.

Sin prisas.
Sin ruido innecesario.
Solo música, palabra…
y presencia.

Y así, entre trova, canto, declamación y reflexión,
la noche se fue acomodando en el alma.

Dejándonos con esa sensación bonita…
de querer que el tiempo no corra.

Pero como todo lo bueno…
terminó.

Y nos fuimos con una certeza:

Que ya estamos esperando el próximo jueves…
para ver qué historia,
qué canción
y qué emoción
nos vuelve a reunir en este
jueves cultural en El Aguaje.

Y pos…
ni modo de no contarlo.

Hablemos de la amistad ...La amistad no se mide por la frecuencia con la que se ven las personas, ni por las fotos que c...
22/04/2026

Hablemos de la amistad ...

La amistad no se mide por la frecuencia con la que se ven las personas, ni por las fotos que comparten, ni por los planes a los que coinciden. Se mide en algo mucho más sencillo, pero más difícil de sostener: la claridad.

Un amigo no necesita estar en todo, pero sí necesita ser considerado. No tiene que decir “sí” a cada invitación, pero sí merece saber que existe. Porque la amistad no exige presencia constante, exige honestidad constante.

Hay quienes creen que para evitar incomodidades es mejor omitir, rodear o callar. Sin embargo, lo que no se dice también comunica. El silencio puede convertirse en distancia, y la omisión en una forma sutil de exclusión. No por mala intención necesariamente, sino por falta de cuidado.

Los verdaderos amigos entienden que cada quien vive etapas distintas, con gustos distintos y decisiones propias. Pero justo por eso, no se reemplazan ni se esconden; se respetan. No se trata de incluir por compromiso, sino de no borrar por conveniencia.

Porque cuando una amistad es genuina, no necesita pretextos ni estrategias para sostenerse. Se construye con pequeñas acciones: avisar, considerar, tomar en cuenta. Cosas simples que dicen, sin palabras: “sigues siendo importante aquí”.

Al final, la amistad no es estar siempre, sino no desaparecer cuando no es necesario hacerlo.

“El sueño de crecer… y el deseo de volver”De niño, uno tiene prisa.Prisa por crecer, por ser grande, por dejar de pedir ...
19/04/2026

“El sueño de crecer… y el deseo de volver”

De niño, uno tiene prisa.
Prisa por crecer, por ser grande, por dejar de pedir permiso.
Miras a los adultos como si tuvieran la vida resuelta, como si la libertad viniera incluida con los años.

Sueñas con cumplir 18, con tener tu credencial, con entrar a lugares donde antes no podías, con salir sin que nadie te diga nada.
Piensas que ser adulto es hacer lo que quieras, a la hora que quieras… sin explicaciones.

De adolescente, esa prisa se vuelve urgencia.
Quieres independencia, quieres dinero propio, quieres que te vean como alguien capaz.
Te molesta que te cuiden, que te limiten, que te digan “todavía no”.

Y entonces, llega el día.
Eres adulto.

Ya no pides permiso… pero ahora tienes que dar explicaciones.
Ya no te dicen a qué hora llegar… pero tienes que levantarte temprano.
Ya puedes entrar a cualquier lugar… pero muchas veces no tienes ni tiempo ni ganas.

Descubres que la libertad no es tan simple.
Que cada decisión tiene un peso.
Que el dinero no alcanza como imaginabas.
Que trabajar cansa más de lo que creías.
Que hay cuentas, responsabilidades, preocupaciones… y silencios que antes no existían.

Y entonces pasa algo curioso.

Empiezas a extrañar.
Extrañar cuando lo más difícil era hacer tarea.
Cuando dormir era obligatorio y no un lujo.
Cuando alguien más resolvía los problemas.
Cuando la vida era más simple… más ligera.

Y sin darte cuenta, aquello que tanto querías dejar atrás…
se convierte en lo que más quisieras volver a vivir.

Así es la vida.
De niños queremos crecer…
y de adultos daríamos lo que fuera por volver un momento a ser niños.

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