16/06/2026
Pues pasó… y ni modo de no contarlo.
Una vez que salimos de casa de Betito ya íbamos preparados para la aventura. El café de olla estaba listo, bien cargadito de aroma a canela y piloncillo. Y si el puro olor era delicioso, imagínense el sabor. También llevábamos algo para desayunar porque sabíamos que la experiencia sería larga, pero de esas que alimentan más el alma que el estómago.
Nos acomodamos como pudimos en la camioneta de la maestra Pili. La verdad, íbamos un poquito como sardinas, pero nadie se quejaba. Cuando existe emoción, la incomodidad pasa a segundo término. Lo importante era llegar.
Tomamos rumbo hacia la Puerta del Cielo, allá por el rumbo de El Cobre-Aranzazú, mientras la noche todavía abrazaba las montañas.
Debo confesar que el trayecto me hizo viajar en el tiempo.
Subir por aquel camino empedrado, entre curvas y barrancos, me hizo pensar en todas las historias que esas veredas han visto pasar durante décadas. Familias enteras transitando esos caminos, mineros, campesinos, viajeros y soñadores. Ahora la maleza cubre gran parte de los costados del camino, señal de que ya no es tan transitado como antes. Mientras observaba los voladeros y la vegetación creciendo libremente, me preguntaba cómo podían encontrarse dos vehículos o incluso camiones en una carretera que hoy se me antoja tan estrecha.
Pero la ilusión podía más que cualquier reflexión.
Llevábamos la mejor compañía, el gusto de haber convivido durante horas en casa de Betito y la emoción de estar persiguiendo uno de esos momentos que pocas veces se viven.
Al llegar nos estacionamos y el frío nos dio la bienvenida.
No era un frío agresivo, pero sí de esos que te recuerdan que estás a una altura mayor que en Co**ha del Oro. El aire se sentía limpio, diferente, casi sagrado.
Voy a ser completamente honesto.
Hubo un momento en que sentí miedo.
Miré la oscuridad, el terreno y la distancia que todavía faltaba recorrer, y les dije:
—Pues desde aquí se ve muy bien...
Pero Betito y Alicia, que conocen perfectamente el lugar, no estaban dispuestos a conformarse.
—¡A lo que venimos! ¡Sobre el mu**to las coronas! —dijeron entre risas.
Y tenían razón.
Encontraron la veredita que conduce al punto exacto. Afortunadamente llevábamos lámparas y celulares con suficiente batería para iluminar el camino. Entre risas, advertencias de "cuidado con esa piedra" y la emoción que nos acompañaba, llegamos finalmente al lugar.
Entonces comenzó la magia.
Sacamos las sillas de acampar. Algunos preferimos sentarnos en los escalones. Otros buscaban el mejor ángulo para las fotografías. Los celulares comenzaron a aparecer por todas partes.
Pero después ocurrió algo hermoso.
Nos quedamos callados.
Simplemente observando.
Esperando.
Como quien aguarda la entrada de un gran artista a un escenario.
Porque eso era exactamente lo que estábamos haciendo.
Esperar al actor principal.
El Sol.
Con música suave de fondo y el inmenso silencio de la montaña acompañándonos, los primeros colores comenzaron a dibujarse en el horizonte.
Los tonos azules se mezclaron con violetas.
Los violetas con naranjas.
Y los naranjas con dorados.
Los flashes de las cámaras comenzaron a aparecer. Las fotografías. Los videos. Las expresiones de asombro.
Y mientras contemplaba aquel espectáculo pensé:
"Ojalá todos amaran a Co**ha del Oro como nosotros lo amamos."
Porque en ese momento me sentía privilegiado.
Me sentía afortunado.
Como si estuviera sentado en el mejor lugar VIP que pudiera existir.
Y lo mejor de todo...
Gratis.
Regalado por la naturaleza.
Regalado por Dios.
Después de contemplar la salida del sol llegó otro momento igualmente especial.
El de la reflexión.
La maestra Pili, siempre creativa, siempre dinámica y siempre pensando en cómo conectar con las personas, nos propuso una actividad para aprovechar el estado de paz y relajación que traíamos.
Nos invitó a conectar mente, corazón y espíritu.
A detenernos.
A escucharnos.
A sentir.
Mientras tanto yo andaba batallando para encender la lumbre que amenazaba con apagarse a cada rato. Betito encontró algunas hojitas y pequeñas ramas secas que ayudaron a que el fuego tomara fuerza nuevamente.
Y entonces comenzó otra ceremonia.
La del café.
El cafecito caliente.
El panecito compartido.
Las conversaciones sinceras.
Las risas suaves.
El frío agradable.
Y aquel sol recién nacido iluminando las montañas.
Qué belleza.
Qué regalo tan grande nos dio la vida aquella mañana.
Poco a poco la relajación fue transformándose en felicidad. Ya no éramos solamente un grupo de amigos viendo un amanecer. Éramos personas agradecidas por estar vivas, por tener salud, por tener tiempo y por tener con quién compartirlo.
Porque al final eso es lo verdaderamente importante.
No el amanecer.
No las fotografías.
No los videos.
Sino las personas con quienes decides vivir esos momentos.
Muchas gracias, Dayra.
Muchas gracias, Flor.
Muchas gracias, Alicia.
Muchas gracias, maestra Pili.
Y muchas gracias, Betito.
Por compartir una mañana que difícilmente olvidaremos.
Porque hay amaneceres que iluminan el paisaje.
Y hay otros que iluminan el alma.
Y este, definitivamente, fue uno de ellos.